Todavía recuerdo ese momento, cuando le pedí aquella foto de los seis años, con restos de dulce de leche en la boca y una expresión de inocencia, que a los doce fue de felicidad, a los veinte de una enorme frustración al relacionarme con la aparente realidad, y a los veintitrés fue de ira debido al hastío que me produjo la resignación.Mi vida es un pasillo, con incontables puertas, que cada vez que se abren siempre encuentro otras para abrir. Pero lo peor de todo es que no puedo cerrar las que deje atrás, mi pasado permanece vivo, castigándome, conspirando con mi destino, que coloca deja vú en el presente, y yo siempre cometiendo las mismas tonterías que hacen mas lúgubre mi pasado.A pesar de querer evadirlo, no puedo.      Es esa clase de pruebas, ese tipo de circunstancias, que me hacen recordar otras vividas muy parecidas a las de hoy. Pero desconfió de la realidad, y al no creer en su relativa verdad, me equivoco, como antes, porque al desconocer la realidad, esta se torna impredecible. Y cuando se cometen errores, de repente nos damos cuenta que son los mismos que antes, que la obra es la misma, incluso con los mismos libretos, pero lo que han cambiado son los actores, salvo la estrella de la comedia trágica, que es el que escribe.

     Todo esto quizás tenga que ver con la soledad del hombre, porque sé que voy a morir solo, y se que me espera un vuelo sin escalas por el universo hasta el fin de los tiempos, esquivando cometas, explosiones solares y agujeros negros. A veces pienso que sin la soledad, mi existencialismo desaparecería, porque estar acompañado ya es modificar la realidad, modificar el hecho de estar solo. 

     Es nacer en soledad, y con las relaciones sociales conformando la compañía, es mitigar la depresión, las ansias de llegar al fin y dejar de ser. Existe una necesidad de compañía, que unifica fines trascendentales del hombre, los fines escatológicos, que necesitan un espíritu libre, que se independice de la moral ( aunque la necesite, de vez en cuando, para no fallar en el rumbo) y del antagonismo del bien y el mal. Y otra vez ese laberinto de ideas, del que no podemos salir. La galería de ideas de los ignorantes es fácil de transitar, para llegar al fin análogo de todos los entes, la muerte, esa gloriosa finalización a la que pocos pueden llegar con honor.

       Piensan que por llevar un rosario colgando en el cuello y acordarse de su Dios cuando lo necesitan, pueden morir tranquilos ¡Pobre de ellos!Los que buscamos conocer él porque de las cosas, los que en vez de galerías abiertas, somos un laberinto de ideas, somos los que verdaderamente buscamos la gloria. La gloria se consigue en vida, logrando llegar a los fines trascendentales, que pueden ser por ejemplo salvar una vida que valga el esfuerzo o buscar la sabiduría, algo que muy pocos pueden conseguir.Veo reflejada en la enorme turbamulta, grandes cantidades de personas, que buscan metas banales, cosas que no tienen eco en la eternidad.

      No hay Paraísos, ni grandes banquetes, sino que durante la muerte quizás lo más notorio sea el regocijo que proporciona, porque en la agonía sabemos que por algún motivo, ese fin que nos propusimos llega a su final, completo o a completar por otro héroe. Los que ven a la muerte como una carpa asesina que nos persigue hasta atraparnos, son los que no pudieron iluminar su vida con los fines trascendentales de los que hablo.

     Los otros, los menos, los criticados, los ultrajados, los preocupados, los sabios, los genios, los locos, los buscadores de la sabiduría, reciben la muerte con beneplácito. Es tomar al deceso como esa clase de suspiro que convence al alma de que ha movido durante largo tiempo la carne, por algo digno. Es la salvación o la gloria, es un gladiador en la estocada final, es abrir los ojos del alma.

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