Por Nicolas Saetone 

Nietzsche y Unamuno. Por cierto, en el complejo y variado devenir de la filosofía no es imposible encontrar a dos pensadores tan opuestos. Aristóteles y Platón, Epicuro de Samos y Zenón de Citio, Hegel y Kant, por nombrar algunos, ilustran suficientemente la diversidad de opiniones, pero también el carácter innato de toda evolución: crear un concepto, para que luego sea refutado por otro, que correrá la misma suerte. En otra cosa no se diferencian de otros filósofos: en la común obsesión de encontrarle sentido a la existencia.

Pero lo interesante es ver cono el pensamiento puede encontrar, para un determinado objetivo, caminos totalmente inversos. No lo es menos el ver que la forma de ese objetivo puede tener la misma cara.Para llegar a esta evidente conclusión, haré un breve resumen de lo que estos dos pensadores han trabajado a lo largo de sus vidas. Espero que la magnanimidad del lector disculpe esta fácil exposición del esfuerzo ajeno.Comenzaré, digamos, por simple azar, con Unamuno.

Para este filosofo de origen vasco, la vida se plantea como lucha entre la razón y la fe, duda y sentimiento. Ninguno es vencedor porque en la vida es imposible llegar a verdades absolutas, pero según él no se puede vivir si creer que exista dios, porque es una necesidad para justificar la existencia. La vida es trágica (pero no indeseable) porque toda certeza es un error, ya sea la “fe del carbonero”, o la racionalidad mortuoria del no creyente. Creer en dios es querer que exista; necesitarlo, eso es la fe para Unamuno.

En Unamuno hablar de paradojas es una tentación en quienes desean refutarlo banalizándolo; en verdad, mas allá de que se esté o no de acuerdo con él, su idea conforma una dinámica, casi una dialéctica, en donde la fe se encuentra en la duda, un pasaje entre no creer, necesitar creer, y creer. Unamuno es un vitalista cuando afirma que creer y no creer son la misma cara de la pasividad inactiva, y que la duda, ese sentimiento de la incertidumbre, es formadora de acción y reflexión.Borges, en su primer libro en prosa “Inquisiciones”, afirma que Unamuno tiene como planteo sencillo que para negar una cosa, primero la afirma, ya que es absurdo afirmar lo que no existe, y dice que esto es prueba de un pensamiento falaz.

Leyendo “Del sentimiento trágico de la vida” de Unamuno más bien se diría que, efectivamente, su mecanismo intelectual es sencillo, pero más bien el inverso: Unamuno, diciendo que la razón y la fe, voluntad o irracionalidad, son tan contrarias como inseparables, primero niega, para luego afirmar.Existen en Unamuno dos interpretaciones antónimas: una es que su necesidad de una inmortalidad individual respondía a un fervoroso amor por la vida, la cual lo llevaba a tales deseos de exagerada extensión vital, la otra, es que solo podía soportar el existir si se justificaba este en una existencia posterior feliz, tal la clásica promesa monoteísta del paraíso. En el caso de Nietzsche, la vida guarda su sentido único con la representación artística, en la intuición, en la cultura, en la estética.

La razón (optimismo, utilitarismo) y la moral (conciencia de los débiles) representan su destrucción. Veía a la historia (a su estudio) como una amenaza para la visión estética de la vida. Se analiza la historia para una búsqueda de justicia y de moral, cuando la naturaleza del existir nada tiene que ver con lo justo. La misma historia demuestra, aunque sus estudiosos no lo quieran ver,  que los hechos no responden a ninguna reglamentación moral o ética universal.Nietzsche no busca el mero placer, busca la aceptación del dolor.

Es epicúreo y estoico al mismo tiempo; no es escéptico porque el que no cree en nada, (sea éste un nihilista o un religioso) es, para él, alguien que no cree en la vida.El ser del hombre es su voluntad de poder, la vida, sin embargo, no promete triunfos por más conciente que se sea de la máxima de Nietzsche, por tanto, lo natural es aceptar el drama de la derrota y no esperar reivindicaciones escatológicas o terrenas, la única manera de no dar con esos dramas de la vida es eludiendo nuestras voliciones, nuestros instintos, escondernos en una moralidad de excusas débiles, una moral como la cristiana. Lo del más allá del bien y del mal no es una operación de evasión mística, sino un ponerse en el “más acá” de la realidad vital que no respeta justicia alguna.

Ese “más allá” es, justamente, la vida.El eterno retorno tiene, como todas las fórmulas de Nietzsche, varias y no siempre coincidentes interpretaciones. Lo no discutido en ellas es su finalidad positiva; recuérdese que no siempre la teoría cíclica tuvo esta finalidad vital: Spengler o nuestro Martínez Estrada lo vieron como un estigma y un pesimismo.Pero retornando a Nietzsche, una de las mas interesantes interpretaciones la relaciona con las diferentas expresiones que tiene la actividad humana, las cuales, al manifestarse en su voluntad de poder y al ser limitadas, conforman un juego en donde las posibles mixturas son múltiples pero inevitablemente repetitivas.

Lo que retorna es la relación de lucha humana, en su repetición.El filosofo italiano Gian Teresio Vattimo ofrece otra dimensión de la doctrina, quizás la mas acertada. Para nietzsche la enfermedad histórica es el providencialismo cristiano y el relativismo absoluto que ve la realidad como un mero pasaje en los primeros, o un total sinsentido para los segundos. La voluntad, al ver el pasado y encontrar que su peso no es modificable, experimenta el “espíritu de venganza”. El mirar el pasado y su “ASI FUE” genera tal espíritu y de por si es su primer acto.

La voluntad misma se encuentra como efecto de causas que ya no puede cambiar y comienza a buscar responsabilidades propias y fundamentos. Comienza a crear moral y buscar castigo.El nihilismo se prepara cuando, atribuido un orden providencial al destino, se descubre que tal orden no existe. Descubierta la mera necesidad psicológica de esta forma de sentido, se cae en el nihilismo. La solución es El Eterno Retorno en donde en el instante, en el presente, en el tiempo de la decisión, se suelda el pasado y el futuro. Se puede plantear en el siguiente juego de palabras: el presente y el futuro es ya pasado, por lo que este determina al presente y al futuro.

Por otra parte el futuro no deja de influir en el pasado.Cae la visión determinista rectilínea, en donde el pasado era un peso irreversible; pero la relación entre pasado y futuro se posibilita en el presente, en la decisión. Esto es la eternidad en Nietzsche: el presente lleva con el todo el futuro y todo el pasado, que también es el futuro; mi decisión ahora es lo que construirá mi pasado o, lo que es lo mismo decir, mi destino.

Unamuno quiere que Dios exista para que la vida no sea un vértigo de inutilidad, sin designio. Para eso lo crea, concientemente, en la vitalidad de la duda. Nietzsche postula que cualquier consideración escatológica es una negación del existir y propone exaltar la vida a través de lo único que tiene de real para el hombre: su propio hacer. Los dos caminos son, sin dudas, contrarios. Pero hay algo en que ambos, sin embargo, coinciden: encuentran en el ejercicio vital del hombre, una única y verdadera teleología.

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