Estaba encerrado en mi casa. No conocía el nuevo dialecto de los jóvenes. Aunque debo admitir que todavía no lo conozco. También es cierto que el cambio de look con una zapatillas azules y chombas modernas, son un mero disfraz ante de la pubertad moribunda a la naciente. No soy viejo. Tengo 21 años pero voy para los 26. Mi cabello va cayendo, como el marcador de un estadio de fútbol. El tiempo me dice que ya es tarde. El resultado es un empate. Da equilibrio mi pasado, cuando era deseado, mirado, codiciado por el sexo opuesto.

 

Cuando uno empieza a trabajar de muy joven, tiene responsabilidades de grandes encima. Cuando las responsabilidades son muchas, el humor cambia. Aun más, cuando uno es un maldito precupón. Que se vendieron tierras geopolíticamente importantes, que el hambre crece en la Argentina, que hay poco trabajo, que nos están invadiendo, que nada cambia, que hay guerras colonialistas en el 2003, que hay lepra, que hay gente deformada por el uso indebido de insecticidas en el norte, que quieren poner una base militar norteamericana en Tierra del Fuego, que mierda!!.

A quien le importa. Lo único que me dicen es que nada cambiara, que el curso de la historia es inexorable, que habrá muchas más muertes de hambre, muertes por bombardeos y lo que uno tiene que aspirar es a no formar parte de ellas.

Odio lo que no me interesa. Odio lo que a la mayoría le gusta, y encima pretendo insertarme en el mundo dance de nuevo. Error, Emiliano.

Sábado por la noche y mi madre me dice que un primo, al que quiero mucho, vendrá a mi casa. Llega el rey de la noche, que es mi hermano menor,  y un amigo, fachero pero con el contador sobre su frente.  Insisten con que vaya a bailar con ellos. Justo me agarraron acomodando mis compact disc (soy fanático del orden).  No deseaba ir, pero lo pensé tres veces, me puse lo primero que vi y fui con ellos. En la puerta se ponen a charlar con un tipo que los hace pasar gratis. Lo menos para dos personas que le pagan la facultad al hijo del dueño del lugar. Las miradas son de cierta extrañeza. No parezco un extraterrestre al lado de ellos, pero creo que es como un pueblo chico. Saben quien es el forastero, el que viene de paso.

Entramos y en mi cabeza empiezan a rechinar sonidos nuevos, la mayoría desagradable. Piden un trago con vodka y una bebida energizante con alto contenido de cafeína. Además, le agregan dos aspirinas más.  Es uno de los pocos líquidos que no van al estomago sino que al medio del cráneo. Mi cuerpo se empieza a mover, me creo parte de ellos, pero ellos no están dentro mío y siguen las miradas de desprecio. Viene la cerveza y acepto gustosamente, mientras observo a mi hermano y a mi amigo como saludan a muchas jóvenes que pasan por los pasillos deseosas de una suculenta lengua masculina. Vamos al primer piso, sobreviene la marcha y bailamos. La bebida hace efecto. Ya estoy contento, olvidado del desastre de afuera. Pero me encuentro con un desastre moral adentro. No puedo comunicarme con ellas. Debe ser que por ser periodista estoy acostumbrado a pensar demasiado las preguntas y tratar de hacerlas interesantes. Para mí, no. ¿Por qué te dejas acosar por los chicos? ¿No te duele la cabeza con esta música? ¿En que estado estas a las 6 de la mañana si tomas tanto? ¿Estas estudiando?, Si responde una. Excelente, me dije. “Che, decime, que es lo que estudias?”. “Para maestra jardinera”, me contesta con tono de interesante.  Bueno, joya. Que copante!

Que imbecil. Lo único que falta es poblar la fucking patagonia con putitas que canten canciones de Maria Elena Walsh. No, esas preguntas no sirven. Escucho, para entender el dialecto interrogatorio. ¿Dónde compraste tal ropa? ¿DJ Garompa es el mejor de la zona europea del culo, no? Vas a la Diosa, a la France y a Palermo Hollywood. Que bazofia.

Sigo camino por los pasillos del boliche, miran y miran. No me atrevo a jugar. Tengo miedo al rechazo, es cierto. Mi ego ya no acepta un no. Seria contraproducente exponerme otra vez al rechazo, me destrozaría. El anterior fin de semana pude saborear saliva femenina porque hubo un tercero como intermediario. No me importo su nombre y directamente la bese. No me interesa lo que me pueda decir una mujer que se embriaga hasta más no poder, que se deja tocar hasta la entrada principal de la vida.

Pienso en la innombrable. Una relación excelente, la única que me quedo grabada en la retina  y que da vuelta una y otra vez en mi memoria. Me encontré con su hermano justo cuando trato de sacármela de la cabeza. Pero el sentimiento de culpa es demasiado grande. Fui yo el que dejo gastar esa relación. Cuando dicen que uno no sabe lo que pierde, cuando lo pierde, tienen razón. Lo que me duele es que ella de seguro no se acuerda de mí cuando ve a un hombre. Por el contrario, cuando veo una mujer, me acuerdo de ella. Y enseguida sobreviene la autocrítica.

El pasado está jugando su juego, porque esa mujer estará cerca de mí por mucho tiempo. Sé que he cambiado. De vez en cuando fumo, tomo mucha cerveza, pienso demasiado en el futuro sin cambiar el presente. Me rapé la cabeza, declarando la guerra perdida, pero gané la verdad, ahora sí me creo. Le digo al mundo que soy así y que nadie me cambiará. Le digo al mundo que simpatizo con la estética del nazismo pero que odio al peronismo, que no persigo por religión porque soy católico. Que no  me importa como piense el otro, siempre y cuando piense. Que ya no me queda esperanzas y lo único que hago es esperar hasta que la suerte o la naturaleza hagan su trabajo. Es feo ver la vida así, pero las presiones y los resultados de mis objetivos me hacen pensar de esta manera. Las cartas ya están echadas, hay demasiados dealers, demasiados corruptos y demasiados chinos.

Se hace tarde y decido volver a casa. La resaca taladra mi cráneo. Los recuerdos taladran mi corazón. ¿Cuándo terminará esta odisea?, espero que no sea con un disparo seco y terminal.

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