Bolivia

Bolivia fue un terremoto, y como tal, repercutió en toda nuestra Sudamérica. Los violentos enfrentamientos entre partidarios del presidente Evo Morales y autonomistas dejaron, según cifras oficiales, cerca de 30 muertos y un centenar de heridos.

Quizás no se puedan entender, o se consideren irracionales, las sangrientas manifestaciones políticas acaecidas. Pero lo que se discute no es una simple resolución ministerial, sino un cambio estructural del sistema político, amparado en la redacción de una nueva Constitución. Es una reconstrucción de la identidad boliviana en base al reconocimiento de nuevas entidades. Los grupos aborígenes pasan a ser verdaderas naciones dentro de una gran comunidad. Respecto a esto, hay quienes aplauden la iniciativa porque lo consideran un acto de justicia histórica. Otros, ven peligrar la unidad comunitaria, imaginando dicho acto como acrecentador de divergencias inter-subjetivas.

Un ejemplo es que en algunos departamentos, manifestantes de comunidades aborígenes exigían que en las universidades se enseñe en las lenguas originarias. ¿Pero acaso no es la escuela pública, una sublime institución dedicada justamente a sintetizar las diferencias de la comunidad?

El todo es la comunidad, y las partes, sociedades menores que deben tener entidad y autarquía. Pero el Estado debe buscar el bien del todo, en vistas a cumplir los objetivos políticos que corresponden a ese bien. Esos objetivos se cumplen con la asistencia de las instituciones propias del Estado, órgano que rige el destino de toda la comunidad. Es a través de instituciones como la Escuela Pública, o las Fuerzas Armadas, donde los individuos de las partes van comprometiéndose con el todo, donde el principio de la igualdad se cumple de manera acabada, generando un sentimiento de philia.

La igualdad, no debe detenerse en esas instituciones formadoras de identidad, sino que han de manifestarse en las representaciones políticas. Estas, a su vez, tienen que ejercitarse no ya como facciones, sino que deben dar respuestas políticas también en función del todo.

Por ello, tanto Evo Morales como los prefectos opositores, incurren en el error de llevar la discusión política en términos confrontativos, como que de dos Estados se tratase. Es en base a una dialéctica constructiva que se debe erigir un Estado, que garantice la existencia de las partes –antes olvidadas por una burguesía cipaya- y la mayor afirmación comunitaria como bien propio del todo.

Después de la sangría desatada, las autoridades de la CONALDE, que nuclea a los prefectos autonomistas, y el gobierno central, buscan llegar a un Acuerdo Nacional que solucione 3 cuestiones: el grado de autonomía de las provincias, la definitiva promulgación de la Nueva Constitución del Estado y – siempre la caja en discusión- el porcentaje a coparticipar del Impuesto Directo a los Hidrocarburos.

REGION CONVULSIONADA

El 11 de Septiembre (11S) Morales anuncia la expulsión del embajador de los Estados Unidos en Bolivia, Philip Goldberg, acusándolo de haber instigado al enfrentamiento de civiles con la intención de alentar la separación territorial. Según las fuentes de inteligencia boliviana, Goldberg habría sido enviado por los Estados Unidos durante los `90 a Bosnia y a finales de 2006 a Kosovo, lugares donde se concibieron segregaciones territoriales, sectores de una Yugoslavia artificialmente creada después de la Gran Guerra europea.

En respuesta a lo sucedido en La Paz, el Departamento de Estado le devolvió el favor anunciando la expulsión del embajador boliviano Gustavo Guzmán. Acto seguido, y en apoyo a Evo, Hugo Chávez decide expulsar también al embajador norteamericano en Caracas, Patrick Duddy. “¡Váyanse al carajo, yanquis de mierda, que aquí hay un pueblo digno. Váyanse al carajo cien veces! (…)Ya basta de tanta mierda de ustedes, yanquis de mierda”.

Más allá de la vehemencia escatológica de Chávez, la expulsión de embajadores es una medida algo extrema. Pero de ser verdaderamente ciertas las intrusiones norteamericanas para fogonear el conflicto, pedir la credencial diplomática de los acusados es la única acción digna. De todas maneras, muchos analistas coinciden en que los Estados Unidos seguirán interviniendo con o sin embajador.

En realidad hay tres actores principales que intervienen en Bolivia, por distintos intereses.

Los Estados Unidos, porque saben que Bolivia es geopolíticamente el país más importante de toda Sudamérica. Todos los proyectos de infraestructura (ferrocarriles, autopistas, gasoductos, redes eléctricas) de norte a sur y de este a oeste, deben pasar por allí. Separar a Bolivia funcionaría como una cuña frente a esos megaproyectos.

Por su parte, Chávez está interesado en una alianza energética con Bolivia, y también considera la posición relativa boliviana, como pivote integrador entre el Caribe y el Plata. Desde lo estrictamente político, necesita a Bolivia en su afán de constituir un eje socialista junto a Ecuador y Nicaragua.

Brasil, tiene una preocupación económica. Dejando atrás los conflictos con PETROBRAS por la nacionalización (que en realidad fue un aumento de la participación estatal) de los hidrocarburos en Bolivia, durante los enfrentamientos se dieron cortes de envío de gas al país carioca. El gas boliviano implica un 50% del consumo brasilero, por lo que los poderosos industriales paulistas, están presionando a Lula para que se llegue a una solución definitoria, ya que es la industria un pilar fundamental en Brasil.

Con el fuego encendido, la cuestión era quién protagonizaba la reconciliación. Ni a Brasil, ni a Venezuela les conviene un conflicto interno en el Altiplano. Por eso, teniendo en cuenta que Bolivia es miembro asociado del MERCOSUR, Lula amago convocar al bloque – que preside en la actualidad- mediante la aplicación de la Cláusula Democrática del Protocolo de Ushuaia.

Sin embargo, Chávez le ganó de mano exigiendo la reunión del Consejo de UNASUR, en Santiago de Chile. Si bien pudo evitar el protagonismo brasilero, no logró convencer al Consejo para agregar a la Declaración de la Moneda una queja formal a la supuesta intervención de Estados Unidos en el conflicto.

Esto último tiene que ver con el malestar chileno y brasilero, respecto a las declaraciones que Chávez hizo en público, prometiendo financiar grupos armados si Evo fuese derrocado. Además, sumó en su arenga un comentario con tono desconfiado sobre el Comandante de las FFAA de Bolivia, Luís Trigo quién, según Chávez, habría ordenado el acuartelamiento de las tropas sin hacer cumplir el Estado de Sitio dispuesto por Evo.

En el derecho internacional se hace hincapié en la “no intervención” en asuntos internos de los Estados. Pero siendo realistas, siempre el que pudo intervenir –y le convenía- intervino. Lo que no se puede hacer, es decirlo. Chávez lo gritó a los cuatro vientos.

La posición de Argentina es la más ambigua, y a su vez, la más compleja. Esto es por la indefinición en materia de relaciones internacionales. El proceso de integración está en marcha, y se han hecho hasta ahora grandes avances. Aunque se observan dos formas de integración: la que propone Chávez, es decir, sumarse a su proyecto bolivariano; o seguir los caminos más firmes y constantes de Brasil y Chile. Improvisar y enceguecerse o bien; planificar y tener políticas de estado. La Argentina debería escoger una de las dos.

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