historia

Se declara republicano y demócrata, apoya su poder en el sufragio universal y abomina la monarquía. Defiende los principios universales de la fe y la moral, que sus adversarios atacan y consideran la necesidad de un protectorado extranjero sobre la República para apoyarse en el contra sus compatriotas, considerados “bárbaros” e “incultos” por ser católicos y españoles.

Era necesario ante todo salvar la unidad nacional en peligro. Ahora bien esto solo podía logarse por la acción de una autoridad fuerte que alcanzara a todo el territorio y la de Rosas. A la falta de recurso material, apeló a los espirituales: erigió a la Federación en fe religiosa y se instituyó en su pontífice. La causa de la Federación … es tan nacional como la Independencia, pero más expuesta a ser traicionada por la mayor facilidad con que pueden disfrazarse sus enemigos. El rojo es el color de la causa.

Dio comienzo a la reorganización financiera mediante la reducción de los gastos públicos y la intensificación de las recaudaciones, la suma de poder nunca se extendió a la administración de los bienes del Estado.

Los unitarios derrotados en el interior, siguen conspirando desde Bolivia, Chile y la Banda Oriental. Se infiltran mediante de agentes en los consejos de los gobernadores.

En primer año del gobierno de Rosas, terminaría con un rotundo triunfo político que afianzaría su prestigio en el interior, mediante la “Ley de Aduana”, que prohibía la introducción de las mercaderías que podían competir con las industrias del interior.

LA BANDA ORIENTAL, BOLIVIA Y LOS EMIGRADOS

La fuerte personalidad de Rosas, en su constante correspondencia con los gobernadores y con sus agentes esparcidos por toda la republica fue un elemento de orden moral mas poderoso que los alicantes materiales. Los caudillos provinciales se decidieron a obedecer, con mayor o menor diligencia, a quien aparecía destinado a mandar.

La principal preocupación venía del Uruguay, convulsionada desde su independencia por las ambiciones rivales. En Octubre de 1834 subió al gobierno Oribe. Rivera fue designado comandante de la campaña, desde donde comenzó a recibir y acoger favorablemente las insinuaciones de los emigrados. Seguía muy vivo la tendiente de considerar la Banda Oriental y las provincias de Entre Ríos y Corrientes como una sola unidad histórica litoral. La emigración unitaria estimulaba en Rivera la ambición de instituirse en heredero de Artigas.

En Bolivia, el general Andrés Santa Cruz, ambicionaba convertir en realidad el sueño de Bolívar, mediante la creación de un gran estado que impusiera la ley a todo el continente, era natural que tratase de debilitar a los países que podían ser obstáculos a su expansión, alentando las divisiones internas. Esta acción no respondía a un plan aislado, sino a una vasta conspiración (el cónsul británico Mr. Hood, que trataba de convencer a Santa Cruz de que el tenía los destinos de América en sus manos). Rosas reclamaron por las hostilidades bolivianas sobre nuestro territorio del norte, el gob. Boliviano no atendió a los reclamos, alegando que no había en la Republica Argentina ninguna autoridad nacional. El 19 de marzo Argentina le declararía la guerra. Todas las provincias argentinas respondían con entusiasmo a la guerra declarada contra la tiranía de Santa Cruz.

Rivera se preparaba para invadir tierra uruguaya con ayuda unitaria y brasileña para derrotar a Oribe.  Rivera se había apoderado de Paysandú, esperando recibir fuerzas de Entre Ríos, pero el gobierno había mandado a Urquiza para impedir la comunicación. El 15 de Agosto se encontraron los ejércitos de Oribe y de Rivera en el Palmar en la cual el ejército de Oribe fue completamente derrotado. Este último buscó ayuda en los franceses, pero se lo denegaron por que, una “desgraciada necesidad” arrastraba al jefe francés bloquear la cuidad, porque desde que el gobierno oriental era naturalmente aliado de Argentina. Imposibilitado de abastecerse, Oribe debió renunciar. La Banda Oriental quedaba en manos de Rivera y con ello a su disposición se sus aliados unitarios y franceses.

LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA – LA ASOCIACION DE MAYO

El interés de Francia por el Rió de la Plata se mantenía vivo desde el fracaso de tentativa monárquica de 1820. Francia necesitaba expansión comercial, conquista de mercados, prestigio guerrero. Pero había que encontrar pretextos razonables para la intervención y ninguno mejor que la defensa de los derechos de los ciudadanos franceses residentes en los nuevos países. La inmigración francesa había sido numerosa. Un cónsul francés reclamó por la prisión de tres compatriotas (uno de los cuales era suizo), que se hallaban detenidos por infracciones comunes y por el caso de otros tres. El cónsul exigía la libertad de estos. La cancillería de Rosas le respondió en tono moderado que los residentes en el país debían someterse a las leyes argentinas, tanto en las ventajas como en las cargas. El estilo de Francia no era el de negociar con los países débiles y “atrasados” sino el de la imposición. Nuevamente un contralmirante dirigió una nota al gobierno argentino exigiendo que se suspendan las sanciones con respecto a los franceses. El ministro Arana respondió que no daría oídos a un jefe militar,  que pretendía arrancar resoluciones a un gobierno soberano. Este reaccionó declarando el estado riguroso de bloqueo a la ciudad de Buenos Aires y todo el litoral argentino. El gobierno elevó una protesta por la ilicitud del bloqueo sin declaración de guerra. Esta agresión, circunstancias en que la nación se hallaba en guerra con Bolivia, agravaba considerablemente la situación de Rosas.

El comercio estaba virtualmente cerrado en todas las fronteras. Rosas estaba resuelto  a hacerle frente por todos los medios de la política, siempre que no sufriera el honor nacional. El primer choque con los franceses ocurrió en Martín García, en donde el jefe atacante comunicó a la guarnición su propósito de tomar posición. La pequeña tropa residente la isla luchó hasta el agotamiento, pero luego fueron vencidas por el enemigo muy superior en número.
La guerra del norte tendría pronto una solución favorable con la derrota de Santa Cruz por la obra de la expedición chilena. (También le habían declarado la guerra)

LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA (Segunda Parte)

Francia especulaba con la acción de los opositores a Rosas y la del gobierno “títere” de Montevideo, instalado bajo su auspicio. Ya que Rosas parecía condenado a caer ante una fuerza incontratable, era lo más prudente no perder tiempo en enrolarse desde luego sin más trámite del lado de la victoria. Las negociaciones habían comenzado entre los franceses, Rivera y los emigrados, con Domingo Cullen (este había logrado la adhesión del gobernador de Corrientes), pero la huída de este retardaron algo la realización del plan, que consistía en la invasión de de Entre Ríos por Rivera, para juntarse allí con las fuerzas de Corrientes y marchar sobre Buenos Aires. Se especulaba con el malestar de la población a consecuencias de las penurias que provocaba el bloqueo (escasez de muchos artículos de primera necesidad). Las noticias de estas conspiraciones y a la que se le atribuía el propósito de asesinar al Restaurador, provocó la indignación popular. La alianza visible de los unitarios con el extranjero provocó un recrudecimiento del entusiasmo público por el Restaurador.

Al fracasar el movimiento de la capital (el asesinato del coronel Maza, hijo del  amigo íntimo de Rosas, que conspiraba en contra de él), entraron en comunicación con el General Lavalle y le propusieron que lo apoyarían. Lavalle aceptó el ofrecimiento. Mantenida por el dinero francés y auxiliado por los barcos franceses que patrullaban el Uruguay continuaba la guerra localizada en el litoral y la otra banda. Echagüe (del gobierno de Rosas) permanecía en la Banda Oriental, sin conseguir que Rivera le presentase batalla. Rosas le ordena que defina la situación y este  provocó la batalla y fue derrotado. Esta derrota de Echagüe infatuó a Rivera y lo llevó a disputarle a Lavalle el comando supremo de las operaciones.

EL AÑO 40 Y LA DERROTA DE LA COALICION

La expedición “libertadora” de Lavalle se caracterizó por su desorganización y por la indisciplina generalizada en todos sus cuadros. La expedición que desembarcó en las costas del norte de Buenos Aires se componía de poco más de 3000 hombres. Rosas delegó el gobierno en su ministro Arana y se dirigió al campamento de Santos Lugares, para preparar la resistencia. Todo hacía suponer que Lavalle intentaría en breve lazo un ataque a la cuidad, pero inesperadamente decidió no hacerlo y dirigirse hacia Santa Fe, abandonando su primer objetivo. Ante la firmeza del Restaurador, la política de los agresores se inclinaba con cautela.
Lejos de disminuir el bloqueo y las penurias de la guerra, el prestigio del Restaurador había aumentado con su actitud, la resistencia y su serena energía. Esta firmeza habría de hacer recapacitar al gobierno francés, que, por cierto, no la había previsto. Hasta entonces, las tentativas de mediación habían fracasado y finalmente el gobierno francés decide mandar al vicealmirante Mackau.
Se realiza una Convención el 19 de Octubre del 1840 (Mackau-Arana). En ella se establecía que el gobierno de la confederación reconocía las indemnizaciones debidas a los franceses que habían sufrido perdidas en el país, que se levantaría el bloqueo y se devolverían la Isla Martín García y los barcos apresados a la república en el mismo estado. Esta Convención fue universalmente considerada como un triunfo para Rosas. Si se piensa que casi la totalidad de los recursos fiscales provenían de las rentas de Aduana, resulta en verdad asombroso que Rosas haya podido mantener en el poder a pesar del bloqueo y la poderosa coalición de sus enemigos, pero también había otro factor que facilitaba la resistencia y la era la del resurgimiento económico por la aplicación de la Ley de Aduanas y la protección de las industrias locales.

Había estallado la rebelión en el norte. La Rioja, Jujuy y Catamarca, antiguos quirogistas y hombres sencillos, a quienes no fue difícil envolverlos en la insidia unitaria les achacaban a Rosas la instigación de Barranca Yaco. La rebelión se entendió a Córdoba. El General Lamadrid invadió la provincia con fuerzas de Salta y Tucumán.
Lavalle se encontraba en Santa Fe, enterado que las tropas de Oribe iban a su encuentro decidió ir a Córdoba para unirse con la Lamadrid, pero se retardó y fue derrotado por Oribe. Lavalle y Lamadrid se encontraron en Córdoba pero con la derrota del primero contagió un espíritu de derrota y ya sin la ayuda francesa no creían en un triunfo.
Con la derrota de la “coalición del norte” quedada definitivamente pacificado el interior, que ya no volvería a conmoverse, salvo episodios aislados. La fuerza del federalismo era allí incontrastable.

LA GUERRA EN EL LITORAL

Quedaba el foco de la infección en la frontera con la situación de la Banda Oriental, dominada por Rivera, y la de Corrientes, donde el Gral. Paz preparaba su ejército con el propósito de unificar las provincias y marchar sobre la capital.  Con el interior pacificado y la superioridad de sus fuerzas militares al servicio de su prestigio nacional, Rosas podían encarar la situación sin inquietudes, sin embargo era necesario suprimir la amenaza que representaba el ejército de Paz. Se le encomendó la misión al gobernador de Entre Ríos general Echagüe. El 28 de noviembre se dio la batalla en Caguazú en donde Echagüe fue derrotado. Esta situación imprevista abriría un nuevo periodo de luchas y dificultades para la Confederación. Pero el triunfo de Paz desataría al mismo tiempo la discordia de los unitarios, por la posesión de Entre Ríos. De inmediato cruzó Rivera el Uruguay y desconoció la autoridad de Paz y de su Gobernador. Con el retiro de Paz y el dominio de de las provincias litorales por Rivera, cobraba nuevamente la ambición de este. Ella consistía en la creación de un gran estado litoral, constituido por la Banda Oriental, Entre Ríos y Corrientes al que se le agregaría Rió Grande do Sul. La situación de Rivera, no obstante su triunfo aparente era muy precaria (carecía de fuerza militar para sostener dichas pretensiones).

La caída de Entre Rios y Corrientes y la reposición de Oribe en la presidencia del Estado Oriental parecían asegurados.
Ministros ingleses y franceses presentaron una nota conjunta al gobierno argentino. Expresaba que Montevideo quería la paz con Buenos Aires, que la exigencia opuesta por Rosas de la restauración de Oribe era inadmisible y que las potencias ofrecían las condiciones que un estado libre pueda con honor aceptar de otro. La cancillería de la Confederación contesto con una nota afirmando que quería paz, pero se veía obligado a declarar la guerra a un usurpador que trastornaba el orden interno del país. El general Oribe pasaba con su ejercito a la provincia de Entre Ríos, casi simultáneamente lo hacia Rivera. Los ejércitos marcharon uno contra el otro y se encontraron el 6 de Diciembre. Las tropas de Rivera fueron completamente derrotadas.

SITIO DE MONTEVIDEO Y MEDIACION EXTRANJERA

La noticia de la derrota de Rivera, produjo la mayor consternación y espanto en cuidad de Montevideo (mas que una ciudad, se trataba de una especie de factoría internacional, con población aventurera). Los preparativos de defensa pasaron los dos meses que tardó Oribe en llegar a las afueras de Montevideo. Paz había convertido a la plaza en una verdadera fortaleza, se iniciaba aquí el “sitio grande” que duraría más de 10 años. Los verdaderos ciudadanos soportaban la situación con disgusto y lo demostraban desertando en masas a las filas nacionales que eran las de Oribe. El gobierno argentino declaró bloqueado su puerto, impidiendo el acceso a barcos con abastecimientos. Una vez completado el sitio de la cuidad, era inevitable su rendición por hambre, por lo cual no se intentó tomarla por asalto. Pero la toma de Montevideo significaba el definitivo triunfo de la Confederación y de Rosas. Esto era algo que las potencias “mediadoras” no podían aceptar.

El comodoro Purvis se presentó ante la posición bloqueadora de la Confederación, asumiendo que dicha acción estaba reservada para las potencias marítimas. Rosas declaraba que no le quedaba sino defender de la injusta guerra a que lo obligaba la “escandalosa conducta del comodoro que dada la indignación que ella había producido, no podía ofrecer garantía eficaz alguna a los ingleses residentes”. Lord Aberdeen no quería oficiales de la escuadra interfiera en la lucha entre Buenos Aires y Montevideo. Con esta daba fin al episodio del comodoro Purvis.

Para interesar a la potencias, habría que ofrecerles algo que valiera la pena, la inventiva de Varela daría la solución, Se ofrecería la segregación de Entre Ríos y Corrientes. Los brasileños verían con agrado el empequeñecimiento de la gran Confederación y los franceses, el medio de cobrarse los créditos adelantados en la guerra contra Rosas. Los unitarios de Montevideo y los riveristas no disimulaban las esperanzas en el éxito de las gestiones europeas. Rivera se vio obligado a dar batalla al caudillo entrerriano Urquiza y el primero fue derrotado. Moreno y Sarratea informaban lo que se ventilaba en la cancillerías ya empezaba a tomar estado público en la prensa y en los parlamentos. La codicia europea se había despertado antes los ofrecimientos hechos por Varela de concesiones y franquicias.

Al fin el gobierno británico hubo de declarar que el estado de guerra entre Buenos Aires y Montevideo era nocivo para el comercio británico y por lo tanto debía acabar. La verdad es que la resistencia se limitaba a sola plaza de Montevideo, auxiliada por las fuerzas navales de Inglaterra, Francia y Brasil. El general Oribe, al frente del ejército de la Confederación, estaba triunfante en todo el territorio. Solo le faltaba tomar Montevideo para terminar la guerra y restablecer el orden legal. Inglefield y Lainé (jefes de las escuadras inglesas y francesas) le comunicaron a Oribe que no permitirían la apertura de las hostilidades contra las ciudades.

Los episodios de la intevencion anglo-francesa en el Rio de la Plata constituyen, por la actuación del Restaurador y su pueblo, una de las páginas mas gloriosas de las historia argentina. En esos años se decidió realmente nuestro destino y se afianzó de tal modo que la defecciones posteriores no logaron borrar todas sus consecuencias. En el dilema de ser una factoría extranjera o una nación libre optamos por lo segundo, que era el camino del sacrificio y del honor.
La declaración anglo-francesa exigía: el retiro de las fuerza de la confederación y el levantamiento del bloqueo, se exigía la libertad de los ríos interiores para levar la “paz” a los gobiernos de Corrientes y Entre Ríos y sus costas.

(7 DE MARZO DE 1835)

El general Rosas acababa de ser reelecto y decidió hacer frente a la intervención, sin comprometer en lo más mínimo el honor ni la integridad del país, pero con la máxima prudencia.

Arana orilló hábilmente las cuestiones en litigio, aceptando los principios de la independencia oriental y declaró que las tropas se retirarían y se levantaría el bloqueo cuando el presidente Oribe comunicase la pacificación del territorio oriental. El  ministro ingles aceptó en principio estos puntos, pero las cosas cambiaron cuando arribó el barón Deffaudis. El francés exigió de entrada y como condición previa la suspensión de las hostilidades por parte de las tropas que sitiaban a Montevideo. Arana insistió en su declaración anterior. El gobierno de la confederación admitiría solo la mediación si previamente las fuerzas navales de Inglaterra y Francia reconocían expresamente el bloqueo argentino a los puertos de Montevideo y Maldonado, como una medida que la dignidad de la Confederación requiere, sin condición alguna y en la más rigurosa forma. Los interventores contestaron intimando la evacuación del Uruguay por las tropas argentinas y el levantamiento inmediato del bloqueo. Arana contestó que la responsabilidad de los sucesos que sobrevengan pesa sobre la conducta la conducta de V.E en el cumplimiento de la misión de paz y amistad cuyo buen término ha deseado este gobierno. Era la guerra.

LA VUELTA DE OBLIGADO

Los ministros Ousley y Deffaudis se trasladaron a Montevideo dispuestos a lograr por la fuerza lo que no habían conseguido por la amenaza. La escuadra interventora realizaba su primer acto formal contra la Confederación, apoderándose sin combate de los barcos argentinos de la escuadra de Brown. Este tenía ordenes formales de no resistir. Los interventores declaraban bloqueados los puertos argentinos. Se fundaban en la negativa de la Confederación a acceder a la paz. Se dispusieron a llevar adelante la guerra y forzar el paso del Paraná, a fin de dominar el gran rió en toda su extensión hasta Corrientes.
¿Qué significaba la intención de someter al país por la fuerza sino la conquista armada?
La nación que se somete a una fuerza superior pierde su autodeterminación, que es la cualidad de su soberanía y pertenece desde ese momento al vencedor, cualquiera se la forma en que pretenda disimular su conquista. Todas las provincias, con sus gobernadores y legisladores, se pronunciaron contra la agresión y ofrecieron sus contingentes para resistir.

En previsión del propósito de forzar el Paraná, manifestado por los jefes de las escuadras agresoras, el gobierno argentino había montado en la Vuelta de Obligado, próximo a San Pedro, cuatro baterías y ocho cañones, servidas por 160 artilleros y 60 de reserva, acompañado de por un millar de milicianos. Se había cerrado el rió con tres cadenas, cuyo extremo opuesto se hallaba amarrado al bergantín “Republicano” de seis cañones. Las cadenas se corrían por sobre una veintena de barcos desmantelados y fondeados en línea, con lo cual se quería mostrar que el paso no era libre y había que batirse para forzarlo.

El 19 de Noviembre de 1845 se efectuó el ataque. Las fuerzas enemigas estaban constituidas por 11 buques de guerra con 99 cañones de gran calibre y de mayor capacidad de fuego que los anticuados cañones argentinos. Nuestras fuerzas lucharon hasta que se le acabaron las municiones y fueron desmantelados los baluartes y desmontados las baterías por el intenso fuego enemigo. Finalmente los aliados pudieron forzar el paso y apoderarse de la posición. El enemigo obtuvo un triunfo relativo, pues si forzó el paso, fracaso en su tentativa de ocupar las costas. Su importancia estratégica fue por ello escasa.

Su importancia política fue en cambio grande para la causa nacional, porque vigorizó el espíritu de resistencia y despertó a la realidad a muchos.
Al saber amenazada su provincia por el ejercito de Paz y las escuadras aliadas, Urquiza cruzó el Uruguay, que se dispuso atacar a Paz. El entrerriano sorprendió a la retaguardia enemiga a las órdenes del general Maradiaga, donde lo derrotó y lo tomó prisionero. En las barranqueras, Paz se decidió a presentar batalla. Pero Urquiza, astutamente, rehuyó el encuentro en posición desfavorable y emprendió la retirada, dando por terminada la campaña sobre Corrientes. Había concebido un nuevo plan, por medio de Maradiaga prisionero, gestionaba una reconciliación con su hermano Joaquín, gobernador de Corrientes, sobre la base de la eliminación de Paz. Enterado Paz de estas negociaciones, se propuso a desbaratarlas. Con el ministro Márquez y la mayoría de la Legislatura correntina acordaron deponer a Madariaga. Pero este volvió a Corrientes, apresó a Márquez, batió la división de que Paz había dejado para apoyar dicha maniobra política y lo hizo destituir a este del comando del ejército.
Mientras tanto las fuerzas enemigas más destacadas y fuertes del mundo, no conseguían hacer pie en ningún punto de la costa argentina sin recibir un fuerte escarmiento. La navegación por los ríos era para ellos un riesgo permanente, pues las costas disparaban metralla desde los puntos más inesperados.
Al cabo de un año de intervención, bloqueos y combates sangrientos, solo contaban con lo que tenían al comienzo: con Rivera y la plaza de Montevideo, dominada por un círculo de agiotistas y traidores. Tal era la situación cuando llegó, sin anunciarse, el comisionado británico Mr. Thomas Hood.

LA MISION HOOD, EL LITORAL Y EL BRASIL

La imposibilidad visible de alcanzar los objetivos de la intervención conjunta fue, sin duda, la causa determinante del envió de la misión Hood con el propósito de obtener una paz honorable para las potencias agresoras.

Donde se había supuesto una colonia, había una patria. La perspectiva de una prolongación indefinida del estado de guerra inquietaba a los intereses vinculados con el comercio en el Plata, los cuales, vista la imposibilidad de obtener una paz de conquista, querían ya la paz a cualquier precio.

(13 de Julio de 1846)

Mr. Thomas Hood venía envestido del carácter de enviado confidencial de los gobiernos de Francia y Gran Bretaña. Las bases de la negociación no podían ser más satisfactorias. Se reconocía la igualdad de derechos entre las naciones signatarias, se aceptaba que el Paraná era un rió interior y sujeto a la exclusiva jurisdicción argentina, se estipulaba la colaboración para dar fin a la guerra, con suspensión de hostilidades, así como también la devolución de la Isla Martín García y el saludo homenaje a nuestro pabellón. La noticia del arreglo produjo en Montevideo un gran revuelo y una profunda consternación. El triunfo de Rosas significaba la propia derrota y el cese del apoyo extranjero que constituía la última esperanza.

Mientras el gobierno argentino suspendía las hostilidades en el Paraná, Ouseley  y Deffaudis, multiplicaban su ayuda a Rivera, concentraban barcos en el Uruguay y trasportaban armas y tropas de un lugar a otro de la costa oriental, para obtener alguna victoria decisiva, que cambiara la situación militar. Según los interventores, debía ser previa la pacificación y el retiro de tropas. Esta objeción parecía infantil, si no se conociera su verdadera causa. El bloqueo constituía un excelente negocio para Montevideo y para los propios interventores vinculados a un círculo de agiotistas de esa ciudad que explotaban los derechos de aduana. Había que hacerlo durar.
Hubo a raíz de ello cambio de notas con el gobierno de la Confederación en que Arana ratificó el punto de vista argentino y protestó por la continuación de los actos de guerra o de provocación. Los interventores le respondieron a Mr. Hood que consideran terminada la misión que lo había traído y que esperaban la resolución definitiva de sus gobiernos.
El fracaso de la misión Hood fue un triunfo de Rivera y de los emigrados. Significaba para ellos la continuación de la ayuda extranjera.
Mientras nuestros ministros Sarratea y Moreno insistían ante las cortes de Paris y Londres para que se resolviese de acuerdo con lo estipulado por la misión Hood, los agentes de Montevideo y los delegados interventores intrigaban por evitarlo, aprovechando la disidencia de intereses que se pronunciaban cada vez mas entre los aliados. Inglaterra se inclinaba hacia la paz. Francia se mantenía aferrada a la política rigurosa, con el objeto de conservar su colonia de “Montevideo”.
Y esto que las complicaciones parecían aumentar, en lugar de desaparecer. A las pendientes se le agregaban las que provenían de la política de Brasil, con radio de influencia sobre las provincias litorales, Paraguay, Corrientes y eventualmente Entre Ríos.

La negativa de Rosas de reconocer la independencia de Paraguay, proclamada en Noviembre de 1842, le dio a Brasil una oportunidad para ganar prestigio ante el nuevo estado, aceptando la situación e iniciando los trámites de una alianza. El Brasil había permanecido expectante ante la agresión anglofrancesa sin arriesgar la ruptura de la confederación y calculado que el desarrollo de los sucesos le daría la oportunidad de llevar adelante sus viejas aspiraciones internacionales (expansión en el sud y el oeste).
Sabemos que los emigrados de Montevideo, incapaces de triunfar sobre Rosas por sus propias fuerzas, solo confiaban en el auxilio del extranjero y en una probable división del partido federal detrás de alguno de sus caudillos. Las circunstancias de ser Urquiza, después de sus triunfos de Arroyo Grande e India Muerta, lo constituía como candidato obligado para oponerse a Rosas, si se suscitaba en el la ambición de reemplazarlo.

VENCES

Mientras el Brasil empezaba a definir sus objetivos en el Plata, la cuestión anglo-francesa entraba en una nueva fase con el envió de Francia e Inglaterra de sendos plenipotenciarios (HOWDEN-WALESKI), encargados de reanudar y concluir las negociaciones sobre la base de lo resuelto a raíz de la misión Hood. Llegaron a Buenos Aires a principio de mayo de 1847, manifestando que con el objeto de obviar “la única” dificultad que impedía la “completa y entera” ejecución del acuerdo, habían resuelto acceder a la demanda por los generales Rosas y Oribe, en el sentido de que el levantamiento del bloqueo se ordenaría, en las dos orillas del Plata, simultáneamente con la celebración del armisticio y la cesación de las hostilidades. Pero no ocurrió así.

El memorandum que presentaron con fecha del 14 de mayo difería de aquellas en su forma y en el fondo. Su aceptación habría implicado la renuncia a la soberanía en ambas márgenes del Plata y sobre los ríos interiores y reconocimiento del derecho de intervención política de las potencias europeas en los asuntos americanos. Mientras Francia se empeñaba en mantener su colonia de Montevideo, Inglaterra (sin renunciar a las ventajas accesorias que pudiera obtener), quería sobre todo la paz. Las negociaciones se prolongaron sobre puntos accesorios, pero hizo crisis en lo referente de la exigencia sobre la libertad de navegación de los ríos interiores. En esta materia no podía transigir la Confederación, no solo por los principios implicados, sino por la importancia que tenia el dominio de los ríos como instrumento de unión nacional, respondió Arana con la ruptura de las negociaciones. La ruptura no dejaba otra alternativa que la continuación de la guerra y la intervención armada más enérgica aún. Así lo pensaba el Conde Walesky, que considerando que el prestigio de Francia estaba comprometido. No era la opinión de Lord Howden, su gobierno quería la paz. Para no llegar a una ruptura con su compañero de misión, lo convenció de intentar una gestión pacificadora. Esta vez ante Oribe.

Ambos plenipotenciarios se dirigieron de común acuerdo al campamento del jefe oriental y le propusieron, por nota un armisticio (suspensión de la hostilidades). La facilidad con que había accedido Oribe a este arreglo motivo que recibiese una sugestión del plenipotenciario francés en el sentido de iniciar negociaciones para la pacificación del país. Acto seguido, los plenipotenciarios se dirigieron a comunicar la propuesta al gobierno de la plaza sitiada. Este lo rechazó, con argumentos que eran la confesión palmaria de su propia nulidad y de su sometimiento al extranjero. La negativa y el tono de la respuesta convencieron definitivamente a Lord Howden de la artificialidad de la situación creada y de los intereses que encubría. En consecuencia, dirigió una nota al Jefe de las fuerzas navales británicas disponiendo la terminación del bloqueo. Finalmente ordenó el embarque de los soldados de infantería que estaban en las líneas de la trinchera de Montevideo y de los cañones y material de guerra. Sabemos que los intereses de ambas potencias eran distintos, no significa una ruptura formal, sino la adecuación de ellas a su interés respectivo. La verdad es que la situación de la plaza era insostenible, se llego al extremo de tener que dominar con tropas francesas la sublevación de los regimientos nacionales.

El fracaso de las tentativas de Rosas y de Urquiza para obtener de los Maradiaga, la adhesión pura y simple del pacto federal, no dejaba a otra que a la guerra (nos referimos a la cuestión correntina). Urquiza se puso en campaña y entro en Corrientes a mediados de Octubre, apenas cruzó lo límites de la provincia recibió adhesiones de los jefes federales del ejercito correntino. El encuentro se produjo el 27 de Noviembre en el campo de Vences, que terminó con el triunfo de las fuerzas nacionales. Al día siguiente se nombró como gobernador a Visaro, quien declaró la reintegración de la provincia a la Confederación.

(AÑO 1847)

APOGEO DEL PRESTIGIO Y DEL PODER

Con la victoria de Vences se desbarato la ultima tentativa disgregadora en el seno de la Confederación. No fue una consecuencia de la fuerzas de las armas, sino de un avance paulatino de la opinión a favor de causa nacional. El fracaso de la misión Howden-Waleski produjo pésima impresión en Inglaterra. Los gabinetes decidieron realizar una nueva gestión (GORE-GROS). Iniciaron negociaciones con Oribe y el gobierno de Montevideo, que eran en substancia las mismas que las ultimas. El arreglo propuesto habría significado, reconocer la legitimidad de la intromisión extranjera en las cuestiones internas de los países del Nuevo Mundo.

Además ¿Cómo podían hablar de “mediación” las potencias habían actuado como beligerantes. Inglaterra y Francia no podían ser mediadoras. Estábamos con ellas en estado de guerra.
Con la caída de Luis Felipe, se anuncia al Gobierno de la Confederación, el levante del bloqueo de nuestras costas.
La situación de esa plaza seguía siendo desesperada en el orden militar y catastrófico en el orden financiero, por la apertura de nuestros puertos que absorbían todo el tráfico internacional. Por esos días las tropas de Oribe atacaron Colonia y la tomaron después de un breve combate.
Los esfuerzos de los agentes de Montevideo por tergiversar los hechos de presentar a Rosas como un tirano sanguinario no encontraban eco ante Lord Palmerston, bien enterado de los informes fidedignos de Lord Howden.

TRIUNFO DE ROSAS Y LA CAUSA AMERICANA

Inglaterra envía un nuevo ministro, Mr. Henry Southern, adelantaba la firme intención del gobierno británico de llegar a un arreglo recíprocamente honorable. Casi al mismo tiempo, el contralmirante Lepredour entabló ante el ministro Arana una gestión análoga en nombre de Francia. El proyecto de este era casi igual en su texto al de Waleski, se le contestó que la Confederación no lo aceptaba y que solo estaba dispuesto a tratar sobre las bases Hood. Autorizado por su gobierno, recibió de Arana el texto de referencia y lo elevo para su aprobación.
La discusión en el parlamento británico de las bases propuestas por nuestro gobierno fue una prueba decisiva de prestigio ganado por este, se pronunciaron por la aceptación lisa y llana de dichas bases.  Su aceptación significaba a la vez una confección implícita del gravísimo error cometido puesto que había gastado durante cuatro años dinero y sangre para nada.

La pacificación del litoral mesopotámico, con la reintegración a la unidad de la permanente disidente, había sido obra de Urquiza, quien a raíz de su triunfo en Vences había crecido hasta consentirse en la segunda figura de la Confederación. Lo que es notorio es que había recibido solicitaciones y sugestiones que sistemáticamente rechazaba, comunicando algunas de ellas a Rosas, que se hablaba de el como candidato posible en los círculos de emigrados.
Tales eran las circunstancias internas y externas cuando Rosas hizo ante la legislatura renuncia formal del mando, fundándose en que constituía una responsabilidad que ya no podía sobrellevar y que su quebrantada salud le exigía retirarse. La unanimidad en el rechazo y las expresiones con se manifestó equivalieron a un nuevo plebiscito. La legislatura declaró que era insustituible en el gobierno y reiteró su decisión de no admitirle su renuncia.

Mr. Southern comunicó la aceptación de las clausulas del tratado por parte de su gobierno que eran las siguientes:

  • por los artículos 1 y 2, Inglaterra se obligaba a devolver la isla Martín García y los barcos capturados en el estado original y a saludar al pabellón argentino con 21 cañonazos de desagravio.
  • Por el 3, la Confederación se comprometía a retirar sus tropas de la Banda Oriental, pero después que lo hubieran hecho los franceses.
  • Por el 4, se reconocía que la navegación del Paraná era interior de la República Argentina y sometida a las leyes y reglamentos, y la del Uruguay en común con el Estado Oriental.
  • Por el 5, se reconocía a la Confederación los derechos de beligerancia que en iguales condiciones pudieran gozar Francia e Inglaterra. Por primera vez una gran potencia admitía explícitamente la plenitud de la soberanía es una de las débiles repúblicas del Nuevo Mundo.

La convención Southern-Arana fue ratificada por la Legislatura el 24 de enero de 1850. Si la discusión del tratado en el parlamento ingles se había desarrollado sin borrascas, no ocurriría lo mismo en el francés. Los intereses comprometidos en la aventura montevideana eran cuantiosos y no se dejarían derrotar sin lucha. Se reeditó el supuesto derecho de las grandes potencias a civilizar los países “atrasados” y las calumnias corrientes hacia Rosas. Las circunstancias que atravesaba Francia (caída de Luis Felipe, debía mantener el espíritu guerrero) el gobierno despachó  instrucciones para el contraalmirante Lépredour y una carta para el almirante Mackau al ministro Arana, en la que pedían que se extremaran las exigencias para llegar a un acuerdo, pero la Confederación no cedió ni una coma en lo referente debido a sus intereses y su honor.
La firma del tratado se verifico el 31 de agosto de 1850. Era substancialmente idéntico al anteriormente celebrado mes antes con Inglaterra. Francia retiraba sus fuerzas del Río de la Plata, reconocía la soberanía de argentina sobre los ríos, etc.

EL BRASIL Y URQUIZA

Cuando el general Rosas había alcanzado el cenit de su poder y su gloria, empezó a preparase la coalición que habría de derribarlo.
La coalición fue obra de la diplomacia brasileña, que lo uso como instrumento al gobernador de Entre Ríos. Tuvo como objeto el permanente propósito que aquella perseguía de impedir la formación, al flanco del imperio, de un estado que pudiese equilibrar y aun sobrepasar su poder. Liquidada la cuestión con Francia e Inglaterra, era evidente que quedaba pendiente Brasil.  A principios de 1850, una horda de saqueadores de la provincia brasilera de Rió Grande do Sul, reforzada por riveristas emigrados, atacó el norte del Estado Oriental.  El General Guido (ministro de la Confederación en Río) fue intimado por Rosas para que exigiera el inmediato castigo a los culpables.

Nuevas dilataciones de la chancillería imperial provocaron el retiro del embajador y la ruptura. La Confederación Argentina estaba en guerra con el Imperio. Ambas naciones preparaban sus efectivos para hacer frente a la contienda. Se jugaba la hegemonía continental, nuestra grandeza futura. Fue en esas circunstancias en las que empezó a afirmarse públicamente que Urquiza había firmado un pacto con el Imperio y el gobierno de Montevideo para derrocar al Restaurador y que el precio de ese pacto sería la independencia del Paraguay y la libre navegación de los ríos y el abandono de de la Misiones Orientales, fracción del territorio argentino no comprendida en el tratado de 1828, pero que el gobierno de Montevideo negociaba como propia de 1845.

La alianza con el extranjero contra la patria tiene un nombre que no admite atenuaciones, se agrava cuando el extranjero es un enemigo tradicional y sus planes son el desmembrar la República Argentina, despojarla de la soberanía de los ríos, a cambio de su apoyo militar a un partido interno.
Los testimonios de quienes anduvieron  en tratos con el para decidirlo a la tercera coalición coinciden en afirmar que costo trabajo obtener su final consentimiento. No era un hombre de pensamiento, ni de cultura, ni de sólidos principios morales, tenía sobre todo cuestiones, conceptos vagos e empíricos, aunque no carecía de agudeza y buen juicio en materias practicas. Su éxito en un escenario reducido y su convicción de ser el mejor de la aldea le habían despertado una alta idea de sí mismo y la ambición de brillar. Esto lo predisponía a caer en las redes de los doctores del unitarismo, dueños de una dialéctica aguzada, eran capaces  de infundirle al sencillo paisano en media hora sus propias ideas  y aun sugerirle que las pensaba él mismo.
Estas circunstancias no eran ignoradas por Rosas (ya había comenzado a preparar su ejercito), los jefes militares, empezando por Oribe, le advirtieron del peligro y aun le propuso este último una campaña fulminante sobre Entre Ríos, pero Rosas no accedió, confiaba en su enorme prestigio en el país. El paso dado por Urquiza se califico lisa y llanamente de traición, en los discursos y en los documentos oficiales. El país quería la guerra contra el Brasil y sus aliados. El 18 de agosto se declaró la guerra al Imperio

CASEROS

El general Rosas se hallaba efectivamente cansado por la larga tensión, como lo expresaba cada vez mas sus sinceras y reiteradas renuncias. Una correlativa delegación de su poder en agentes subalternos lo que haría resaltar los inconvenientes naturales del régimen. Rosas en vez de ordenar una ofensiva rápida contra Entre Ríos, se colocó a la defensiva y permitió que sus enemigos gozaran del tiempo necesario para organizar sus preparativos para la invasión.
El general Urquiza inicio el 8 de julio sus operaciones militares invadiendo la Banda Oriental, en cuyo territorio se había dado cita con sus aliados brasileños. El 21 de noviembre se firmó en Montevideo el tratado de alianza entre el Imperio de Brasil, Entre Ríos (con Corrientes como agregada) y el Estado Oriental, para llevar la guerra contra la federación.

La iniciativa de la guerra se atribuya a los Estados de Entre Ríos y Corrientes, reservándose el Brasil y la Banda Oriental el papel de “meros auxiliares”. A cambio de la ayuda extranjera para su empresa interna, Urquiza renunciaba (derechos inherentes a nuestra soberanía precipitaba la desintegración de la patria, el libre acceso por nuestras vías fluviales a su provincia de Matto Grosso).
Al ejército de Urquiza se le había sumado la activa legión de los emigrados- en la función de boletinero vestido con un raro uniforme de coronel francés, Sarmiento. En la artillería, un joven coronel que hacia versos malos, Bartolomé Mitre. Ambos futuros  presidentes de la República habían llegado a Gualeguaychú en un barco de guerra brasileño, siendo recomendados por el comandante Brasileño al general Urquiza. La fuerza aliadas alcanzaban a 24.000.
El ejército de la Confederación animado por defender una vez más el honor y la integridad de la patria, alcanzaba los 22.000 hombres.
El choque se produjo el 3 de Febrero en las inmediaciones del Palomar de Caseros y el ciego azar de la guerra nos fue esta vez adverso, dándoles el triunfo a los enemigos.

LAS CONSECUENCIAS DE LA DERROTA

Con la derrota de Caseros se frustraba temporariamente el destino nacional y se habría para el país treinta años más de guerras civiles.
Volvería a imponerse la colusión con el Imperio, los colonialistas, que despreciaban a su patria por “bárbara” y “atrasada” y se proponían a cambiarlo todo, los que proclamaban la superioridad de lo extranjero. El más conocido de los sofismas con que se pretender justificar la coalición que triunfo en Caseros consiste en afirmar que la eliminación de la dictadura y la “organización” del país eran una condición ineludible del Progreso.

La dictadura fue una imposición de las circunstancias, para frenar la anarquía y las tendencias disgregadoras. Quien conozca el ABC de la ciencia política y no se apague de palabras huecas, ha de saber que el rigor de los gobiernos es directamente proporcional a la intensidad de las tensiones que deben dominar. A esta ley no escapó Rosas. Lo que se sabe es que ni la dictadura ni la guerra civil, ni los bloqueos impidieron que la Argentina progresara durante el gobierno del Restaurador.
Urquiza estableció su cuartel general en la residencia de Rosas en Palermo, quedando con el cargo de gobernador interino de la Provincia y designó ministro a Valentín Alsina (cabeza unitaria). Los sentimientos del pueblo de Buenos Aires eran ciertamente confusos y contradictorios. Las actitudes del general Urquiza y su declaración de que “no hay vencedores ni vencidos” tendían a restablecer la confianza. Sabemos que el unitarismo era, por sobre todo un fenómeno porteño, puesto que se fundaba en los títulos que se arrogaban los hombres de la capital de Virreinato para gobernar todo.

El gobierno provisional convocó a elecciones generales de la provincia para el 19 de abril. Los liberales tenían su candidato, Alsina, pero Urquiza se apresuró  a impedir su elección. El 22 de abril invitó a un grupo de personajes expectables a visitar el campo de batalla  y en la comida brindó por Vicente López como futuro gobernador. La legislatura no atrevió a desdeñar esa insinuación, que era una orden. Alsina se negó a seguir en el ministerio.
El acuerdo de San Nicolás se firmo el 31 de mayo. En el se establecía que había llegado el caso, previsto por el pacto federal de 1831, de Convocar el Congreso Constituyente de la República. La publicación de las cláusulas del acuerdo provocó gran revuelo en Buenos Aires, por la extensión de las facultades otorgadas al gobernador entrerriano. Se presentó en la Legislatura un pedido de informes al gobierno, en la cual se negaba la validez a la firma de aquel instrumento por el gobernador de Buenos Aires, mientras no obtuviese la aprobación legislativa. (Mitre y Vélez Sarsfield)
El 23 renuncio el gobernador, Urquiza se decidió a fin de intervenir “considero este estado de cosas completamente anárquico y me hallo plenamente autorizado para llenas la primera de mis obligaciones, que es salvar la patria de la demagogia después de haberla libertada de la tiranía y declaro disuelta la Legislatura”. Mientras tanto, se realizaban en todo el país las elecciones para el Congreso Constituyente que debía reunirse en Santa Fe.

SECESION Y CONSTITUCION

El 8 de septiembre se embarco Urquiza rumbo a Santa Fe, con el objeto de inaugurar el Congreso Constituyente. El 11 estalló en Buenos Aires la revolución, encabezada por el general Piran en la parte militar y por don Valentín Alsina en la parte civil, con el aporte de las tropas porteñas y correntinas al mando de Maradiaga. Se restauró la Legislatura disuelta por Urquiza, cuyo presidente, Pinto, asumió nuevamente la gobernación. El primer impulso de Urquiza fue sofocar la rebelión con las armas, retrocedió hasta San Nicolás para ponerse al frente de sus fuerzas, pero aquí se enteró que muchas de sus fuerzas se habían plegado al gobierno provincial.

Si Buenos Aires lo rechazaba, se haría fuerte en el resto del país llevando adelante el plan constitucional, con lo cual lo mantendría la bandera simpática del principismo. Comunicó al gobierno de Buenos Aires que “para evitar efusión de sangre y la anarquía”, ordenaba el retiro de sus tropas, dejando a la provincia en pleno goce de sus derechos. No satisfechos, por consiguiente con la recuperación de la autonomía, se propusieron acabar con Urquiza y dar la ley al país. La legislatura declaró que no reconocería acto alguno producido por la asamblea nacional recién instalada y ordenó el retiro de los diputados de la provincia. Quitó a Urquiza el encargo de las relaciones exteriores, reasumiéndolo de su autoridad provincial.
No hay que olvidar la importancia que en la actitud de Buenos Aires tenia el factor económico.

Separada de la confederación ya no manejaría Urquiza, sino el gobierno provincia las rentas de su aduana. El 10 de noviembre se instaló el Congreso Constituyente. Urquiza no pudo concurrir porque las circunstancias se lo impidieron. La mitología histórica al uso ha empeñado en pintar este Congreso de Santa Fe que no dio la Constitución de 1853 como un cuerpo altamente representativo, compuestos de las lumbreras de la patria: una especie de senado romano, congregación de togas ilustres. Esta leyenda es falsa. Pocas veces ha visto el país una asamblea tan poco representativa y tan mediocre en su composición.

Era natural que los hombres educados en el orden estricto y la política nacional de la Confederación, vieran con disgusto las consecuencias anárquicas de la demagogia extranjerizante instalada en la ciudad. La sublevación de Lagos recibió enseguida el auspicio de mayor parte de los antiguos federales, que vieron en ella el medio de que la provincia de Buenos Aires pudiera concurrir con la plenitud de su autonomía y con representantes auténticos de su voluntad, a la organización definitiva de la República.

Mientras la ciudad convocaba su guardia nacional, construía parapetos, cavaba zanjas y sostenía las primeras escaramuzas en los suburbios contra las embestidas de los sitiadores, el Congreso Constituyente- al que Urquiza había sometido la nota de Lagos- autorizaba a aquel para que. “empleando toda las medidas que su prudencia y acendrado patriotismo” le sugiriese, hiciera cesar “la guerra civil en la provincia de Buenos Aires”.  Urquiza nombró una comisión formada por Zuviría, presidente del Congreso, su ministro de la Peña y el general Ferre. El gobierno de Buenos Aires designó a don Nicolás de Anchorena, don Dalmacio Vélez Sarsfield y el general Paz. El 9 se llegó a un acuerdo y se firmó un convenio por el cual Buenos Aires se comprometía a concurrir al Congreso Constituyente, pero con un número de diputados proporcional a su población. Urquiza rechazó el convenio, donde se fundaba en que se carecía de facultades para modificar lo resuelto en al Acuerdo de San Nicolás. El argumento era débil, estando reunido el Congreso Constituyente que si tenía esas facultades y al que no se consultó para el rechazo. La verdadera razón era que no se resolvía con ese convenio el pleito interno de Buenos Aires. Como no hubiera acuerdo se reanudaron las hostilidades y el bloqueo, no obstante las protestas del comercio extranjero, que empezó a conmoverse en la ciudad.

El congreso de Santa Fe había proseguido activamente sus trabajos para la confección de la ley fundamental del país. Debía constituir una república federal, y era natural que acudiera al único ejemplo de la adopción de ese régimen sancionado por el éxito o sea el de Estados Unidos. La constitución “adoptada”- cuya originalidad más saliente consistía en la renuncia formal a la soberanía sobre nuestros ríos interiores- recibió sanción el 1 de Mayo. En ella se designaba la ciudad de Buenos Aires como capital de la Nación. El 24 llegaron los delegados a San José de Flores.
La ciudad carecía de fuerza militar, pero tenía dinero, gracias a la Aduana y al Banco.

Los rosistas porteños que habían acompañado al rosista Lagos en un pleito local contra los “salvajes” en el poder, se resistían a seguirlo en la alianza demasiado aparente con el traidor que pretendía imponer la ley a la provincia de Buenos Aires. El 10 de julio, se había firmado con Gran Bretaña, Francia, Brasil y Estados Unidos los tratados de libre navegación de los ríos.

Urquiza pasaba a ejercer en Paraná el mando supremo de una Confederación amputada de su provincia más prospera. Por su culpa, el pequeño grupo unitario había adquirido prestigio y poder. Con la victoria del gobierno de Buenos Aires y la retirada ingloriosa de Urquiza quedaba consumada la secesión. Pocos meses después se promulgaría la Constitución de la provincia: “Buenos Aires es un estado con el libre ejercicio de la soberanía interior y exterior, mientras no la delegue en un Gobierno Federal. El en resto de la Confederación se efectuaron las elecciones para el primer gobierno constitucional. Concurrieron solo diez provincias. Resultaron electos el general Urquiza quien presto juramento el 5 de marzo de 1854 ante el congreso constituyente. Este clausuró sus sesiones, después de designar capital provisoria de la República a la cuidad de Paraná

BRASIL COBRA SU VICTORIA – FILOSOFIA DE LA ENTREGA

Después de Caseros, no éramos nosotros, sin el Brasil, quien dominaba con su escuadra nuestros ríos y dictaba las leyes en ambas orillas. Dominaba también el Estado Oriental, cuyo territorio invadía a su arbitrio con sus tropas, con el pretexto de sofocar la anarquía interna que el mismo suscitaba, a la vez presionaba al Paraguay para obligarlo a aceptar como legales los límites de la rapiña. Después de los tratados de libre navegación se firma con el imperio el de “amistad, comercio, y navegación”. El general Urquiza, primer presidente constitucional de la República, permanece impasible ante esa intervención abusiva e irritante del tratado de 1828. La confederación carece de moneda y debe manejarse con patacones bolivianos y billetes del Banco de Buenos Aires, que no tienen curso en las provincias. La instalación de un banco brasileño en Rosario y el privilegio exclusivo por quince años, de emitir billetes y acuñar moneda de oro y plata. La “bolsa” del país quedaría con ello también en manos brasileñas.
En Buenos Aires permanecía viva la reacción de la dignidad nacional ante el extranjero, herencia de las viejas luchas. Los mismos liberales se indignaron, si no por el fondo, por las formas, o la falta de ellas. Hubo protestas cuando la escuadra imperial entró al Paraná, rumbo a Asunción, sin pedir permiso a los ribereños, Alsina provocó un incidente diplomático del cual Urquiza no se hizo cargo.
Tales actitudes contribuían a consolidar la situación porteña, en medida que perdía prestigio el gobierno de Paraná.

Acompañaban a Mitre en su oposición intransigente a la Confederación el doctor Dalmacio Velez Sarsfield y don Domingo Sarmiento. La obsesión de este último era la eliminación del caudillismo y de todos los resabios españoles, que atribuía a la ignorancia y calificaba de “barbarie”. La situación entre la Confederación y Buenos Aires se hacía mas tensa a medida que transcurría el tiempo, por la acumulación de agravios. Las conciliaciones y treguas pactadas en 1855 y 1856 habían fracasado, denunciándose sus cláusulas, por una y otra parte. En realidad Urquiza quería la guerra, porque los recursos de la aduana porteña eran de vital importancia para la Nación y buscaba hacerla con la ayuda de Paraguay y Brasil, repitiendo la maniobra de Caseros.

Solo que esta vez Brasil no lo seguía, porque la división de su enemiga colmaba sus aspiraciones hegemónicas. No le concedía aun personería internacional a Buenos Aires.
Acompañaban a Urquiza algunos hombres expectables. El más notable de todos era el doctor Alberdi. A raíz de la secesión, había roto con sus amigos para plegarse al gobierno de Paraná, con su fresco prestigio de autor de las “Bases”. Como Sarmiento y Mitre, creía que la finalidad del gobierno consistía en implementar la “civilización”, para ellos sinónimo de influencia extranjera.  Mediante con esos medios pretendía la Confederación entrar en la vías del progreso, Buenos Aires atravesaba momentos de gran prosperidad, no solo por el goce exclusivo de su rentas, sino por las condiciones especialísimas del mercado mundial que había valorizado sus productos.
El congreso de Paraná dictó en junio de 1856 la ley llamada de “derechos diferenciales”, a fin de evitar que los buques de ultramar pagasen derechos en la aduana de Buenos Aires y si lo hiciesen en el puerto de Rosario, donde embarcarían los frutos de retorno. Si bien no causó perjuicios serios al comercio porteño, se consideró un acto de guerra y determino la elección de Alsina para suceder al gobernador Obligado. Con la convicción de que la guerra era inevitable, Urquiza se preparaba alianzas en el extranjero. Se había producido en el interior, con ayuda abundante de Buenos Aires con hombres y dinero, el primer cambio de gobierno favorable a los liberales porteños (San Juan).

DE CEPEDA  A PAVON

Buenos Aires era impopular, tanto en el arrastre histórico, cuando por su intromisión constante en apoyo a las minorías opositoras de las provincias interiores, San Juan había sido el ejemplo. También  se daría dentro de la misma ciudad. Al amparo de la ceremoniosa levita de don Valentín Alsina, quien entendía la mitad de lo que pasaba.
Aunque el ejército  de la Confederación triplicaba en numero a las fuerzas de Buenos Aires, Urquiza no atacó en seguida, por las dificultades ocasionadas en su inferioridad naval y porque, de acuerdo el Congreso, debía intentar antes gestiones conciliatorias.

Las negociaciones fracasaron por la insistencia de Alsina en exigir, el retiro a la vida privaba del general Urquiza. La guerra era inevitable, ambas partes la querían. La guerra se inició con un combate naval. La escuadra de la Confederación forzó el paso de Martín García y llegó a la vista de la ciudad. La batalla se trabó en Cepeda, funesto para los porteños siendo derrotados completamente. Mitre logró salvar una columna de infantería, con la que se retiró.  El triunfo de Urquiza suscitaba una esperanza. Por lo pronto significaba el fin del régimen unitario, establecido por medio del fraude y la opresión. Era la ocasión de imponer condiciones y de cumplir con el compromiso solemne de libra a la provincia de la camarilla que la tiranizaba.

Lejos de hacerlo ¡¡Acepto iniciar negociaciones de paz con el propio gobierno cuya legitimidad había objetado!! El resultado defraudó a la opinión federal que había alentado esperanzas en la acción de Urquiza.
En diciembre se realizaron las elecciones para la convecino de Buenos Aires, que revisaría la constitución, ganó por mayoría el partido gobernante, que fue en rigor el único que se presentó. La convención inició su cometido en febrero de 1860, en mayo la legislatura eligió gobernador, para suceder a Alsina, al general Bartolomé Mitre, quien designó como ministros a Sarmiento y Elizalde. Se habían realizado elecciones nacionales para reemplazar a Urquiza, quien terminaba su período y dio triunfador Santiago Derqui.

A continuación se declaró una ley de desfederalización de Entre Ríos y se eligió como gobernador a Urquiza.
La convención de Buenos Aires modificaron algunos artículos en los cuales: el que disponía la capitalización de Buenos Aires (la decisión se refirió al congreso con la aceptación, el cambio de la designación de Confederación Argentina por Provincias Unidas del Río de la Plata. Las relaciones entre la Confederación y la provincia se desarrollaban en un plano amistoso, salvo algunas genialidades de Sarmiento. Contra lo dispuesto en el Pacto de Unión, la provincia seguía llamándose Estado.

Urquiza está definitivamente liquidado, le han hecho creer que debe permanecer ajeno a la política militante, para ser arbitro supremo de la República (ideas de Mitre, que lo halaga continuamente haciéndole creer que es Washington), dejando campo libre a sus enemigos.

La constitución reformada se promulgó por el presidente Derqui, el 11 de Octubre y de juro el 21. El federalismo del interior, desorganizado, traicionado y acosado, reaccionaba con violencia contra la acción de una minoría metropolitana sanguinaria y prepotente. Con referencia a la reunión del Congreso, en que participarían por primera vez los senadores y diputados por Buenos Aires, los senadores fueron aceptados sin objeciones, pero la comisión de poderes de la cámara diputados aconsejó que fueran rechazados los electos por dicha provincia, porque la elección se había realizado por la ley provincial. Aprobado el dictámen, la representación bonaerense se retiró del Congreso.  A raíz de esto hubo un violento cambio  de notas, al mismo tiempo que ambas partes movilizaban sus fuerzas y se preparaban para la guerra. Evidentemente, Buenos Aires quería la guerra, harto lo evidenciaba además el lenguaje de su prensa, que solo respiraba odio y sangre y exterminio del “caudillismo”.
Ambos ejércitos chocarían en Pavón (1861) esa misteriosa acción en la que después de un choque violento, se disperso la caballería de mitrista y fue destrozada la infantería urquiscista, alejándose del campo de batalla sin ser perseguido, rumbo a su provincia feudal. El general coronaba su carrera de desaciertos y entregas dejándose derrotar.

TODO DE UN COLOR

El triunfo aparente de Mitre en Pavón, donde quedaba dueño del terreno, no despejó del todo el horizonte. Las fuerzas militares de la Confederación permanecían casi intactas con la retirada del grueso del ejecito entrerriano. Derqui asumió la dirección de la guerra depuse de Pavón, trasladándose a Rosario, pero al tiempo renuncia. El 1 de Diciembre Entre Ríos reasumía su soberanía. El 12, el presidente de República, Pedernera, sin fuerzas para resistir, declaraba disuelto el gobierno nacional hasta que las provincias reunidas en el Congreso, decidieran la suerte futura del país. Sin gobierno central reconocido, la nación se hallaba a la merced de un partido en armas y ávido de desquite.

La consigna de la invasión porteña a las provincias interiores consiste en dar vuelta las situaciones políticas, para asegurar la presidencia futura al vencedor de Pavón. ¿Qué hacia Mitre mientras tanto? Lo indultaba a Urquiza (después de haberlo definitivamente mareado de elogios), con lo cual se había asegurado por lo pronto la neutralidad del litoral. Contra la opinión de Sarmiento, que solo respiraba guerra, y exterminio, Mitre decidió intentar negociaciones donde trataba neutralizar a Peñaloza como lo había hecho con Urquiza. Desde 1861 el país carecía de gobierno nacional. Era necesario reconstruir las autoridades en circunstancias de un territorio que se encontraba convulsionado por la guerra civil.

La república necesitaba tener una localidad en que residiera su gobierno general.
Se realizo por el Congreso el escrutinio de las elecciones por la primer magistratura de la Nación, resultando electo, Mitre. Con el ascenso de Mitre a la presidencia, la guerra civil seguía, en el norte y noroeste con estallidos esporádicos (era la misma defensa de la libertad local e individual que se produjo en tiempos de Quiroga, contra una tentativa unitaria bajo la mascara del federalismo institucional) El interior era federal. En las manos de Mitre estuvo, sin duda la posibilidad de restablecer inmediatamente la paz después de Pavón, con el mismo sistema de un antecesor, que implicaba reconocer la legitimidad de las situaciones anteriores. Ello le habría significado, el sacrificio de su ambición presidencial a cambio de ahorro de sangre argentina.
El caudillo mas fuerte de los Llanos fue sin dudas el “Chacho “Peñaloza, de vieja familia fundadora de la Rioja, tal era el hombre que encabezaba la resistencia de la opresión porteña a quien Sarmiento lo calificaba de bandido. Él no quería la guerra, el solo no quería ser invadido por tropas irregulares autorizadas a todo exceso. La presión de Buenos Aires a las provincias no se expresaba solamente en político sino también en forma de ruina económica (Crisis con la industria del tejido, librecambismo desenfrenado).

MITRE – EL PRECIO DEL PROGRESO

Las circunstancias en que Mitre asumió el gobierno eran graves en el mundo Occidental. Europa estaba conmovida por las luchas nacionales de Italia y Alemania en procura de su unidad. Garibaldi atacaba Roma y fracasaba en Aspromonte. Bismark acababa de ser nombrado primer ministro de Prusia. Los Estados Unidos de Norte América se hallaban divididos por la sangrienta guerra civil y Napoleón III aprovechaba la coyuntura para adquirir posesiones en América (Méjico)
Todo el mundo quería la paz y colaborar en ella, desde la oposición alsinista de Buenos Aires hasta Peñaloza y sus hombres de los valles riojanos. Estaba en sus manos curar las heridas de la patria y presidir a su recuperación. Le bastaba retomar las grandes líneas internas y externas de la acción de Rosas, adaptándolas al nuevo orden institucional.

Mientras que la escuadra española bombardeaba Chile, el general Mitre declaró este episodio no nos incumbía de ningún modo, porque estábamos mas cerca de Europa que de América y preparaba la alianza para sacrificar sin piedad a los hermanos paraguayos.
A los pocos meses de asumir Mitre, se produjo la revolución uruguaya, encabezada por Flores, contra el excelente gobierno blanco del presidente Berro. El partido colorado era, como se recordara, el aliado tradicional de los emigrados y del partido unitario, mientras que sus adversarios respondían a la tradición de Oribe. La expedición de Flores se había preparado en Buenos Aires, donde funcionaba incluso en forma pública una oficina de reclutamiento y la auspiciaba con calor la prensa mitrista (Flores había acompañado a Mitre en Pavón).

La opinión federal se inclinó hacia la del gobierno amenazado, al que el general Urquiza desde su feudo ayudó con armas y hombres, aunque sin tomar actitudes públicas que pudiera afrontarlo con el gobierno nacional. Se suceden laboriosas negociaciones, en las que interviene el ministro Elizalde y el enviado brasileño, tendiente a obtener la paz por el sometimiento del gobierno uruguayo a las exigencias del jefe de armas. Flores no tiene, en realidad, fuerzas para triunfar por sí solo. Necesita fuerzas del extranjero. Brasil, por su parte, no puede admitir la ingerencia argentina en el Uruguay. El ejército de Brasil entró sin obstáculos en territorio uruguayo para apoyar a Flores.

La situación interior del Paraguay, flanqueada por vecinos poderosos, con fronteras no determinadas todavía por tratados, le obligaría a realizar una política de fortalecimiento interno y de militarización rigurosa. Era evidente que la república del Paraguay, con su independencia recién reconocida, representaba fuerza considerable en esos momentos y con mayor preparación bélica que la Argentina empobrecida y anarquizada.

El Libre cambio solo convenía a las potencias fuertemente industrializadas en sus relaciones con lo agrícola-ganadero. El libre cambio a la manera de Adam Smith y Cobden, de cuya aplicación había hecho el general Mitre la razón de su vida. A la ruina de nuestras industrias, correspondería la correlativa inundación de nuestros mercados por mercadería extranjera principalmente inglesa, para deleite de los “elegantes” porteños. Era natural que, pasado el primer momento de expectativa, la guerra civil volviera a encenderse en el interior, motivada en el cariz de la nueva política y en las provocaciones de los agentes del gobierno nacional.

Peñaloza se pone en pie de defensa, dispuesto a resistir y empieza la lucha de la “montonera” contra la fuerzas de línea del ejército nacional, es el caudillo indiscutido de casi todos y ya conocemos sus antecedentes y su conducta de guerra, en un rápido contraataque llega hasta Córdoba, apoderándose de la cuidad. Sarmiento se ha erigido en director de la guerra de San Juan y expide órdenes de aniquilamiento y exterminio.

La suerte se le da vuelta al Chacho que ha desesperado al fin de la ayuda de Urquiza. Paunero lo derrota en Las Playas y luego vuelve a ser vencido por el general Arredondo. Se refugia en Olta, donde es buscado y muerto, después de rendido. El general Peñaloza ha sido degollado.

Con el ultimátum del Brasil al gobierno Uruguayo, el mariscal López había vislumbrado cual sería el desarrollo natural del conflicto y empezó a preparase para la guerra, que juzgaba inevitablemente. Inútilmente trato de obtener de Mitre la condenación de los procedimientos brasileños y el cumplimiento, por parte de la Argentina, de las obligaciones del tratado de 1828. Mitre era neutral, Mitre quería la paz, la verdad es que no estábamos preparados para la guerra y las fuerzas que se disponían resultaban apenas suficientes para mantener sujetas a las provincias. La neutralidad de Mitre tenía un doble aspecto: dejar manos libres al Brasil, que acudía en ayuda de Flores, el amigo en común y mantener adormecido a Urquiza, a quien se le había vuelto a despertar tardíamente su antiguo reflejo antibrasileño de buen federal.

LA GUERRA INICUA

La entrada de las tropas brasileñas al Uruguay y la ocupación primero de Melo y después de Paysandú, conmovió toda la región del Rió de la Plata. La secesión uruguaya y paraguaya, la conciencia de la unidad se mantenía muy viva y aún existían, tanto en provincias disidentes como en la Argentina, vastos sectores que consideraban a esa situación como provisoria. Era demasiado reciente el recuerdo de las luchas comunes y la solidaridad militante prevalecía sobre la separación política. El Uruguay no era el extranjero, tampoco lo era el Paraguay. Todo el interior-salvo los núcleos mitristas- simpatizaban por el mariscal López en su apoyo al gobierno de Montevideo amenazado por el Brasil.

El extranjero era el Brasil. La evidencia de la confabulación expresada provocará la consiguiente reacción argentina y que todas las miradas se volvieran hacia el general Urquiza como el candidato para encabezarla. El plan consistía en provocar un levantamiento nacional encabezado por el caudillo de Entre Ríos, para aislar a Buenos Aires y apoyar, aliados a López, la resistencia del gobierno uruguayo contra el Imperio.

Es evidente que Urquiza dejó hacer y se mantuvo en permanente comunicación con el dictador del Paraguay. El gobierno del Paraguay no pudo soportar el empuje de la acción conjunta del general Flores y sus aliados brasileños. Después de una sangrienta resistencia, el presidente Aguirre debió renunciar, para ser reemplazado por Villalba al solo objeto de firmar la capitulación.

El mariscal López, por su parte, había declarado pocos días antes la guerra al Imperio. Los compromisos del presidente argentino con el de Brasil eran demasiados visibles para que pudiese el dictador paraguayo llamarse al engaño. Fue por ello que se empeño en obtener declaraciones categóricas sobre la conducta que asumiría en el futuro, con la intención de forzar al mismo tiempo el levantamiento argentino que esperaba. Pidió permiso al gobierno argentino para trasladar sus tropas por una faja de nuestro territorio y Mitre lo niega alegando que rompería su condición de neutralidad y que el caso no podía compararse al transito “por agua” permitido al Brasil. Mitre consistía en equiparar la situación del Brasil con la de Paraguay, como si se tratase de dos países extranjeros.

En equiparar la hermana separada, unida a nosotros por la sangre, el idioma y la historia común y cuyos actos no podrían ofendernos nunca, como el antiguo y permanente enemigo.

Se produjo la declaración de guerra de López a la Argentina por su conducta inamistosa, la captura de barcos frente a Corrientes y la invasión de esta provincia por fuerzas paraguayas.  Si ha de juzgarse esta acción por los resultados, fue evidentemente un error del mariscal López, esta invasión tendía a buscar contacto con sus presuntos aliados en la guerra contra Buenos Aires. Lejos de obtener esos
resultados, obtuvo precisamente los opuestos. Lo que tenía esa invasión de agresión gratuita provocó los naturales reflejos defensivos, aun en los que simpatizaban por su causa, poniéndolo en un brete a Urquiza que le había preparado Mitre. El caudillo debió viajar a Buenos Aires a hacer protestas de indignación y promesas de lealtad lo suficientes intensas como para borrar sus manejos anteriores.

Allí asistió como testigo entorchado y complaciente a la firma del tratado de la tripe Alianza.

El tratado de la Tripe Alianza certificaba la ruina del Paraguay. (Brasil, Argentina y Uruguay). La guerra seguía siendo impopular, a causa de la alianza brasileña. En la misma Buenos Aires se había levantado una violenta oposición. El desprestigio de Mitre cundía vertiginosamente. Cuando se trató de renovar la legislatura triunfaron sus adversarios, dándole la gobernación de Buenos Aires a Adolfo Alsina, jefe del “autonomismo”. No obstante la disparidad de fuerzas, la guerra se prolongaba de manera sangrienta, por la tenaz resistencia paraguaya. Un ataque de los paraguayos, en Tuyutí fue para ellos un sangriento revés en el que perdieron 13.000 y 3.400 los aliados. En los primeros días de septiembre cayó en manos de los aliados la posición de Curuzú-cuatiá. Sintiéndose perdido, el mariscal López, se inclinó a capitular y provocó la entrevista de Itaití Corá con el general Mitre.

Ya que la guerra era en contra de su persona, ofrecía su retiro del mando a cambio de la salvación de su pueblo. Mitre no lo consintió, exigiendo el cumplimiento de los objetivos del tratado de la Alianza que implicaba la sujeción y la desmembración del Paraguay, coso que solo favorecía al Brasil, esta negativa condenaba a los paraguayos a la resistencia desesperada.

A los pocos días se produjo el sangriento ataque a la fortaleza de Curupaití, ordenado por el general Mitre, en el que las fuerzas aliadas fueron rechazadas por las paraguayas perdiendo 9000 hombres. Con la noticia de este desastre, se hizo más violenta la oposición de la guerra en Buenos Aires. Juan Bautista Alberdi, que iniciaba su cambio de frente ante la evidencia de los resultados que había servido y que se encontraba en relaciones de respetuosa amistad con el Restaurador desterrado.

Se conflagraba nuevamente el interior. El general Saa vuelve de su destierro en Chile y el coronel Felipe Varela, antiguo jefe de Urquiza, asume la sucesión del Chacho. Mitre debió volver a Buenos Aires después de Curupaití, llamado por la situación interna. La insurrección del interior, cuyo caudillo principal era el coronel Varela, debía sucumbir por la inferioridad del armamento-lanzas y chuzos- frente a las fuerzas equipadas a la moderna y bien armada de Paunero, Arredondo y los Taboada.

La presidencia de Mitre llegaba a su fin en cuadro de desastre total. La guerra del Paraguay seguía en pie, sin perspectivas de solución próxima, y el interior en estado de rebelión, con estallidos esporádicos. La ciudad de Buenos Aires sufría una epidemia de cólera, que se atribuía a la infección de las aguas por los cadáveres arrojados a los ríos Paraguay y Paraná.

El gobernador Alsina de Buenos Aires entró en tratos con Urquiza para combinar una fórmula. Si se recuerda que Alsina había figurado entre los más violentos enemigos del caudillo entrerriano y que la antipatía era recíproca, se advierte que cualquiera estaba dispuesto aliarse con el diablo mismo para impedir la prolongación del régimen mitrista.
Mitre puso en guardia a los liberales contra la candidatura “reaccionaria” de Urquiza. Lucio Mansilla, levantó la candidatura de Sarmiento y en el segundo termino iría el hombre fuerte de Buenos Aires y jefe del “autonomismo”, don Adolfo Alsina.

SARMIENTO O LA MEDIATIZACION ESPIRITUAL.

Después de la gobernación de San Juan (a la que renuncio en 1866 alarmado por el resurgimiento de la “montonera”), Sarmiento había sido nombrado plenipotenciario en Washington. La presidencia de Mitre había enconado las resistencias provincianas contra Buenos Aires hasta el punto de hacer imposible una nueva presidencia porteña por el espacio de una generación. Aunque Sarmiento se jactó siempre de la legitimidad de su elección, por haberse producido contra la voluntad del presidente, la verdad es que este triunfo de debió a la acción de los gobernadores, presionados por las fuerzas de su partido militar.

El general Arredondo debió volcar dos situaciones de provincias para obtener los votos necesarios. Los decisivos de Buenos Aires pertenecían por derecho propio al caudillo “autonomista”.

Al pretender transformarnos en un calco de los Estados Unidos, nos llevaba a hacer precisamente lo contrario de lo que hacían lo hacían los yanquis, cuya fuerza se basaba ante todo en la estricta fidelidad a su tradición propia. ( es decir una política similar a la que tuvo la Confederación  en la época Rosista). Lo que se sabe es que la elección de Sarmiento se celebró con un banquete en el templo masónico de la calle Cangallo, al que asistió también Mitre.

El viejo partido federal había quedado por entonces destruido en casi todo el interior, por la dura represión consiguiente a la guerra civil perdida. El partido autonomista porteño, el de los “crudos” encabezado por Adolfo Alsina, era el que a la sazón agrupaba el aporte mayor y más entusiasta de opinión política. Este había logrado la adhesión de gran parte del antiguo partido federal rosista (se caracterizaba el
Autonomismo por la resistencia a la política extranjerizante de la facción mitrista)

La guerra del Paraguay se hallaba sin liquidar todavía, porque su heroico pueblo seguía defendiéndose desesperadamente después de vencido, la guerra “contra un hombre” se había convertido en el exterminio de un pueblo. La última gran batalla fue el Lomas Valentinas, que duro seis días y que iniciada por los paraguayos con 13.000, terminó con 1.200 que se rindieron en Angostura. Tomada Asunción, la guerra de exterminio seguiría un año más todavía, hasta la derrota y la muerte del mariscal López, el 1 de Marzo de 1870. ¿Cuál era el resultado de la guerra? El Imperio se había instalado en el Paraguay y le dictaba la ley con su ejército de ocupación ante la pasividad obligada de las escasas fuerzas argentinas.

Se había formado un gobierno provisorio con la única misión de acceder a las exigencias del invasor, que veía la oportunidad de resolver de una vez por todas las aspiraciones territoriales. El ministro Mariano Varela, lanzó la famosa frase la “victoria no da derechos”, esgrimida en contra de Brasil, este sin adoptarla, interpretó como una renuncia argentina a los que pudieran corresponderle.
Urquiza se hallaba completamente entregado, Sarmiento lo visitó a principios del año 1870 en su provincia y había vuelto convencido de su fidelidad.

El federalismo no había muerto en el litoral, sino que se hallaba amordazado por la traición de su jefe supremo. El 11 de abril de 1870 estalló una revolución en Entre Ríos, de la cual fue muerto Urquiza en su palacio de San José, al resistirse a la partida que había ido a prenderlo. La legislatura de la Provincia nombró legalmente como gobernador a Ricardo López Jordán, jefe del movimiento. No era un hombre vulgar ni un político de aventura, sino un soldado de calidad y patriota. Entre Ríos se hallaba en perfecto orden después del episodio y con sus autoridades legales constituidas.

Sarmiento temió la propagación de la revolución federal por toda la República y se decidió por la intervención armada de Entre Ríos.
Al tener noticias del exterminio del pueblo paraguayo por los ejércitos de la Tripe alianza, cito “es providencial que un tirano haya de morir todo ese pueblo guaraní. Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana”. Mitre ya había expresado, que el “capital ingles” era “el motor del progreso”. Su continuador se empeñaría en que recayeran en dicho capital todas las concesiones, no obstante que optaran a ellas también empresarios argentinos. No solo se concedió a empresas británicas la construcción y explotación de los 1.331 Km. de líneas férreas que se construyeron bajo su presidencia, sino que se las ayudó incluso con dinero oficial, aparte de otras franquicias.
La represión sangrienta de la revolución jordanista en Entre Ríos respondería a mismo espíritu. El hombre que había aconsejado “no ahorrar sangre de gauchos”, no podía tolerar ese brote de libertad en la tierra que dominaba y se propuso extirparlo implacablemente. No le sería fácil, por cierto. Entre Ríos se reunió detrás de su caudillo y se defendió en una larga lucha y encarnizada, invadido por el norte y el sur. Al fin la revolución fue derrotada en Ñaembé, Corrientes, el 26 de enero de 1871, por fuerzas al mando del gobernador de esa provincia y el comandante Julio A. Roca. Refugiado en el Brasil, López Jordán realizaría mas tarde dos nuevas tentativas infructuosas.

Los brasileños ocupaban con sus fuerzas el Paraguay y dictaban allí la ley. Sólidamente instaladas en su posición, habían firmado en enero de 1872 la paz por separado con el gobierno de Paraguay, hechura suya, violando lo pactado en el tratado de alianza y a la sazón se hallaban empeñados en una política consistente en apoyar al Paraguay contra la Argentina y en obstaculizar el cumplimiento de los tratados en cuanto nos favorecían, o sea en la posesión del Chaco y de Misiones. Una primera misión fracasó, por la intransigencia brasileños-paraguaya,  por lo cual se decidió enviar al autor de la alianza, al propio general Mitre. Las negociaciones habían llegado a un punto de tensión que hacia pensar en la inminencia de la guerra con el Brasil. La cual se generó por la mención de Tejedor (previo a la negociación de Mitre)  de la batalla de Ituzaingó  y alegó que lo había hecho porque el ministro brasileño había mencionado a Caseros, lo que demuestra que Caseros se sentía como una derrota nacional.  En el interín, Sarmiento hacía lo que tenía que hacer, lo que se hallaba postergado por la confianza de su antecesor en la buena fe brasileña: armarse precipitadamente para lograr la pariedad naval.

La misión de Mitre no llegó a ningún resultado positivo, si bien quedó en pie un planteo transaccional, por el cual se admitió por ambas partes la línea del Pilcomayo como limite argentino en el Chaco, difiriéndose todo el resto, inclusive Villa Occidental, al arbitraje del presidente norteamericano.
Por el encadenamiento de circunstancias desdichadas, sobrevenía en momentos en que el partido de la independencia había sido derrotado por el partido europeísta y colonial, por los descendientes espirituales del directorialismo  monarquista, aliado al Brasil, y de los unitarios rivadavianos, por los emigrados enfeudados con el extranjero.

CONFIGURACION DE LA REPUBLICA LIBERAL

Bajo las presidencias de Mitre y Sarmiento surge, de entre las ruinas de la vieja Confederación, la Republica Argentina actual, que adquiriría su fisonomía definitiva con la capitalización de Buenos Aires, en la presidencia siguiente. En los veinte años trascurridos desde Caseros hasta el final de la presidencia de Sarmiento, apenas si ha cesado la guerra civil en todo el territorio, a la que se ha agregado una guerra fronteriza, la del Paraguay, larga y sangrienta, aparte de la permanente del indio.

El desprecio por lo nacional se fundaba en el repudio de la tradición que había dado origen. La “leyenda negra” antiespañola, de origen protestante y masónico, difundida por los hombres de la Independencia con fines polémicos, seguía integrando el ideario histórico de la generación organizadora. Para los vencedores de Caseros, la civilización consistía esencialmente en las formas constitucionales y el comercio libre.
Es necesario que nos pongamos en guardia contra la tentación de sacar conclusiones morales aventuradas contra los hombres que bien o mal, empeñaron su vida en la lucha por el progreso de la nación, tal como ellos lo concebían. No hubo en todo esto traición consciente.

La instauración del comercio libre es explicable también, mortal para el interior, era beneficioso para el puerto de Buenos Aires o mejor dicho, a partir de la “libre navegación” de los ríos, para el litoral ganadero. El resultado significaba el triunfo de Buenos Aires sobre el interior, en el dilema que la especial configuración del país planteaba y cuya solución justa solo había impuesto Rosas, o sea –traducido al lenguaje de los triunfadores- de la “civilización” sobre la “barbarie”.

¿Cómo pudo ocurrir ese fenómeno de la conquista de todo el país por una minoría audaz e impopular, aun en el mismo Buenos Aires? En primer termino por la destrucción de la única fuerza que podía oponérsele, que era el partido federal. Que no estaba solo derrocado, sino también que había traicionado por Urquiza, cuya adhesión en Caseros tomó como bandera los principios de sus adversarios.
Naturalmente, el espíritu nacional no se entregaría sin lucha. Una violenta oposición se levantó en todo el país, que señalaba los males del régimen y la entrega de la nación a intereses extraños. La verdadera “elite” intelectual a que le tocaría, en esta época desgraciada, defender la inteligencia y el honor nacional estaba constituido por jóvenes de diversos orígenes políticos, aunque la mayor parte de la cepa federal.

Todos ellos se opusieron a la guerra del Paraguay y a la brutal intervención militar a las provincias del interior y sus campañas periodísticas les acarrearían prisioneros y destierros. Fueron entre otros, Vicente G, Quesada, Carlos Guido y Spano, Miguel Navarro Viola, José Hernández y Olegario V. Andrade. Solamente en la intimidad de los hogares se atrevían los federales fieles a recordar las gloriosas pasadas y a manifestar que ciertas cosas que estaban ocurriendo no habrían sido posibles en tiempos de “don Juan Manuel”.

La causante de nuestra desgracia fueron escritores – algunos de real talento, como Sarmiento, Alberdi y López, y otros de mediano talento compensado con una tremenda laboriosidad, como Mitre: es decir, gente capaz de defender sus principios con elocuencia y adornarlos con una mitología seductora. La verdad es que los escritores, al actuar en política, suelen degenerar en ideólogos apartados de la realidad, a la que pretenden aplicar la exageración de sus principios, la cual resulta funesto cuando esos principios son radicalmente falsos.

No se apartaron de esa regla Sarmiento y Mitre.
La oposición se agruparía políticamente en las filas del partido autonomista, fundado por Adolfo Alsina. (opositores al mitrismo, se impregnó de vivencias federales que lo llevarían a reaccionar, en cada caso, en forma contradictoria con aquel verdadero sucesor del espíritu rivadaviano y unitario). En su seno se caracterizaba un ala de cepa netamente federal y popular que proponía reformas concretas como “promover las industrias, el sufragio popular. Esta ala, núcleo del futuro radicalismo, tenía como caudillo al joven Leandro N. Alem.

El carácter esencialmente “porteño” del partido de Alsina le impidió, no obstante, oponerse con eficacia al proceso que caracterizó a las presidencias de Mitre y Sarmiento y que consistió esencialmente en el sometimiento del interior a los intereses de Buenos Aires, en nombre de la civilización. La derrota del interior trae aparejados sometimiento y su ruina. Provincias ricas se convierten en provincias miserables y las que conservan su riqueza industrial deben pagarla con sumisión política. Muere el espíritu federalista. Sarmiento ha dicho que la civilización se cifra en estos términos: población, comercio, riqueza (los elementos espirituales no cuentan, al parecer). La mentalidad del país ha de conformarse muy pronto a los intereses de su clase dominante, constituida alrededor del connubio de las Sociedad Rural con el comercio Británico de importaciones y exportaciones, cuyo dominio se simbolizaba en las líneas del ferrocarril inglés.

Se borra la enseñanza de la historia todo recuerdo de guerras externas, salvo la de la Independencia y en cuanto a las invasiones inglesas, se deja bien sentado que Inglaterra nos ha hecho el servicio de enviarnos libertad, así como había tratado de liberarnos por segunda vez combatiendo a Rosas. ¿Y el Brasil? Solo se merece nuestra gratitud por habernos ayudado desinteresadamente a derrocar al “tirano” en Caseros.
Con las vacas criollas y el comercio ingles todos nuestros problemas estaban resueltos.

AVELLANEDA – LA CRISIS ECONOMICA Y LA CAMPAÑA DEL DESIERTO.

Los últimos años de la presidencia de Sarmiento fueron bastantes agitados por el problema de la sucesión presidencial, por los comienzos de la crisis económica que alcanzaría su cima en la presidencia siguiente y por una nueva sublevación de López Jordán en Entre Ríos, que duró de mayo a diciembre de 1873, que terminó con la derrota del caudillo, debido a la inferioridad de su armamento.

Dos candidaturas serias se perfilaban para la futura presidencia, en las personas de los jefes de los partidos actuante después de la ruina del partido federal, la de Mitre y la de Alsina. Ninguno de los dos alcanzaba, sin embargo, fuerzas suficientes para triunfar. La mayor parte de las provincias los remitían a ambos sobre todo por ser porteños. Alsina se inclinaba a favorecer las aspiraciones de su ministro de Instrucción Publica, doctor Nicolás Avellaneda, cuya candidatura se lanzó primero en Tucumán (su provincia natal) y encontró rápido auspicio en gran parte de los gobiernos del interior. Alsina retiró su candidatura y decidió apoyarlo, mediante un pacto que aseguraba el segundo término de la fórmula para el doctor Mariano Acosta. Una nueva candidatura había surgido y muerto entretanto: la del doctor Manuel Quintana, auspiciada por un núcleo mitrista.
Muy joven para la alta responsabilidad a que se lo llamaba – tenia apenas 36 años- el doctor Avellaneda había actuado en el periodismo y ocupado una banca en la legislatura provincial, incorporándose a la fracción autonomista. Alsina lo había hecho su ministro de Gobierno. Avellaneda no era otra cosa que el mitrismo masónico y extranjerizante, representaba cierta persistencia de tradicionalismo provinciano y católico, si bien tenido de romanticismo chateubriandeco.

Las elecciones se realizaron el 14 de abril de 1874. Mitre ganó en Buenos Aires (hubo acusaciones de fraude), Santiago del Estero y San Juan. Avellaneda en los 11 distritos restantes, con lo cual la fórmula que encabezó logró, 145 votos contra 79 de su adversario. El general Mitre decidió apelar a las armas. Devolvió al gobierno sus despachos de general y se embarcó para la Banda Oriental, desde donde lanzo una proclama “a los pueblos” incitándolos a la revuelta. La revolución fue un fracaso, donde Mitre desembarcó en las cercanías del Tuyu, donde junto 9000 hombres. El 27 de noviembre una columna gubernista de 900 hombres (diez veces menos) lo derrota, obligándolo a que se entregase prisionero, en Junín, cinco días más tarde. El general Arredondo, que había llegado a posesionarse en Córdoba fue derrotado por el coronel Roca, debido a este triunfo es ascendido a general. Mientras tanto Avellaneda se había hecho cargo del mando el 12 de octubre de 1874. En el primer ministerio que formó por personalidades del doctor Alsina, el doctor don Bernardo de Irigoyen, antiguo federal y encargado por Rosas de delicadas misiones en el interior. Este afrontó personalmente las negociaciones con el Paraguay y llegó a un acuerdo por el cual ambas partes aceptaban el límite del Pilcomayo y se comprometían a someter la región litigiosa del Chaco al fallo del presidente norteamericano.

Dado el estado de la opinión pública internacional con respecto a la guerra inicua era de prever que el fallo nos sería adverso, como efectivamente ocurrió.
La crisis económica se pronunciaba a principios del 74, arreciaría en el año siguiente. El país había sufrido desde Caseros una permanente sangría y una pronunciada descapitalización, por la monocultura y la desaparición de sus industrias propias. Reducidos a vender barato y comprar caro, nuestro trabajo se capitalizaba en Europa, en las arcas de nuestros amos. Bastaba que estos simplemente no nos compraran o nos compraran menos, para librarnos al hambre y a la desesperación. Se habían contraído empréstitos en Londres que se habían empleado para nuestro ejército del Paraguay y para aplastar la rebelión interna. Gran parte de nuestra riqueza era drenada anualmente al extranjero para amortizar e intereses de esa deuda. Todo esto hacía sumas tan altas que generalmente había que recurrir nuevamente al crédito cuando los vencimientos se acumulaban. Ante esta situación se presentaban dos situaciones política, una era la que contemplase ante todo el interés nacional,  (consistía en la moratoria, la suspensión de pagos, el cierre de la importaciones y la reconstrucción interna de la industria propia) es decir volver a la casi autarquía. O  la otra que se adoptó: el mantenimiento del “crédito”, el pago de la deuda externa, “ahorrando sobre el hambre y la sed de los argentinos” en beneficio de capitalistas británicos. La crisis tendría alguna consecuencia inesperada. La necesidad de restringir las compras en el interior obró como una medida proteccionista, que dio la oportunidad de mostrar sus posibilidades.

Se establecieron multitud de industrias (calzado, muebles, vinos, paños).
La influencia intelectual de la generación organizadora había calado muy hondo, Avellaneda creía de buena fe que el “capital extranjero” (no el trabajo argentino) era “el propulsor de nuestro progreso”.
El partido mitrista, o nacionalista, se mantenía en la abstención electoral y los rumores conspiratorios, sin que hubiese bastado para desarmarlo la amnistía que, en 1875, decretó Avellaneda para los culpables del levantamiento de setiembre. Se produjo a fines de 1876 el tercer y último intento revolucionario del general López Jordán en Entre Ríos. La situación con Chile, que agitaba sus aspiraciones sobre la Patagonia, ya se había establecido en Punta Arenas, sobre el estrecho. Todo esto repercutía en las filas del autonomismo, donde ya había diferentes sectores. Desde hace tiempo atrás se había pronunciado en su seno una definida tendencia popular, cuyo disentimiento con el gobierno se acentuó a raíz de su política frente a la crisis.

Esta fracción, cuyos jefes visibles eran el doctor Aristóbulo del Valle y el doctor don Leandro Alem, propiciaban el establecimiento del régimen municipal en la campaña y un sistema de garantías para sus habitantes, la anulación de los aumentos de tarifas que imponía el capital ferroviario inglés en detrimento del interés de los pobladores.
La abstención del partido nacionalista significaba un serio problema para el gobierno nacional y un peligro para las aspiraciones presidenciales del doctor Alsina, cuyo propio partido parecía dividirse en tendencias difíciles de soldar. Para evitar la amenaza permanente de una revuelta armada y lograr una solución pacífica al problema político, el caudillo autonomista ideó un acuerdo de acuerdo con el presidente y el gobernador una solución conciliatoria, sobre la base de la entrega al mitrismo la situación provincial. Esto implicaba la vuelta del partido abstinente a la vida política. Alsina se aseguraba la presidencia futura. La “conciliación” no fue aceptada por el ala popular del autonomismo, que acusó a Alsina de sacrificar a sus amigos y sus principios a sus intereses personales. La elección provincial se realizó el 2 de diciembre y en ella salieron triunfantes la fórmula mitrista Carlos Tejedor- José María Moreno que ganó holgadamente contra la formula del autonomismo representada por Aristóbulo del Valle y Leandro Alem.

Aparte de la pacificación política, la preocupación permanente de Alsina había sido el problema del indio. Este había dejado de ser nacional para convertirse en internacional por las aspiraciones chilenas a la Patagonia, que en gran parte se fundaban en nuestra falta de posesión efectiva sobre esos territorios: tierras desiertas, en realidad, salvo las tolderías de los indios errantes, tierra de nadie. La mera declaración de los derechos y la división administrativa en el papel se contrarrestaba por la permanente intromisión chilena allí, por la inscripción de los habitantes patagónicos como miembros de esa nacionalidad y por la relación de comercio con esas tribus, quienes negociaban en Chile el fruto de sus depredaciones en nuestra frontera. El plan de Alsina consistía en un adelantamiento progresivo de la frontera y en el establecimiento de un sistema defensivo constituido por zanjones profundos. El puso personalmente en campaña y dirigió la guerra represiva contra las tribus, que se prolongó los años 76 y 77. No concluiría su obra, una nefritis aguda lo atacó y dio cuenta de él en pocos días. Murió el 19 de diciembre de 1877, a los 49 años de edad. Su muerte mataba también la conciliación, implicaba la quiebra del pacto por falta de materia pactable y el libre curso para todas las aspiraciones postergadas.

Avellaneda nombró enseguida para sucederlo en el ministerio al general don Julio A. Roca, que había sido colaborador  en la gestión de Alsina. El general Roca se puso con empeño a su tarea, que le daba la ocasión de ganar poder y prestigio. Consistía esencialmente en reproducir el plan de Rosas y arrebatarle a los salvajes de una vez por todas, los territorios del sud. A los tres meses de ocupar el ministerio salió a campaña con 6.000 soldados. En pocos meses dio fin a la obra, destruyendo todas las tolderías hasta Rió Negro, lo que constituía la primera parte del plan. Los indios constituyan una pieza importante del juego chileno, al que obedecían gran parte de sus movimientos. Cualquier campaña a fondo contra los indios entrañaba el riesgo permanente de un conflicto internacional, para el que había que estar preparado y la preparación militar de Chile era en ese tiempo superior a la nuestra. El general Roca tuvo el merito de elegir el momento adecuado para obrar, cuando la nación transandina tenía sus fuerzas comprometidas en la guerra contra el Perú. El éxito de la campaña del desierto entrañaba asimismo un triunfo estratégico sobre Chile

LA MUERTE DE BUENOS AIRES

El problema de la renovación presidencial al término de la administración de Avellaneda se presentaba sobremanera confuso. Dos candidaturas se perfilaron desde el comienzo: la del gobernador de Buenos Aires, doctor Tejedor, y la del general Roca, ministro de guerra. Este último se presentaba aureolado de sus frescos laureles de “conquistador del desierto” y si bien carecía de partido propio, trabajaba en su favor la idea, que fue paulatinamente difundiéndose en los círculos políticos, de que gozaba del auspicio presidencial.

La muerte de Alsina y el peligro de una resurrección mitrista por vía de la política de “conciliación” los había hecho pensar a los autonomistas, desde el año 1878, en la necesidad de unificar el autonomismo con proyecciones nacionales. Promovieron por siguiente, un movimiento en este sentido, que se concretó en la formación de un comité de todas las tendencias, encabezado por Sarmiento integrado por otros como Luis y Roque Sáenz Peña, Alem, del Valle, Hipólito Irigoyen y Adolfo Saldáis. ¿Qué era la “liga de los gobernadores”? No era otra cosa que la consecuencia natural de la depresión provinciana a raíz del aplastamiento del federalismo después de Pavón.

Privadas de sus jefes naturales y abatidos en su orgullo local, las provincias se habían convencido de que la única garantía de subsistencia de sus gobiernos consistía en el sometimiento incondicional a las indicaciones del presidente de la República, de quien los gobernadores eran cada vez más meros agentes.

La circunstancia de ser Roca un provinciano era asimismo la que estimulaba la resistencia de Buenos Aires contra su candidatura. El gobernador Tejedor-unitario de líneas rivadaviana y terceramente terco y voluntarios- había levantado la bandera del más empinado localismo. Desde abril de 1870, el diario del general Mitre empezó a denunciar a la “liga de gobernadores” que pretendía implantar la candidatura del general Roca.  El mismo día que se proclamaba la formula Tejedor-Laspiur (ministro mitrista de Avellaneda). Los mitristas hacían una revolución en Corrientes e intentaba conmover a los elementos jordinistas en Entre Ríos. El mismo día que se pronunciaba la fórmula, un grupo de hombres expectables de Buenos Aires, pertenecientes al autonomismo, le rendían un homenaje público al general Roca por su expedición al desierto y fundaba un comité para propiciar su candidatura.

Avellaneda mantenía la ficción de la imparcialidad. El peligro que cundiese el ejemplo de Corrientes y se formase una liga de gobernadores litorales opuestos a la oficialista, hizo que los partidarios de Roca provocaran la renuncia de Laspiur, que fue seguida por la de los otros mitristas. La conciliación quedaba así liquidada. Avellaneda nombró en el ministerio del Interior a Sarmiento. Surgía una nueva candidatura, además de la Sarmiento: la del doctor don Bernardo de Irigoyen y presidido por Luis Sáenz Peña.

Las elecciones del 11 de abril de 1880 se realizaron en una atmósfera densa de presagios siniestros y en pleno clima de guerra civil. El roquismo no acudió a los comicios en la capital, cuyo escrutinio dio 5.907 votos a la formula Tejedor-Laspiur y gano también en Corrientes y  Roca en el resto de la República, lo que le otorgaba una amplia mayoría. El gobernador de Buenos Aires desde el principio se vio la decisión de no aceptar el resultado de los comicios, lo que hizo que se produjeran las gestiones conciliatorias para llegar a una transacción. El que se había declarado campeón del la intransigencia ofrecía ahora retirar su candidatura derrotada, siempre que el general Roca renunciara a la suya victoria. Se realizaban concentraciones que reunió 30.000 personas, encabezadas por Mitre, Sarmiento. Frustrada una ultima tentativa del tejedorismo para presionar al Congreso Nacional en el sentido de anular las elecciones de varias provincias en que había triunfado el roquismo así como la presión moral para forzar la renuncia del general Roca, la provincia se dispuso a combatir.

Avellaneda lanzo una proclama en la que estaba dispuesto a mover las fuerzas de la nación sobre la provincia rebelde. Tejedor respondió con otra en la que afirmaba su decisión de defender la autonomía provincial. La ciudad quedó pronto sitiada por las tropas nacionales. Avellaneda se estableció en el municipio de Belgrano, erigida capital provisoria de la República, donde pronto se reunió parte del congreso y la suprema corte. Allí de decidió intervenir la provincia. La situación era insostenible para Buenos Aires, por la disparidad de fuerzas que hacia segura su derrota. Su opinión ciudadana se hallaba dividida y en su mayor parte era contraria al gobierno local, salvo un puñado de exaltados, todo el mundo quería la paz. Tejedor lo llamó a Mitre para encomendarle “la dirección de la guerra”, pero en realidad para hacerlo arbitro de la situación y se dirigió de allí a Belgrano a parlamentar con el presidente. Las condiciones que impuso Avellaneda para la capitulación fueron sobremanera benignas, Consistía simplemente en la deposición de las armas y en la renuncia de Tejedor a favor del vicegobernador Moreno. El partido triunfante con Roca aceptó, como era natural esa solución intermedia, que dejaba el gobierno provincial en manos de la “conciliación”, autora de tantos desastres, es decir del mitrismo. Avellaneda que permanecía todavía en Belgrano envió el proyecto a las cámaras que declaraba al municipio de Buenos Aires capital definitiva de la República, de acuerdo con el precepto constitucional y fue resuelta por gran mayoría.

ROCA Y LA CONSOLIDACIÓN DEL REGIMEN

Avellaneda transmitió el mando al general Roca el 12 de Octubre de 1880. El presidente cesante había encarado por lo pronto y resuelto exitosamente dos problemas fundamentales: el del indio y el de la capital. La restricción de compras en el exterior obró como una medida proteccionista y ayudó al establecimiento de industrias locales.
Roca poseía una fina inteligencia y apreciables dotes de mando, pero nada fuera de lo común y que no compartiera con gran parte de los hombres de su generación. La muerte de Alsina le entregó servidas la expedición al Desierto y la presidencia de la República.

Los países europeos, encabezados por Inglaterra, Francia y Alemania, iniciaban la última etapa de su desarrollo industrial y manifestaban un especial interés en nuestro país como proveedor de materias primas alimenticias y campo de inversión de sus excedentes. La necesidad de promover nuestras industrias era una cuestión de rigurosa actualidad entonces y expresada como un anhelo, según vimos, en el programa del Partido Autonomista, que era el partido nacional. No la tuvo el general Roca, como no la tuvo el grupo de gozadores escépticos que integró su círculo de consejeros íntimos. En vez de ser el libertador de su patria, seria su entregador y su corruptor. Dos problemas pendientes: terminación de la conquista del desierto y el otro el conflicto con Chile.

El crecimiento país (extender líneas ferroviarias, puertos, diques, puentes, caminos) imponía la necesidad de capital y brazos. Los brazos eran provistos por la inmigración europea y los capitales se ofrecían el mercado internacional. No se hizo así, sino el contrario, lo que debió servir para engrandecernos se convertiría en una máquina de succionar nuestras energías útiles en provecho del extranjero. Se desarrolla la obra del roquismo, caracterizada por el vértigo de las concesiones al extranjero (las líneas ferroviarias-solo se las otorgan a los ingleses-, se venden tierras públicas a un precio regalado. En ella se va modelando la fisonomía de la oligarquía gobernante. La deforman en primer término los grandes estancieros, que han plegado su gremio al propio general Roca y se agrupan en la Sociedad Rural y los ingleses que controlan el comercio de exportación y sus abogados, pertenecientes casi sin excepción a la clase agropecuaria.

La ciudad de Buenos Aires dejaba de ser la “gran aldea” para convertirse en una urbe internacional semejante a Paris, empezaban a levantarse los palacios del barrio norte.
Era natural que la difusión de ese espíritu materialista se empeñara  de un a consiguiente depresión del civismo y que el país empezara a perder su orientación y el sentido del destino. Aristóbulo de Valle empezó a combatir las concesiones escandalosas al capitalismo extranjero, que encubrían turbios negociados. El unicato roquista significó la desnaturalización de la tradición y los propósitos del viejo autonomismo en lo que tenían de nacional y su entrega con armas y bagajes al adversario.

A la oposición ya mencionada se agravaría pronto la de los católicos, promovió el voto de varias leyes que significaban una a disminución de la función de la Iglesia en la vida social. Los católicos se organizaban como fuerza política autónoma que tendría sensible influencia en los sucesos futuros. Lo que había en la acción oficial de imprevisión con respecto al futuro y de profunda corrupción moral se disimulaba, se eclipsaba ante el hecho visible del progreso material, que era un vértigo y una alucinación. El roquismo triunfante había logrado imponer poco a poco la idea de que los tiempos no eran ya de política, sino de trabajo y prosperidad, que quienes pensaban en cambios políticos y no en la riqueza eran seres anacrónicos y risibles.

“El general Roca ha suprimido a los indios en el desierto y a los ciudadanos en las ciudades”, afirmo el ex –presidente Avellaneda, sorprendido y desengañado. También Sarmiento y Mitre elevarían su protesta ante la forma desaprensiva.
Cuando llegó el momento de decidir la sucesión presidencial tres candidaturas surgieron: la del doctor Dardo Rocha, sostenido por Buenos Aires, la del doctor don Bernardo de Irigoyen y la del doctor don Miguel Juárez Celman, ex gobernador de Córdoba. La “liga de gobernadores” votaría en masa por el  concuñado, dándole un fácil triunfo. Doce provincias y la capital eligieron al candidato que justamente carecía de antecedentes y de volumen nacional para ocupar la primera magistratura. La “liga” era un mecanismo infalible.

EL “JUARIZMO” Y LA REVOLUCION DEL 90

Prototipo de atildada mediocridad, el doctor Juárez Celman era no obstante lo suficiente avisado como para advertir, desde el comienzo, que la simple posesión de la investidura presidencial le otorgaba un poder casi ilimitado, por el mero funcionamiento del mecanismo por Roca. No le resultó difícil unir en sus manos todos los hilos y constituir en poco tiempo un “juarismo” tan efusivo y tan incondicional como el “roquismo” del que provenía. El progreso era un hecho, el capital extranjero, en incesante oferta, estaba allí para ayudarnos.

No dejó de hacerlo el nuevo gobierno, que siguió en la provechosa huella de empréstitos y concesiones marcada por su antecesor. No se descuidaba entre tanto la política. El gobierno de Juárez había dejado un tendal de agradecidos. Los bancos oficiales estaban al servicio de los buenos amigos de causa y en el despacho de los ministros se deslizaba el dato que proporcionaba la ganancia segura. La prosperidad ficticia a base de emisiones, empréstitos y obras públicas siguió durante lo dos primeros año de la administración de Juárez, sin que bastara a llamar la atención de los frívolos elencos de gobernantes el saldo desfavorable de la balanza comercial. En Junio de 1888 se produjo un crack de Bolsa, con quiebras y el pánico consiguiente: fue el primer anuncio de lo que se avecinaba. El lujo y los gastos improductivos se habían multiplicado. Todavía se descontaba el porvenir por millones de millones. Se había perdido la noción del valor del dinero.

La catástrofe comenzaría como ocurre siempre, por la restricción de los créditos de los bancos particulares alarmados, a los que seguirían los Bancos oficiales, con lo cual se detendría el movimiento de los negocios y empezarían los cracs particulares en cadena.

La iniciación del año 90 encontró al país en estado de quiebra y de liquidación  forzosa y con la revolución en las calles. El espíritu cívico no había muerto, si bien se hallaba sofocado bajo la especulación y la novedad. El principal vocero de esa oposición fue en el Senado el doctor Aristóbulo del Valle, quien a comienzos del 88 había denunciado públicamente las emisiones ilegales. Durante el año 1889, las reuniones políticas tenían por objetivo de aunar los grupos dispersos, en tarea estaba desempeñada por el antiguo líder de la rama popular del autonomismo, el doctor Leandro Alem. El 1 de septiembre se invitó a una asamblea en la que hablaron Montes de Oca, del Valle, Alem, don Bernardo y otros, se declaró allí fundada la “Unión Cívica de la Juventud” cuyos propósitos consistía las libertades públicas, el ejercicio del sufragio “sin fraude y sin intervención oficial en los trabajos electorales”, en donde el 13 realizarían una asamblea que se realizaría en el “Frontón Buenos Aires” que lo firmaron multitud de jóvenes y un impresionante estado mayor de “presidentes honorarios”. El 13 se reunió en el lugar de la convocatoria una enorme multitud de veinte, treinta mil personas. Tres días antes había renunciado el ministerio de Juárez, lo que haría afirmar a uno de los oradores que la crisis no era ministerial, sino presidencial. En esa ocasión quedó fundada la “Unión Cívica”, bajo la presidencia de Leandro Alem.

La “Unión Cívica” sufre, desde el comienzo, de la heterogeneidad de su composición, que la obliga a restringir sus propósitos a las amplias formulaciones. La presencia de Mitre, en quien el régimen extranjerizante y liberal podía señalar una paternidad indiscutible, a la cabeza de la oposición a este. Apartado de las situaciones políticas militantes a partir del 80, había dado, entre tanto, cima a sus estudios históricos (historia de Belgrano, Historia de San Martín), con lo cual su discutida figura empezó a impregnarse del prestigio inherente a sus temas y a adquirir perfiles de prócer de primera magnitud.

La revolución ya estaba lista. Una logia militar, que se reunía en la casa del subteniente José Feliz Uriburu y cuyo animador era del Valle. El gobierno se preparó a la resistencia. Hizo de la estación del Retiro su cuartel general, de donde se embarcó Juárez esa misma mañana en un expreso, acompañado entre otros por Roque Sáez Peña. Pellegrini y el ministro de Guerra general Levalle asumieron la dirección de la guerra en la capital. Esperaron un ataque de los revolucionarios, que no se produjo. Una revolución que se coloca a la defensiva es una revolución vencida. Repuesto el gobierno de la sorpresa y bajo la conducción inteligente y enérgica de dos hombres como Pellegrini y Levalle, contraatacaría con todas las ventajas de su parte, porque le iban llegando refuerzo del interior.

Mucho se ha escrito sobre las causas del fracaso de la revolución del 90. Es indudable que tuvo una deficiente conducción militar.
“La revolución ha sido vencida, pero el gobierno esta muerto”. La población seguía agitada y expectante, y la vuelta del presidente a la capital fue recibida con rechiflas que le hicieron ver la tremenda impopularidad en que había caído, a la que no era ajena la resistencia localista contra el cordobés. Los hombres de la situación encabezados por Roca, vieron con claridad que había que arrojar lastre sacrificando al presidente. Lo obligaron, pues a renunciar, luego de una laboriosa intriga de palacio, pues el hombre se resistía a darse por enterado de las insinuaciones. La renuncia de Juárez Celman fue recibida con gran júbilo popular. Al día siguiente tomó posesión del mando el vicepresidente doctor Pellegrini.

PELLEGRINI Y ALEM

El entusiasmo con que la población recibió la noticia de la Asunción del mando Pellegrini  habría de enfriarse muy pronto. La crisis económica se hallaba apenas en sus comienzos y sus consecuencias se sentirían del todo en el curso de la nueva administración. Diez años de imprevisión y despilfarro no podían compensarse en un día. El ministerio de Roca significaba el control de las situaciones del interior y el mantenimiento de la maquina eleccionaria, contra los propósitos de la regeneración nacional sobre la base del sufragio libre que proclamaba la Unión Cívica.

Había caído el presidente pero su “régimen” subsistía íntegro, previa una ligera conversión hacia la situación nueva. La situación en que Pellegrini recibió el gobierno parecía desesperada: el tesoro exhausto, los Bancos oficiales en estado de quiebra, multitud de deudas impagas y “un pueblo que creía que con el cambio de gobierno volverían los tiempos pasados de especulación y derroche”.

Más que el esfuerzo y la potencialidad propios para salvar la crisis, Pellegrini y su ministro López creían en la ayuda inglesa y más que la preservación del patrimonio nacional les importó la conservación del crédito. Los ingleses, como se ve, nos prestaban dinero para cobrarse su deuda con lo cual iban ganando el suculento bocado de los intereses acumulativos, descontando los honorarios de los negociadores. La quiebra de los bancos oficiales dejaba en la calle a los depositantes, en su mayoría pequeños ahorristas y gente de trabajo que aspiraba a asegurase su porvenir y el de sus hijos bajo la fe del Estado Nacional.

El espíritu de renovación de las prácticas políticas argentinas que la Unión Cívica encarnaba, tuvo su manifestación en una asamblea de delegados que llegó a la determinación de una formula para la futura presidencia: Bartolomé Mitre y el doctor don Bernardo de Irigoyen. Dos meses mas tarde, el general Roca y Pellegrini le propusieron un acuerdo “patriótico” sobre la base de su candidatura, a la que accedió Mitre sin consultar a sus electores y se resolvía reemplazar en segundo término, el doctor José Evaristo Uriburu. ¿Qué era el “acuerdo”? Lisa y llanamente, la entrega al régimen del movimiento revolucionario, a cambio de la presidencia para Mitre, la viejísima operación de la cesión de la primogenitura por el plato de lentejas.

La publicación del “acuerdo” produjo indignación en las filas de la Unión Cívica, entre las que se llegó a hablar de traición.  Como era natural, el partido se dividió en dos, una era lo que aceptaron el pacto, o sea los mitristas y la otra los que no lo aceptaron. Los primeros se llamaron cívicos “nacionales” y proclamaron la formula Mitre-Uriburu. Un mes más tarde la convención de la Unión Cívica “radical”, proclamó Irigoyen-Garro.  El general Mitre se había engañado sobre el alcance de su popularidad. La masa popular aclamaba al jefe radical, sintió temblar el pedestal de prócer que con tanto esfuerzo había fabricado y renuncio en octubre a su candidatura. Alem habló en el Senado, refiriéndose al fraude que preparaba el oficialismo e hizo la siguiente advertencia “si el Presidente insiste en llevar adelante su plan de sofocar los derechos del pueblo…podrá sobrevivir graves perturbaciones porque la República no consentirá que se halle impunemente su soberanía.

LAS REVOLUCIONES DEL 93 – SAENZ PEÑA Y DEL VALLE – URIBURU

Los fraudes manifiestos que se cometieron, principalmente en la inscripción en lo padrones acentuaron la circulación de rumores revolucionarios, a la vez que el éxito de la propaganda radical en todo el país mostraba un peligro que ni el fraude podía conjurar. Pellegrini decidió tomar la ofensiva. El presidente reunió con prematura a sus ministros y les dio cuenta del descubrimiento de una conspiración que se los atribuía a los radicales. Se decretó el estado de sitio y se deportó a los dirigentes del partido. Alem fue encerrado en un buque, no obstante de sus fueros de senador. En estas condiciones y fraude oficial se impuso la nueva fórmula (Luis Saenz Peña-Uriburu)

El doctor Sáez Peña no era hombre de obedecer a intereses políticos subalternos, sino a los dictados de su conciencia, porque era un hombre de ley y un patriota de origen federal neto. Su ferviente catolicismo le impedía congeniar con la acción del roquismo y el juarismo, a los que repudiaba igualmente por razones morales. Debía gobernar con los partidos del acuerdo, o sea con los hombres de Roca, Pellegrini y Mitre, quienes negociarían permanentemente este apoyo y solo accederían a prestarlo a cambio de concesiones que aquel no estaba siempre dispuesto a otorgar.

La amenaza de la revolución radical continuaba pendiente. Pellegrini sugirió un gobierno de “pacificación” y encargarlo al doctor del Valle. Pero del Valle no encontró en el radicalismo el apoyo que esperaba, la Unión Cívica Radical ya había establecido una negativa a participar bajo ningún concepto en los gobiernos emanados del fraude.

Apenas instalado en el nuevo ministerio, del Valle hizo dictar un decreto desarmando a los cuerpos militares mantenidos en pie de guerra por la provincia de Buenos Aires. El cambio gubernativo fue recibido en Buenos Aires con gran alborozo, dada la popularidad de del Valle. Esa popularidad se reflejó sobre la venerable figura del presidente. El triunfo de la revoluciones en las provincias señalaban el rechazo que el país experimentaba con respecto al régimen, un verdadero despertar político.  Realizando un verdadero golpe de Estado el anciano presidente, envejecido en el culto por la ley, no podía dudar. Cedió a la presión de los jefes políticos que lo tenían a su merced. Alem le propuso a del Valle la resistencia a modo armada, pero este se negó hacer un revolución al gobierno del que formaba parte.

Surgieron las elecciones de gobernador de la provincia de Buenos Aires. Vencido por las armas, el radicalismo triunfaba en las urnas, a lo que no era ajena la actitud imparcial del presidente de la República. Al terminar el año, se produjo la crisis total. Una crisis tan grave originada con motivo tan fútil parecería inexplicable, si no se conociera la razón profunda y verdadera de la oposición al presidente, que solo buscaba un pretexto para eliminarlos. El honrado Luis, por primera vez en la historia, había resuelto aclarar las cuentas de los ferrocarriles ingleses, que manifestaban pretensiones exorbitantes en lo referente al pago de la cláusula de garantía y había nombrado una comisión investigadora. De estos trabajos ira a resultar que las empresas lejos de ser acreedoras, eran deudoras del Estado Argentino. La imposibilidad de encontrar ministros hizo que el presidente presente su renuncia el 5 de enero de 1895.

Inmediatamente el Congreso la acepto y asumió el mando José Evaristo Uriburu.
Todo ello anunciaba la vuelta de Roca al poder. Aparte de su actuación en el aplastamiento radical en el litoral, había desempeñado un papel importante en la renuncia de Sáenz Peña. Era la personalidad política más fuerte de la República y el representante más genuino del régimen imperante. El año 1896 vio desaparecer dos grandes figuras de la oposición: Alem y Aristóbulo del Valle.
El radicalismo no presentaría candidatos a la presidencia. Concurría, sí con formula propia (B. de Irigoyen-Demarchi) a la elección para gobernador de Buenos Aires, donde triunfó con el apoyo de los amigos de Pellegrini.
La elección de Roca fue casi canónica, sin contradictores.

LA SEGUNDA DE ROCA

Al asumir Roca por segunda vez la presidencia de la Republica, el 12 de Octubre de1898, se vio ante una situación muy distinta de la que había afrontado en su primer gobierno. El país progresaba vertiginosamente, coincidía con el fin de la depresión, de manera que pudiera capitalizar como obra suya la prosperidad renaciente. La filosofía de la época enseñaba que el poder consistía en la riqueza y no en el dominio de los engranajes de la administración del Estado. El régimen había adoptado, como dogma nacional, la mitología creada por los vencedores de Caseros y la imponía por la propaganda y la enseñanza pública, confiando en que hallaría fácil crédito y vigencia definitiva entre las promociones de los hijos de los extranjeros que no habían sufrido en carne propia los males de la patria.

La enseñanza media respondía a los estos principios, se había impuesto de manera definitiva la vecino de la historia patria legada por los unitarios que implicaba el desprecio y el repudio por la tradición española y de todo lo nacional. Sin historia, sin catecismo y sin enseñanza clásica, la ruptura con la tradición resultaba completa.
Una sola dificultad quedaba pendiente y era la relativa a nuestras relaciones con Chile.

La cuestión parecía resuelta con el tratado que difería al arbitraje de la corona de Inglaterra. Roca decidió disipar con un gesto de amistad los recelos, provocando un encuentro con el presidente de Chile. Con todo esto la inquietud no desapareció y el gobierno decidió recurrir nuevamente al crédito, para la construcción de barcos de guerra. En estas circunstancias se produjo el episodio de la “conversión de la deuda pública”, consistía en unificar nuestra deuda consolidada, proveniente de 30 empréstitos de diverso intereses y amortizaciones, reemplazándola por una sola deuda de 435 millones a 4% de interés y ½ de amortización.

La publicación de esta cláusula provocó un estallido de indignación nacional, por lo que el gobierno debió retirar el proyecto que ya había sido aprobado por el Senado.
Un cambio de plenipotenciarios cambiaría la situación con Chile. Los “pactos de mayo” establecía que nuestro país respetaba la soberanía de las demás naciones, sin mezclarse en sus asuntos internos no externos, a la vez que Chile aseguraba su intención de no pretender expansiones territoriales. Nosotros asegurábamos la no injerencia en los asuntos “externos” de los vecinos, lo que nos colocaba al margen de la vida internacional, que supone en dicha materia una vigilancia recíproca permanentes mas aceptar limitar nuestros armamentos, con relación a Chile, situándonos por debajo de nuestras necesidades reales, ya que no existía igual compromiso por parte de Brasil, que se armaba sin limitaciones. Bajo Roca se consolida, en efecto, el consabido”pacifismo” del régimen, su doctrinario más importante es Mitre. Como no se trata de ser fuertes, sino de ser “civilizados”, el predominio militar queda excluido como finalidad de gobierno”. La renuncia a la política internacional significaba la confesión del destino colonial (Doctrina Drago).

La Unión Cívica Radical había permanecido desorganizada y aparentemente inactiva a partir de la elección de Roca. En momentos en que muchos claudicaban y otros desesperaban, Yrigoyen no había perdido la fe en las posibilidades del país. La presidencia de Roca llegaba a su fin y las fuerzas políticas hacían sus preparativos para la contienda electoral. En febrero de 1904 se reunió el Comité Nacional del radicalismo, en que después de hacer un análisis de la situación imperante proclamaban la “abstención” radical en materia de concurrencia a los comicios viciados de fraude. Esta abstención significa la voluntad de no legalizar con a concurrencia a las urnas un resultado que será, sin duda, fruto del fraude y la presión oficial. El radicalismo conspiraba, en efecto, Yrigoyen había estado preparando una vasta organización en el Ejército, que se extendía por todo el territorio y esperaba la oportunidad. El general Roca no lo ignoraba, sin embargo se abstuvo de proceder de manera violenta. La elección se realizó en abril de 1904, resultando electos Quintana y Figueroa Alcorta como vice. La revolución radical, preparada para septiembre, hubo de sufrir una postergación.

LA REVOLUCIÓN DE 1905 – QUINTANA Y FIGUEROA ALCORTA – LA AGITACION SOCIAL

El doctor Manuel Quintana, de origen mitrista, porteño “neto”  y liberal convencido, obedecía a las modalidades hereditarias del medio a que pertenecía, por su desprecio del pueblo nativo. Resulta evidentemente que aspiraba a parecer un “lord” británico y que ponía un exceso de aplicación al servicio de este limitado ideal.

No había trascurrido cuatro meses de la Asunción del mando por el nuevo titular, cuando estalló la revolución de 4 de febrero de 1905. El movimiento tenía carácter militar y civil, siendo mas acentuada en el interior la participación de lo ciudadanos armados. El comando revolucionario, cuya presidencia ejercía el doctor Yrigoyen, resolvió deponer las armas para evitar mayor derramamiento de sangre.

Con la derrota del movimiento radical-seguido de una dura represión, con prisioneros y deportaciones a Ushuaia- no se restableció la tranquilidad en el país. Una creciente inquietud obrera que Quintana debiera gobernar constantemente con estado de sitio. Desde 1880 empezaba a sentirse, en los medios obreros e intelectuales, la influencia de las nuevas ideas sociales provenientes de Europa.

En 1882 un grupo de inmigrantes alemanes habían fundado el club “Vorwaerts” en que predicaban el socialismo. En 1890 se fundó el Comité Internacional Obrero. Seis años más tarde se constituyó el Partido Socialista, que tendrá como órgano el periódico “La Vanguardia”, dirigida por Juan B. Justo, al mismo tiempo se desarrollaba el movimiento anarquista.

Las organizaciones socialistas y anarquistas estaban integradas en sus comienzos, por una mayoría de obreros extranjeros. No obstante el influjo de la novedad y la atracción que ofrecía, sedujo a un grupo importante de la intelectualidad joven en que descollaban nombres de José Ingenieros, Leopoldo Lugones y Roberto Payró. La agitación no provenía solamente de contagio intelectual, sino del estado real de miseria y de las condiciones en se desarrollaba la vida obrera, por el exceso de desocupados y la baja consiguiente de los salarios.

El surgimiento del movimiento socialista no dejó de ser acogido con simpatía por algunos sectores de la oligarquía dominante, a manera de progresistas. El mismo general Roca, a la vez que otorgaba funciones administrativas Lugones e Ingenieros, hizo enviar por su ministro González a las cámaras un proyecto de Código de Trabajo, que no fue tratada. La verdad es que solo interesaba el gesto “progresista”. Pero de estas bellas palabras a la realidad había un gran trecho. El movimiento obrero fue tratado con extraordinario rigor y menudearon para sus dirigentes las detenciones y las deportaciones.

Lejos de rechazar la influencia de Roca, Quintana lo hace su consultor habitual y funda su poder en el mantenimiento de las situaciones provinciales heredadas de su antecesor y en la de la provincia de Buenos Aires, donde el antiguo antirroquista Marcelo Ugarte ha establecido un sistema de riguroso personalismo fundado en el fraude. A fines del año se enfermó Quintana y Figueroa Alcorta asumió el mando. Al asumirlo, hizo declaraciones de libertad electoral y prometió acabar con los abusos.

La Unión Electoral oficialista puso en juego, no obstante, todas las maniobras posibles para  falsificar el resultado del sufragio, con el asesoramiento técnico de Ugarte, que dirigió las elecciones en la capital. Con todo esto no pudo impedir y surgió el triunfo de la coalición opositora, cuya lista de diputados se hallaba encabezada por Pellegrini y Roque Sáenz Peña. La noche misma de las elecciones se agravó Quintana y murió.

Figueroa Alcorta quedaba al frente del país en medio del regocijo público, pues su presidencia anunciaba la muerte política de Roca.
El doctor José Figueroa Alcorta, cuya disidencia con Quintana era notoria, dio desde el principio la impresión de un cambio político, al constituir su gabinete con miembros de la coalición que acababa de triunfar contra el oficialismo.

La vuelta en el mes de julio de los radicales confinados, desterrados y presos fue recibida con grandes manifestaciones públicas e Yrigoyen comenzó de inmediato la reorganización del partido en todo el país. El presidente debió enfrentar en 1907 grandes dificultades políticas, suscitadas por el Senado con predominio roquista y por la cámara de diputados, cuya fracción “ugartistas” controlaban la mayoría y la negociaba a cambio de concesiones.

Figueroa Alcorta provocó dos entrevistas con Yrigoyen, a fin de llegar a un entendimiento pero el caudillo radical se mantuvo firme en su línea de no realizar ningún pacto si no sobre la base de la mas completa libertad electoral. En los primeros días de 1908 y con el pretexto del retardo en la votación del presupuesto cerró el Congreso y mediante el cual realizó algunas intervenciones provinciales y sometimientos de otras, logró constituir una nueva fuerza oficialista bajo el rotulo de Unión Nacional, con el cual ganó las elecciones de renovación parlamentaria de marzo de 1908 y con ello el control de la mayoría.

Vimos cual había sido la actitud del general Roca con respecto a la política externa del país. Con ella había logrado la pérdida de nuestra jerarquía en América. En 1907 con Uruguay, que pretextando una reglamentación de pesca, se adjudicaba la jurisdicción sobre la mitad del Rió de la Plata. El asunto no pasó a mayores y hubo de resolverse con un protocolo estableciendo el “talweg” como línea divisoria. Poco tiempo después con Bolivia, por la resistencia de esta nación a aceptar el fallo argentino en el arbitraje de su cuestión de límites con el Perú.

Hubo manifestaciones antiargentinas en La Paz y se llegó a una ruptura de relaciones. En este asunto Chile-procediendo de acuerdo con Brasil y en manifiesta violación de los pactos de mayo- apoyaba a Bolivia. Diplomáticamente estábamos cercados. Era ministro de Relaciones Exteriores el doctor Estanislao S. Zeballos, buen conocedor de la historia diplomática y de tradición política federal. Para consolidar la situación internacional de la Argentina preconizó la necesidad de armarnos, y al fin de hacer mostrar a Brasil sus cartas, le propuso un pacto de paridad, mediante la cesión a nuestra escuadra de algunos barcos que tenía contratados para reforzar la suya. Esto bastó para que la prensa roquista, encabezada por la “La Nación”, efectuara contra el ministro una violenta campaña, acusándolo de armamentista y perturbador de la paz continental, al mismo tiempo que el Parlamento retardaba el despacho de los proyectos de adquisiciones navales y militares. Zeballos debió renunciar y la renuncia le fue aceptada: ¡Triunfo indudable del Brasil por mano de sus permanentes agentes locales!

Zeballos denunciaba la causa de nuestra indefensión en los siguientes términos: “el general Roca admira la sabiduría y lealtad del barón de Rió Branco y de ha puesto al servicio de su política, cuya fórmula notoria es esta: armar al Brasil extraordinariamente y mantener desarmada a la República Argentina, para descubrir sus planes cuando tenga asegurada la supremacía. El fracaso de nuestros proyectos de perfeccionamiento naval y militar en 1906 y 1907 y su demora en 1908 son efectos de la influencia del general Roca.

La agitación obrera prosiguió y alcanzo caracteres violentos a comienzos de 1909. Mientras tanto, no se descuidaban los trabajos políticos para la renovación presidencial. El radicalismo reorganizado realizó su convención nacional en 1909 y resolvió en ella mantener la posición abstencionista. Yrigoyen siguió rechazando las propuestas de “acuerdos” que le llegaban, entre las que no faltó la de Roca, ofreciéndole su alianza para derrocar a Figueroa Alcorta. Al aproximarse la fecha de las elecciones, la Unión Nacional oficialista proclamó la candidatura del doctor Roque Sáez Peña, mientras que la “Unión Cívica” proclamó la candidatura del doctor Guillermo Udaondo. Como esta agrupación resultara derrotada en una elección  previa de senadores, no se presentó a los comicios de abril 1910, en la que Sáenz Peña fue elegido sin oposición.

LAS ILUSIONES DEL CENTENARIO

El optimismo progresista de que hicimos antes mención alcanzó su punto más alto en los festejos del Primer Centenario de la emancipación, en mayo de 1910, siendo presidente Figueroa Alcorta y electo ya su sucesor, Sáez Peña, cuyo nombre suscitaba una esperanza. Contribuía a elevar la tónica nacional el descubrimiento de nuevas riquezas, como el yacimiento petrolífero de Comodoro Rivadavia y la llegada de los barcos de nuestra marina de guerra.

La exaltación del Centenario traería a la larga, una extraña anestesia del espíritu nacional y la eliminación de las reacciones defensivas necesarias para sobrevivir. A favor del optimismo progresista que suscitó, se impondría, de manera definitiva la falsificación histórica de la generación organizadora. Se olvida la historia. Solo queda en pie la versión unitaria. Rosas es el hombre fatídico, que hay que borrar de sus anales.

En 1890 todavía parecía escandalosa a muchos la entrega de los ferrocarriles a los ingleses, en 1910 ya resulta normal y no escandaliza a nadie que también se conceda a empresas extranjeras los tranvías, la electricidad y los teléfonos, aun sacrificando a cooperativas criollas competidoras. No solo la mayoría de las chacras, sino casi la totalidad del pequeño comercio, estaban en manos de extranjeros, principalmente italianos y españoles. El gran comercio, así como la totalidad de las incipientes industrias, en manos de ingleses, franceses y alemanes. El país de la abundancia, de que se hacia lenguas los dueños de la situación, donde solo bastaba extender la mano para hallar sustento, conoció la vergüenza del trabajo de las mujeres y los niños menores, con salarios inferiores a un peso, cuando el pan costaba 0.30 el kilo: una ley presentada por Palacios en el Congreso le puso fin. Conoció el hacinamiento de los conventillos, la plaga de la mendicidad por hambre y los sin trabajo y sin hogar durmiendo en los umbrales.

Dadas estas situaciones y el bajo nivel general de los salarios, unido a la dureza de las condiciones en el que el trabajo se desarrollaba, no es de extrañar la virulencia que adquiere con las luchas sociales en la época del Centenario, cuyos festejos debieron celebrarse bajo la vigencia del estado de sitio. Las condiciones de trabajo en el interior se había establecido en un régimen de un a verdadera esclavitud, en el que a los bajos salarios se agregaba, para mermarlos más todavía, la explotación del trabajador mediante el crédito en la “proveedurías”, establecidas por los mismos empresarios y donde debía obligadamente comprar, a precios exorbitantes, los artículos de primera necesidad. Para asegurarse la clientela, no le abonaban con dinero sino con bonos que solo tenían curso en los referidos comercios.

La oligarquía estaba constituía por los intereses afines de los grandes ganaderos, agrupados en la Sociedad Rural, y del capital inglés: comercio de exportación e importación, ferrocarriles y frigoríficos, con sus conexiones de influencia de la opinión pública. El programa de Caseros se cumplía, en efecto. Todo lo nacional estaba a punto de desaparecer. Hasta la misma imagen de la Argentina real, suplantada por una grotesca mentira. El centenario se celebró con grandes fiestas y con real emoción patriótica por el pueblo de la República. Concurrieron delegaciones de todas las naciones del mundo (con excepción del Brasil, donde subsistían los resquemores).

LA CRISIS DEL RÉGIMEN

ROQUE SAENZ PEÑA Y LA LEY ELECTORAL

Se temía un nuevo levantamiento radical y Figueroa Alcorta había tomado precauciones para evitarlo. Más que estas sin embargo, contribuyó a disipar los rumores y aquietar los espíritus la gestión conciliatoria que realizo Sáenz Peña ante el jefe radical para llegar a soluciones comunes y que revelaba que no eran vanas palabras sus promesas de candidato.

Sáenz Peña celebró dos entrevistas con Hipólito Yrigoyen, en las cuales se definieron los principios y trazó un plan de reforma de procedimientos electorales. Su actuación posterior lo mostró en oposición a Roca y Pellegrini, como jefe de la fracción llamada “modernista”, que manifestaba propósitos de renovación de prácticas gubernativas en el sentido del autonomismo tradicional.

No se limitó el presidente electo a garantizar el cumplimiento de sus promesas, sino que pidió el radicalismo su colaboración en el gobierno para ponerlas en práctica. El comité rechazo la participación en el gobierno, pero aceptó colaborar en la elaboración de la ley de elecciones, que habría al pueblo la vía del comicio, sobre las base de los principios ya aceptados en las entrevistas: padrón militar, intervención de la justicia federal, representación de las minorías, voto secreto y obligatorio.

El 12 de octubre asumió el mando Sáenz Peña, apenas integrado el gobierno se iniciaron los trabajos preparatorios de la legislación anunciada. Se envió al Congreso la ley electoral, el trámite de la ley fue más largo y engorroso, por la resistencia de los núcleos políticos que veían en ella el fin de su poder usurpado. La presión de la opinión pública pudo más que las maniobras obstruccionista y la ley fue aprobada el 12 de febrero de 1912.
La provincia de Santa Fe estaba intervenida, a raíz de un conflicto entre la legislatura y el gobernador, y el interventor de la provincia decidió convocar elecciones: las primeras que habrían de realizarse bajo la nueva ley, en las cuales los radicales decidieron concurrir a la convocatoria. El radicalismo de Santa Fe respondía a una vieja tradición criolla y federal y se había caracterizado por su carácter combativo. No obstante los obstáculos puestos por el oficialismo, triunfó la formula radical.

La realidad no respondería de inmediato a dicha esperanza porque los usufructuarios vitalicios de los gobiernos locales pondrían en juego inmediatamente toda clase de recursos para violar la ley (Córdoba, Salta y Tucumán hubo fraudes descarados). El presidente careció de energía necesaria para intervenir previamente las provincias en que debían realizarse convocatorias electorales, a fin de asegurar la legalidad de los resultados. Su salud se hallaba seriamente resentida desde mediados de 1913, por lo cual debió delegar el mando al vicepresidente doctor de la Plaza, el presidente se agravó y murió.

El primer mensaje de la Plaza, en cambio adoptó otro lenguaje, que alarmo justamente a la oposición. Manifestando solidaridad con los inquietos, dijo “ni remotamente podría suponerse que, por salvar formas de imparcialidad electoral, pudiera serle (a él) indiferente la suerte del país o el desastre de la instituciones”. Esta solapada incitación al fraude fue recibida con entusiasmo por los oficialismos locales, que multiplicaron las maniobras para impedir los resultados legítimos del sufragio. El fraude “para salvar las instituciones” es el antecedente de lo que mas tarde se llamara “fraude patriótico”.

Ante esa actitud oficialista, Yrigoyen se sintió nuevamente llevado a la posición revolucionaria, según lo muestra en la comunicación de 1915.
El país se hallaba conmovido en todas sus capas por el estallido de la guerra europea en julio de 1914. El presidente de la Plaza se había apresurado a declarar neutralidad argentina en el conflicto, como respuesta a las notas de las cancillerías que le comunicaban el estado de guerra. Era lo que correspondía, ya que no estaban en la contienda comprometidos nuestro interés ni nuestro honor.

El fusilamiento del cónsul argentino en Dinant por los alemanes y la captura por los ingleses del barco de bandera argentina “Presidente Mitre” ¿Qué hizo el gobierno? Sometió el dictamen del Procurador de la Nación, quien opinó que no había ultraje a nuestra soberanía por carecer los cónsules de envestidura diplomática, el presidente aceptó este dictamen y no entabló ninguna reclamación.

El segundo caso y con dictamen del mismo funcionario se dirigió humildemente al agresor, atribuyendo la captura a “un error de interpretación del comando de la flota británica”, que seria reparado por “el espíritu ecuánime del gobierno inglés” y pidiendo la devolución del barco. El gobierno británico devolvió el barco con un gesto de condescendencia. El gobierno argentino se sintió satisfecho, así lo entendían los hombres de la oligarquía imperante la defensa de nuestra soberanía y de nuestra dignidad. Lo que hace al primer episodio, sirvió para enrostrar a los alemanes de “ferocidad” y promover el odio contra su causa, pero no se pidió la declaración de guerra, porque hasta ese momento la potencia imperial nos reservaba la función tranquila de proveedores de alimentos para sus combatientes.

Se acercaba la época de las elecciones de renovación presidencial. La insistencia del comité radical a las postulación de Yrigoyen, que fue rechazada en varias ocasiones debido a que consideraba incompatible la renovación nacional, finalmente accedió a la formula Hipólito Yrigoyen – Palagio Luna, que obtuvo, en los comicios del 2 de abril de 1916 la victoria.  El 12 de Octubre asumió Yrigoyen el mando, en medio de una apoteosis popular como las había visto Buenos Aires desde los tiempos de don Juan Manuel.

YRIGOYEN Y EL RESURGIMIENTO NACIONAL – FUERZA Y DEBILIDAD DEL RADICALIMO- LA GUERRA EUROPEA

Yrigoyen llegaba libre de compromisos con los intereses y los hombres del Régimen y dispuesto a llevar adelante sus propósitos de “reparación nacional”, con lo que se entendía la eliminación de las corruptelas, la restauración de las instituciones políticas por medio del sufragio libre y un amplio programa de renovación de personas y de costumbres. Su tarea era ardua y difícil, porque si bien estaba a la cabeza de un gran partido, que constituía la mayoría de la nación, carecía de mayoría en las cámaras y once de las catorce provincias se hallaban en manos de las autoridades provenientes del fraude.

Es evidente que con la autoridad que le confería el plebiscito reciente y el aura de fervor popular pudo Yrigoyen arrasar con las situaciones provinciales viciadas, cerrar el Congreso y convocar nuevas elecciones nacionales en todos los distritos a fin de renovar desde la base todos los poderes e instaurar un régimen homogéneo e inobjetable.  Con sorpresa y decepción de muchos, Yrigoyen eludió el golpe de Estado salvador que habría sido la garantía de su éxito. En lugar de proceder de manera rápida contra los culpables, barriéndolos de las posiciones publicas y aplicándoles las sanciones correspondientes a su delito, los “indultó” en masa.

Esta actitud de Yrigoyen en 1916 es uno de los errores mas graves que se hayan cometido en la política argentina y en ella esta el origen de muchos males futuros.
Sentía en su propia carne la patria encarnecida y el pueblo vilipendiado, se hallaba saturado de historia, “¿Cómo quiere que me haga mitrista? – Contestó una vez-. Sería como hacerme brasileño”. El que hubiera deseado llegar al gobierno por una revolución (y con manos libres para actuar), llegaba por el comicio, se hallaba ligado al respeto a la Constitución que había jurado- y que era en rigor el estatuto de los adversarios.

El radicalismo unía en un mismo propósito de recuperación moral y cívica a los sectores más diversos del pueblo argentino, que solo coincidían en ese anhelo de mejoramiento difuso y en el repudio al régimen oligárquico. (Católicos y masones, progresistas y reaccionarios, burgueses y anarquistas).

El 4 de abril de 1917, el buque “Monte Protegido” que navegaba con bandera argentina, fue hundido por un submarino alemán. Nuestro gobierno elevó una enérgica protesta, declarando esta acción una ofensa a nuestra soberanía nacional y exigiendo la reparación del daño material y el desagravio al pabellón. El gobierno agresor cumplió con lo que exigía y lo mismo sucedió con otro barco a vapor, donde el gobierno alemán aceptaría la reparación y el desagravio al pabellón. Comparece con lo ocurrido bajo el gobierno de de la Plaza, en que este requisito ni se exigió ni se otorgo.

Yrigoyen restablecía el concepto exacto del honor nacional, borroso en la mente colonial de la oligarquía. Esos acontecimientos desencadenaron una violenta campaña de prensa, en el sentido del abandono de la neutralidad. A su vez esta situación se vio agravada, a raíz de una publicación de parte de la cancillería norteamericana de unos despachos del ministro alemán en Buenos Aires en los que aconsejaba hundir nuestros barcos ”sin dejar rastros” a fin de evitar futuras reclamaciones (esto fue utilizado como propaganda por parte de los americanos, para forzar al país a ingresar a las fuerzas aliadas)

La casi totalidad de la prensa, los partidos políticos, los escritores e intelectuales, gran parte de juventud universitaria se movilizaron pidiendo la inmediata ruptura de relaciones con Alemania.

Sólo Yrigoyen permaneció imperturbable en medio de la agitación general. Entregó sus pasaportes al ministro que nos agraviaba, imponiéndole el retiro de nuestro país en el plazo más corto posible y exigió amplias explicaciones al gobierno alemán. La respuesta inmediata del gobierno alemán con el repudio categórico a su embajador, hizo desaparecer todo motivo aparente de ruptura de relaciones.

Ya Yrigoyen había tomado la iniciativa de un congreso para países sudamericanos de origen hispano, que no tenían intereses comprometidos en la guerra imperialista. La iniciativa fracasaría por hacer caído la invitación en países beligerantes y por la oposición de Estados Unidos, que veía en ella una amenaza de su predominio. La neutralidad de Yrigoyen fue antes que nada una afirmación de soberanía.

Esos años coincidían con una intensa agitación obrera, motivada por la inseguridad económica, los bajos salarios y la influencia de las transformaciones sociales de la post-guerra europea. También mostrará en esta materia el gobierno de Yrigoyen una actitud nueva: de comprensión y auspicio de las legítimas aspiraciones de los trabajadores. El movimiento obrero adquiere en estos años una tónica revolucionaria y se halla manejada por agitadores que anuncian una revolución inminente. La revolución Rusa de 1918 parece a muchos el preludio de una inmediata transformación del mundo. La política de Yrigoyen con relación a los obreros tuvo consecuencias auspiciosas. Su actitud prudente a los conflictos, animada de espíritu cristiano y las leyes que se dictaron en materia de trabajo y previsión social, por su iniciativa obtuvo la adhesión de números gremios de las números y de los mas aguerridos.

El movimiento obrero se nacionalizaba en gran parte con Yrigoyen (sustrayéndoles la influencia roja, antes predominante) Con la terminación de la guerra y el estallido de la revolución cunde el contagio “maximalista”, que hará presa en sectores de la juventud intelectual y estimulara la agitación obrera. Todo esto influirá en el sector estudiantil que se inició en Córdoba, siguiendo en Buenos Aires y La Plata y dio origen a reforma universitaria, auspiciada por Yrigoyen.

Poco a poco Yrigoyen había ido interviniendo las provincias adversas y renovando sus poderes. La gravedad de los problemas que la guerra le planteó y su propia lentitud para decidirse le hicieron retardar este proceso. Pero la oposición conservadora, residuo de las viejas corruptelas electorales, se mantenía vigorosa en las cámaras, fortalecidas con el indulto. Todas las iniciativas del gobierno eran sistemáticamente obstruidas. Las campañas opositoras hallaban eco en la prensa de escándalo, empeñada en desacreditar la política nacional del presidente y también se le unía la socialismo argentino, formado bajo la influencia del doctor Juan B. Justo.

La política independiente de Yrigoyen en materia internacional tendría una última expresión, en la actitud que tomo ante la Liga de las Naciones, en donde decidió que Argentina no participara y decidió asumir la defensa de los países débiles, a cuya categoría pertenecían todos los de esta región. Pues nuestra delegación llevó un proyecto de enmiendas al pacto de la Liga que abarcaba los siguientes puntos: 1) Admisión en la Liga de todos los Estados soberanos (lo que incluía a los vencidos), 2) Admisión de los delegados de todos los países pequeños no reconocidos, sin derecho de voto, 3) Elección del consejo por la asamblea y 4) Jurisdicción compulsoria del tribunal de justicia internacional. Esta doctrina argentina no la aprobaron los países que organizaban la asamblea, porque contrariaba sus miras de predominio mundial. Marcelo T. de Alvear, ministro representante en Viena y en Paris, manifestó a Yrigoyen públicamente su opinión adversa a la actitud asumida.

YRIGOYEN Y ALVEAR – EL “PLEBISCITO” DE 1928

En la última elección de renovación parlamentaria efectuada bajo su presidencia, logró afirmar su mayoría en la Cámara de Diputados. El pueblo seguía votando en masa por el caudillo que le señalaba, con sus palabras y sus actos, una orientación salvadora.
Por lo respecta al petróleo, adoptó medidas para preservar nuestras reservas, con miras a la nacionalización: Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Con los ferrocarriles, verdadero cáncer de nuestra economía, tomó providencias energéticas, como la fijación de su cuenta capital y la anulación de tarifas abusivas, declaró además la caducidad de las concesiones vencidas y dio gran impulso a las líneas del Estado. Yrigoyen era el defensor del trabajo y de los salarios, el enemigo de los explotadores “el padre de los pobres”.

Sus actitudes, por lo demás, halagaban el orgullo nacional, sus actitudes en el orden externo e interno era la evidente manifestación de un resurgimiento nacional dentro de la mejores tradiciones y así lo entendió el pueblo. El país se hallaba en excelentes condiciones para proseguir una política de reconstrucción interna y de emancipación, a favor de la borrascosa post-guerra. Europa se hallaba trastornada como consecuencia de la guerra. A la proclamación de la U.R.S.S, a fines de 1922 respondería casi simultáneamente, en Italia, la toma de poder por Benito Mussolini, jefe del fascismo. Tal era el panorama mundial en momentos en que Yrigoyen debía abandonar el poder. El radicalismo carecía de personalidades de volumen suficiente para suceder a Yrigoyen y que se veían obligados a elegir entre los personajes del grupo”azul”, la mayor parte abogados, conformistas con los intereses del Régimen y cuyo radicalismo se limitaba a simple definición democrática y liberal. La preferencias de la asamblea se decidieron por el doctor Marcelo T. de Alvear.

Yrigoyen no se engañaba en la preferencia que siempre sintió por el. Nieto del ilustre general Alvear. Miembro del grupo juvenil que había rodeado al caudillo desde sus primeras andanzas de conspirador, mantenía con este una afectuosa y firme amistad. El país quería en efecto la continuación de la revolución radical, dentro de las líneas trazadas por Yrigoyen. No estaba en el ánimo de Alvear negarse a cumplir el compromiso que contraía con su partido y con su pueblo, pero también se hallaba encandilado por ejemplos europeos que se proponía concienzudamente imitar. Para el ministerio de Guerra designo a joven general que no conocía, pero que le había sido recomendado, este era don Agustín P. Justo.

Este ultimo acababa de ser un excelente director del Colegio Militar y se caracterizaba por su devoción a la memoria del general Mitre. Como definición provisoria, basta. La orientación impuesta por Alvear, con ese ministerio de muy dudosa filiación radical, fue la que generó la resistencia del propio partido que lo había elevado y se sentía defraudado en sus principios y en sus aspiraciones. La unidad radical habría de quebrarse. La fracción adicta al presidente adoptaron el rotulo de “antipersonalistas” y formarían alianza accidental con los conservadores para sostener el gobierno.

Alvear dejó el cumplimiento del programa de liberación señalado por Yrigoyen, convirtiéndose es una especie de “roquismo” administrador y complaciente, aunque sin el fraude electoral. El capitalismo extranjero recuperó sus antiguas prerrogativas, se abandonaron los proyectos de nacionalización del petróleo, los ferrocarriles y el del Banco Agrícola. Se exaltó nuestro destino pastoril. Hubo no obstante una reactivación económica por la instalación en el país, a partir de 1925, de capitales extranjeros.

Mientras el heroico Sandino luchaba contra un ejército yanqui por la libertad de Nicaragua, nuestro ministro de Relaciones Exteriores declaraba que esa cuestión no nos incumbía de ninguna manera. Volvería a imponerse la tradición de Mitre y Roca. El país progresaba, no obstante, bajo Alvear, como había progresado bajo Roca, por el trabajo de los habitantes y las favorables condiciones del intercambio. Desde abril de 1927 se había proclamado la formula para la presidencia futura, pocos días antes de la elección se lanzo la formula: Yrigoyen-Beiró.

El triunfo de Yrigoyen en forma tan aplastante provocó el estupor de sus adversarios y la eliminación de todo conato de resistencia. Yrigoyen asumió por segunda vez el mando el 12 de octubre de 1928. Seguía con un Senado adverso, lo que creaba la necesidad consiguiente de obviar ese mal dentro de las formas constitucionales. Así mientras el país empezaba a sentir los primeros síntomas de la crisis mundial, el gobierno parecía ocupado en la tarea de desmontar situaciones provinciales con propósitos de mera dominación política. Las intervenciones a Mendoza y San Juan, si bien votadas bajo Alvear, promulgadas por él y justificadas por los desaciertos de los gobernantes de ambas provincias, eran operaciones arduas y antipáticas. El rigor que debió emplearse habría de desgastar el prestigio de Yrigoyen, acusado por las víctimas y por el resto de la oposición de tirana y arbitrariedad. Una violenta campaña de oposición se inicio en el parlamento, donde menudeaban las interpelaciones, y en la prensa.

LA REVOLUCION DE SETIEMBRE Y EL DRAMA DEL GENERAL URIBURU

Mientras que el gobierno de Yrigoyen dilataba la solución de los problemas grave que planteaba la crisis y su partido se desgastaba en la demagogia electoralista, prosperaba la propaganda roja, nunca más activa que en esos años. Los conflictos obreros se multiplicaron y esta vez el gobierno pareció haber perdido el control de la acción sindical. La muerte en Mendoza del joven caudillo Carlos Washington – cuya investigación se atribuía a la intervención federal- proporcionó la nota roja adecuada para encender dramáticamente el tono de los discursos.

Desde mediados de la presidencia de Alvear había empezado a sentirse en el país la presencia de una actitud política, que era una reacción contra el desorden reinante y se presentaba como critica de la incapacidad de las instituciones vigentes para cumplir adecuadamente los objetivos nacionales (fuertemente influenciado por el ejemplo de fascismo, entonces triunfante en Italia y en ascenso en Alemania). La doctrina postulaba que la salvación del país no podía provenir de los “políticos profesionales” de los partidos opositores, carentes de opinión e igualmente de demagogos y corrompidos, sino de un “movimiento nacional, no partidario” promovido por el ejército.  El teniente general don José Félix Uriburu, compartía con entusiasmo las opiniones del grupo juvenil “La Nueva República”. Los hombres que veían con claridad el vuelco que estaba experimentando la situación no podían comunicarse con el presidente, quien parecía como secuestrado por la camarilla palaciega que lo rodeaba e ignorante de todo, sin dejarse abordar durante días y días ni por sus propios ministros.

La conspiración militar del general Uriburu seguía entretanto, sin que el gobierno tomara ninguna medida para conjurarla. Mas alarmados parecían los grupos opositores de las minorías parlamentarias quienes vieron el peligro que para sus posiciones podía significar el golpe militar y emprendieron una intensa campaña de ¡defensa de la democracia! la que solo podría salvarse, al parecer en el supuesto que la revolución se hiciese para darles el gobierno a ellos, que eran la minoría… El general Agustín P. Justo asumió la representación militar de esta actitud, con la cual no hubo ya una, sino dos conspiraciones paralelas, con divergencias de finalidad. Yrigoyen ratificó de llevar adelante el plan consistente en llegar a la nacionalización de las fuentes de petróleo, así como a su explotación por el Estado.

La decadencia senil del gran caudillo y la docilidad de su partido a los dogmas vigentes provocando esa incapacidad de abarcar en toda su magnitud los problemas nacionales. El 5 Yrigoyen, enfermó, delego el mando en el vicepresidente Martínez, quien decretó el en seguida el estado de sitio. El 6 al amanecer el general Uriburu se puso en marcha sobre Buenos Aires, al frente del Colegio Militar y algunas tropas de El Palomar, sin resistencia alguna, llegó a casa de gobierno, donde exigió la renuncia del vicepresidente en ejercicio y asumió el mando del país.

Al asumir en sus manos la totalidad del poder, el jefe triunfante tenía ante si la posibilidad de realizar un gran programa. El pobre general desconfiaba de su capacidad política y creía en los hombres consagrados, por lo cual se rodeó desde el comienzo de todos los “notables”. La acordada por la cual la Suprema Corte de Justicia de la Nación reconoció al gobierno de facto-imponiéndole la sujeción a la Constitución y las leyes – constituyó el brete que los intereses del régimen crearon al general Uriburu para tenerlo a su merced. Se decretaron cesantías en masa por motivos políticos y el viejo y venerable presidente depuesto fue confinado en Martín García, bajo la acusación de numerosos delitos imaginarios. Por lo que se refiere a las elecciones, el ministerio del Interior no se inquietaba. Había concebido un plan de restauración escalonada de la legalidad, que empezaría por convocatorias en Buenos Aires, Corrientes y Santa Fe.

Aseguraban los resultados felices, porque contaba con la desorganización del radicalismo. Se había fijado la fecha del comicio bonaerense en el cual gano la U. C Radical, los que nunca más volverían según la oratoria oficial. Del resultado de las elecciones surgía con toda evidencia el repudio popular a las tendencias en que inspiraba el gobierno “de facto” y la intención de resistirlas. El gobierno anuló los resultados de las elecciones de Buenos Aires y suspendió las que tenían que realizarse en Corrientes y Santa Fe. Desde Europa llegaba Alvear, respondiendo las solicitudes de los radicales de todo el país, para ponerse al frente de la reorganización de su partido. El general Justo fue desahuciado poco después por Alvear, en la maniobra que intentó negociar con el radicalismo (Justo tenía pretensiones presidenciales).

El radicalismo, bajo la jefatura de Alvear, se reorganizaba a su vez, luchando con las dificultades del estado de sitio que le impedía su propaganda. El 8 de agosto, el gobierno provisional amplió la convocatoria electoral, extendiéndola a la designación de presidente y vice. La convención nacional del radicalismo proclamó, los nombres de Alvear-Guemes, pero el gobierno provisional la “veto” declarando que ambos ciudadanos se hallaban “inhabilitados” para figurar como candidatos, se fundaban, en cuanto al primero en no haber trascurrido el intervalo de un periodo intermedio que la constitución entonces vigente exigía para la reelección y en cuanto al segundo en hallarse incluido en las sanciones que el decreto del 24 de julio establecía para quienes se hubieran solidarizado en cualquier forma con el régimen depuesto. Las elecciones se realizaron en las mismas condiciones que antes de la ley Sáenz Peña, resultando elegida la formula Justo-Roca (h) (partido “Concordancia”)

JUSTO O LA RESTAURACION DEL REGIMEN

La revolución de septiembre, que suscitó tanta esperanzas, venía a parar en una elección fraudulenta y la instauración de un gobierno repudiado por la mayor parte de la opinión.
La reacción del radicalismo no se hizo esperar. Objeto, como era natural, la legitimidad del gobierno resultante del fraude. Había sido en definitiva un fracaso. Justo asumió el mando el 20 de febrero de 1932. Hizo llamado a la conciliación nacional, levantó el estado de sitio y se empeñó en demostrar, su distanciamiento de quienes le habían dado el poder. Quería realizar un gran gobierno, para hacer olvidar la ilegitimidad se su título mediante la prueba de su eficacia.

La elección de sus colaboradores sumada a ilegalidad de su origen no contribuyó a darle al general Justo la popularidad que tanto anhelaba. Durante meses, el deporte favorito de la población consintió en silbarlo cada vez que aparecía en público. Justo mantuvo el enfeudamiento del país al capitalismo extranjero.  La crisis del 29-30 había provocado en todos los países del mundo un estado de alarma que se tradujo en medidas proteccionistas. A esta medida no había sido ajena el Imperio Británico, en la que realizaría preferentemente sus compras en sus propios dominios, excluyendo a los países ajenos a su orbita política. Esto produjo pánico en nuestra clase ganadera, vendedora tradicional de Inglaterra y en los hombres del gobierno. Se decidió mandar una misión en la que se llegase a un convenio entre ambos países que asegurase el mantenimiento de su comercio. El encargado fue el vicepresidente Julio A. Roca. Se llegó a la negociación del tratado Roca- Runciman.

Pronto hubo de trascender que, bajo la apariencia de un mero convenio de negociaciones de carnes, se escondían otros compromisos muchos más graves para el país y cuyas consecuencias se verían pronto.
El valiente polemista José Luis Torres ha calificado de “Infame” a la década que incluye la presidencia de Justo. Lo seria, sin dudas, si al lado de la corrupción política y como consecuencia de ella, no se hubiese mostrado el brusco despertar del patriotismo. Se manifestaba en primer término dentro de la U.C.R, que veía la salvación a la vuelta del partido a la orientación que le había impreso Hipólito Yrigoyen. Esta organización se organizaría pronto por el grupo F.O.R.J.A (Fuerza Orientadora Radical de la Joven Argentina) algunas de su características  era su rechazo de los medio legales para alcanzar el poder y en su apelación a la revuelta armada. La conspiración militar prosiguió bajo la presidencia de Justo, con estallidos circunstanciales. Aunque dichos movimientos fueron vencidos, sirvieron para mantener la llama sagrada y demostrar que había argentinos que no querían aceptar de ningún modo el sometimiento a un régimen de entrega y de fraude. Nuestro gobierno mostraba la influencia preponderante en el gobierno de las fuerzas antinacionales que sofocaban nuestro desarrollo, habría de provocar una gran resistencia, que se manifestó principalmente en la acción parlamentaria del doctor Lisandro de la Torre.

El radicalimo –que representaba la voluntad de resistencia de la mayoría del país- permanecía mientras tanto en la abstención. Alvear logró imponer el levantamiento de la abstención. La vuelta del radicalismo a la lucha electoral no tendría otra consecuencia importante que la de obligar al conglomerado gobernante a ajustar los resortes del fraude y a perfeccionar sus procedimientos. El radicalismo solo ganó en la provincia de Córdoba. El sistema alcanzó su mayor perfección en Buenos Aires, modelo de todas las demás en el ejercicio de la industria del voto fraudulento, mediante la presión y el soborno, que implicaba la colaboración estrecha del comisario local. El pueblo seguía siendo en su mayoría radical, pero desgraciadamente los representantes del radicalismo no habían permanecido ajenos a la corrupción, a este debilitamiento debe atribuirse la pasividad con que el país, hasta 1938, soportó la prolongación del fraude.

Lo mas interesante de la convenciones en Rió de Janeiro del presidente argentino consintió en la se refería a la expurgación de los textos de historia y geografía, conducente a obtener que las futuras generaciones no se enterasen de los motivos de la fricción y de la guerras que ambos pueblos tuvieron el pasado, también vale destacar el pacifismo doctrinario e igualmente la mas ortodoxa indiferencia por el destino del resto de América (no se logró impedir la guerra Bolivia y Paraguay).
La presidencia de Justo terminaba en medio de una relativa prosperidad material y una gran depresión espiritual.

El único partido nacional de oposición –el radicalismo encabezado por Alvear- se hallaba debilitado por la división interna. El estallido en 1936 de la guerra civil española contribuyo a aumentar todavía la confusión reinante.
En 1938 debía efectuarse las elecciones de renovación presidencial, con la perpetuación del fraude como institución, era evidente que Justo podía decidir sobre el nombre de su sucesor en el mando. Si bien el radicalismo tenía su candidato indicado en la persona de Alvear, no ocurría lo mismo con el oficialismo. Un DIA se despojó la duda , el doctor Roberto Ortiz (ex ministro de Alvear) después de ser agasajado en la Cámara de Comercio Británica donde le propusieron la designación del huésped ocasional para la presidencia de la República. El doctor Ortiz emocionado aceptó este honor.
Las elecciones se realizaron con un fraude escandaloso en todo el país, introduciendo la novedad del cambio del contenido de las urnas en las oficinas del Correo. Alvear fue derrotado. El 20 de febrero de 1938 asumió Ortiz el mando.

LA DISIDENCIA EN EL PODER – ORTIZ Y CASTILLO

El doctor Ortiz se daba perfecta cuenta de los tiempos que le tocaban vivir. Ducho en las intrigas de la política, habría comprendido que su salvación se encontraba en seguir una línea opuesta a la del general Justo, aunque sin confesarlo paladinamente. Hábil en el trato, avezando en las artes de la especulación y el silencio, no adelantó nada en sus primeros tiempos de su presidencia, hasta que en 1940, después de las elecciones provinciales en Buenos Aires se develó la incógnita.

Apareció un decreto por el cual se deponía al gobernador y se declarada intervenida la provincia delincuente. Ortiz había dado fe de su disposición de radical. Los radicales de Alvear lo rodearon declarando que el presidente dio ejemplo cívico y entereza moral. Los conservadores, por su parte se  le iban a poner en contra con el vicepresidente como jefe de fila. Pero el doctor Ortiz estaba muy enfermo. A los pocos meses debió pedir licencia y delegar el mando en el doctor Castillo, su rival, que sin el menor esfuerzo se su parte venía  a posesionarse de la primera magistratura, con la consecuencia inevitable y esperada: la restitución del fraude.

El primer acontecimiento que ocurrió en el mundo en los años 1939 y siguientes fue la guerra europea. La enfermedad de Ortiz puso fin a los sueños intervencionista y Castillo planteó enérgicamente el mantenimiento de la neutralidad. Al tiempo Ortiz muere y Castillo queda con el titulo de Presidente de la República.
El doctor Castillo no se destacaba sobre el resto de los políticos de la época, consideraba justa y aplicable cualquier medida favorable a la nacionalidad siempre que fuese dictado por una ley. Con un nacionalismo tan cómodo, pudo seguir el funcionamiento del sistema sin mayores perturbaciones en medio de una oposición creciente. Pero el periodo debía terminar y no se había realizado las proclamaciones del nombre del sucesor, que debía ser una hechura del presidente. Se dispuso al magnate de la industria de la azúcar, Patrón Costa, político de Salta. Era uno de los hombres más comprometidos con la política entreguista y su presidencia nos auguraba la facilidad para entrar en la guerra. Esto debió despertar la atención de las fuerzas armadas que el día 3 de junio hizo visitar a Castillo por su ministro de guerra, recibiendo la respuesta consabida. El 4 por la mañana la convención del Partido Demócrata se reuniría para votar definitivamente el nombre del magnate salteño y la forma de su elección. No habría tiempo. Antes de la hora indicada fuerzas de Campo de Mayo a las órdenes del general Rawson establecían los itinerarios en las calles del centro e inauguraban una nueva época bajo su hegemonía. Había estallado la insurrección militar.

Anuncios