Por Nicolas Saetone

5:00 de la mañana suena el despertador pero él no esta durmiendo. Corre las sabanas y con un leve impulso se sienta en la cama, los pies juntos apoyados en el suelo frío del parqué. Encorvado apoya los codos en las piernas y lleva las manos hacia el rostro y siente la picazón de la barba que las manos aplastan contra la mejilla y luego, sin dejar de presionar la cara con las manos, comienza a subir esa presión hasta la frente que, algo transpirada, humedece sus dedos primero, la palma de las manos después y durante unos segundos se quedan allí, inmóviles las dos manos, aplastando la frente húmeda, sintiendo el calor que comparten dedos y piel; masajeando, blanca la yema de los dedos, el impenetrable blindaje del cráneo.

Ahora las yemas entumecidas hacienden y presionan su cabeza, llevando hacia atrás el cabello lacio, negro, dejando la frente despejada de sudor y los ojos libres ante la penumbra de la habitación. Se levanta con otro impulso algo mas esforzado que el anterior y camina sin tantear la sombra porque su habitación no presenta desorden que pueda entorpecer su camino en la oscuridad, y se acerca a la ventana, abre la caja que disimula la correa y con ambas manos baja la correa y mira la líneas rectas, titilantes de luz que comienzan a restituir su forma a las cosas, hasta que el ruido mecánico cesa y deja a la habitación invadida de una luminosidad que lo enceguece y ahora si, tanteando con una mano la incertidumbre iluminada mientras que con la otra se refriega los ojos, se dirige al baño y se quita la ropa.

Desnudo frente al espejo, luego de haberse empapado con agua tibia, se enjabona con una generosa espuma blanca y comienza a afeitar cada parte del cuerpo, con la navaja fría y filosa de su padre muerto. Ni el invierno luctuoso que penetra en toda la habitación; ni el borde glacial de la navaja de su padre muerto que barre espumas inmaculadas, pelos y suciedades; ni el cuerpo mojado frente al espejo; ni el ambiente frío y cortante del baño; ni lo que esta por hacer le incitan la posibilidad natural, presumible, evidente, humana de estremecerse. Solo el delicado corte que deja el pecho la navaja plateada y filosa de su padre lo perturba: no puede manchar con sangre, antes de tiempo, la toga blanca que impone el ritual.

Toma del pequeño botiquín un bollo de algodón que humedece con el alcohol que sale de una botella plástica, apenas adornada por una solemne cruz verde en un círculo, y procede a limpiar y a secar el tajo, embadurnándose el blanco y húmedo algodón con una mancha roja, oscura y progresiva.

Se seca y sale del baño.

Desenvuelve con suavidad el nylon que evitó que la toga blanca fuera profanada por humedades y polvos impíos y se viste con ella, blanca e impoluta de toda macula. Se arrodilla en el lugar preciso, las manos juntas, luego alzadas, golpeándose el pecho después; baja el torso y acerca la cara al suelo: frente a él, una pared pintada de color beige claro, con manchas de humedad y grietas como rayos inmóviles y a un costado, un televisor sin encender sobre un mueble de madera y detrás del mueble, una mochila azul y negra, apoyada sobre la pared. Pero él no mira estas cosas. Algo que no son las paredes manchadas de beige, de humedad, de abandono; algo que no es un televisor o una mochila o nada de este mundo, algo que es una promesa inmaterial, un redención hecha, según cifra el libro en una única palabra rigurosa, áspera e inexorable como el desierto o la muerte, de un esfuerzo orientado a la consecución de una finalidad, es lo que lo mantiene allí, arrodillado, en un lugar preciso, las manos juntas, luego alzadas, golpeándose el pecho después.

Se viste; ubica, empleando un especial cuidado, la mochila negra, azul, pesada, en su espalda: mira el celular, AM 6:38 marca el celular. Sale.El aire afuera es un bloque macizo, pegajoso, agraviante, frío y móvil que le tapa el rostro, punzándole y doliéndole en las fosas nasales, y que apenas le permite respirar. Camina sin pausa, sin lentitud, sin apuro, sin torpeza o agilidad, simplemente camina; y no camina sobre veredas o calles rectas, escalonadas, asfaltadas, sucias o limpias; lo hace sobre los ruidos, los apuros, los olores, las apatías y los peligros; mas allá de hombres, autos, veredas, fríos, apuros, voces, olores, mujeres, cielos, calles, mañanas, tiendas, suciedades, edificios, esquinas escalonadas o no; lo hace mas allá del cuerpo (su propio cuerpo) que ya no le importa, porque la herejía tiene un rostro humano, cotidiano, vívido, que a él ya no lo engaña. Viaja en una certidumbre más fuerte que toda existencia concreta porque esta fue, para él, perplejidad y espanto. Saca del bolsillo de la campera la mano que, hasta ese momento, aferraba el celular en la íntima calidez del hueco y, con el celular entre los dedos, apoya la parte superior de la mano en la frente algo húmeda. Se seca la frente algo húmeda por el frío, o por la acción de caminar, o (pero esto no se atreve a pensarlo) por una primitiva inquietud, y mira la hora que marca la escueta pantalla liquida, decorada con dibujos insípidos, con rótulos comerciales, con líneas horizontales que marcan el normal funcionamiento, del celular: AM 7:06.

Llega a la estación.

Desde el interior de una cabina alguien, algo, que no lo mira, le extiende un boleto a ninguna parte al mismo tiempo que él, extrayendo la mano del bolsillo de la campera, le entrega unos discos pequeños, chatos, duros, con efigies de caras que no miran, con cifras, con bordes, con estrellas, a ese alguien, algo, que, desde el interior de una cabina, le extiende un boleto a ninguna parte y que no lo mira.

Se para sobre el andén. Mira, para no ver, las vías férreas que se pierden en un camino entrelazado y serpenteante y mas allá los postes y los galpones anodinos que borra la bruma pesada, matinal, pegajosa y se agita. Siente, por primera vez en mucho tiempo, aquello que creía que en él ya estaba muerto, eso que los hombres llaman temor. Parado sobre el anden repleto de gente, la mochila pesada en la espalda y el frío comiéndole el rostro, imagina que el corazón (su corazón) es un animal acorralado, frenético, a punto de dar el zarpazo que aniquilara al cazador y lo perderá a el también; y no se pregunta Dios porque me has abandonado, sabe que de todas maneras ya no hay retorno y que los caminos de la redención pueden ser variados pero también onerosos porque el precio es siempre uno mismo y los demás. Piensa para serenarse en aquello que, según voces rectas y sabias, le espera mas allá del sacrificio, y no se perdona el descubrir que ese universo de inmortalidad orgiástica y heroica no lo tranquiliza. Mira, sin ver, la hora que marca el aparato ridículo que protege una mano fría, transpirada, blanca: AM 7:25.

Llega el tren.

No lo despertó el ruido estruendoso que fue el primero pero no el último aquella jornada desprevenida e interminable de Afganistán; no lo despertó la asfixia del olor a trasto quemado y a polvo; tampoco lo hizo el temblor del suelo en donde dormía, ni las paredes de su casa cayendo y tragándose a su familla ni el silencio infinito que vino después. El miedo un segundo antes de que lo que él era se derrumbara por siempre lo despertó del sueño que tenia o que pudiera tener para que su cuerpo vivo entre los escombros continuara con esa tradición tan humana que es la de matar y que ahora por Allah o por su familla asesinada o simplemente por el rencor lo pone en un tren occidental que no irá a ninguna parte porque suena el celular AM 7:30 y estalla la bomba.

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