A lo largo del devenir de la historia, se han presentado ejemplos de comunidades que han asumido su rol histórico, o quizás, fueron a su encuentro por fuerza de su voluntad colectiva.

Después del ejemplo del Imperio Español donde nunca se puso el sol – hasta que la noche subsumió las esperanzas luego de Felipe II- nace su reemplazo herético: El Imperio de Gran Bretaña. Indudablemente el impulso fue la trágica aparición de Oliver Cromwell, de su revuelta puritana, y de la consolidación del parlamentarismo. Esto propició la aparición de las empresas privadas tendientes a la conquista. Con el ojo puesto en el mar, Inglaterra se va transformando con el correr de las décadas en el reemplazo de la “Armada Vencible” que hubo de custodiar las posesiones católicas en América con bravura.

Otro motor fue el económico. La explosión mercantilista, promovió la desesperación por la conquista de nuevos mercados, en lo posible, con grandes reservas de materias primas baratas, en pos de acrecentar el pago del crédito para la entrada al paraíso protestante.

La política exterior del Imperio Británico

El deseo de puestos comerciales en las colonias no tan bien defendidas a finales del siglo XVIII, se basan en las expediciones constantes de los británicos en la América española, y más precisamente en Centroamérica. En principio se imponían por la coerción de la gran Royal Navy, los derechos de pesca. Posteriormente, a pesar de las imposiciones aduaneras, motivaban el contrabando.

También se recurrió a la práctica de chantajes. Como el ocurrido en 1757 con el Duc de Penthievre, un buque francés capturado por un corsario inglés, que entrando en las aguas de Cádiz, fue obligado a libertar la embarcación gala por autoridades españolas. Este hecho fue aprovechado por el jefe del los negocios de Estado británico, William Pitt, quien pretendía que se resolviera favorablemente a Inglaterra dicho caso, antes de contestar las sucesivas notificaciones del embajador español en Inglaterra, Felix de Abreu, sobre las violaciones territoriales y agresiones a navíos que los ingleses hacían en aguas americanas.

A finales de dicho año, los ingleses seguían acrecentando su presencia en América Central, mientras un Fernando VI parecía atado de pies y manos a una paz con Inglaterra que dañaba el honor de un Imperio en ruinas. “la situación se agravó con motivo de las reivindicaciones españolas sobre la pesca de bacalao en Terranova. Inglaterra procuraba monopolizar esa actividad importante dentro de la economía española, y detuvo a unos pesqueros vascos de manera inconsulta. A pesar de su neutralidad, España era tratada como beligerante”.1

Los deseos de expansión y de posesión de territorios de ultramar no cesaron. Mientras Carlos III se hacía cargo de España después de la muerte de Fernando VI, los ingleses ocupaban Québec, la que quedó abierta al expansionismo británico hacia el sur. Esta situación obligó a Carlos III a considerar un Pacto de Familia con el Rey de Francia, y rearmarse silenciosamente, sin que los ingleses se dieran cuenta.

La lisonjera política exterior británica quedó manifiesta en una carta que le manda al Rey de España, el conde de Fuentes:”No hay que esperar nada por las negociaciones. Quiéranla para ganar tiempo, engañarnos y salir del aprieto del día”

Los intereses británico-portugueses en el Río de la Plata

Ya desde 1762, los intereses encontrados de las dos naciones, o mejor dicho, las dos coronas aliadas (la británica y la portuguesa) quedaron expuestas en las idas y venidas de las ocupaciones de Colonia de Sacramento. El gobernador de Río de Janeiro, Gomes Freire de Andrade, le pidió al embajador lusitano en Londres que le exigiera a su excelencia, el envío de tropas al sur para asegurar el territorio. La expedición de John Mac Namara salió al encuentro de la fragata portuguesa “Gloria”, para repeler la toma de la ciudad oriental (importante en el comercio) hecha por nuestro virrey Cevallos. Las defensas españolas contrarrestaron el ataque británico-portugués, con un rotundo triunfo.

Habrá una situación que se repetirá a lo largo de la historia, quizás como herencia hispánica: la estupidez de negociar la paz en medio de la victoria. Cuando Cevallos lleva la guerra a Río Grande do Sul, y las fuerzas lusitanas estaban derrotadas, llegaba a bordo de la fragata “Venus” la misiva que ordenaba al Virrey publicar los puntos acordados para la paz y devolver a los portugueses todo lo que se haya tomado. Al decir de Vicente Sierra, “la diplomacia hacía estéril los sacrificios de la lucha”.

Los sucesos bélicos en el Río de la Plata, en constante fricción con los portugueses, parecen indicar una máxima de la política exterior británica: Es mejor que otros hagan el trabajo sucio, mientras se negocian las ventajas de los futuros acuerdos de paz.

Con la creación del Virreinato del Río de la Plata, Buenos Aires y Montevideo adquirieron una importancia fundamental. En principio por las industrias incipientes, especialmente las agropecuarias. Se instalaron los primeros mataderos y saladeros de carne para la exportación. Los cotes arancelarios propuestos desde España, harían surgir el contrabando, que enriquecía a una burguesía naciente y empobrecía a las provincias del Interior.

Los análisis del Secretario del Virreinato, Mariano Moreno, dan testimonio de lo que se vivía en esa época: “…se aventuran expediciones, no hay puerto en el mundo que no conozca nuestros frutos y nuestra bandera, en fin, este es el único pueblo que en esta América puede llamarse comerciante”

Usando el mismo raciocinio, podemos afirmar que el único pueblo en el mundo que puede llamarse comerciante es el inglés. Esto se verá con los sucesos posteriores, especialmente, en la puja que sostuvieron los gobiernos de Francia, Inglaterra y la Confederación, a cargo del Brigadier Don Juan Manuel de Rosas.

Restauradores de las leyes VS restauradores del comercio

“El tradicionalismo del Restaurador es un tradicionalismo sui generis, que se funda en el reconocimiento de nuestra peculiar realidad. Nuestra tradición para el es España, pero también la Revolución por lo cual invoca como razón de su conducta la defensa de los ideales de mayo”, afirma el revisionista Ernesto Palacio 4.

Teniendo en cuenta que la revolución más que una idea, es un hecho, podemos afirmar que Rosas era en realidad un pragmático. Esto sin restarle las elocuentes enunciaciones respecto a la unidad nacional. Seguramente ese tradicionalismo de género libre, podía contener actos maquiavelianos.

Isidoro Ruiz Moreno cuenta que bajo el gobierno de Buenos Aires de Martín Rodríguez la legislatura sancionó una ley por la que se le imponía todo extranjero propietario la obligación de alistarse en los cuerpos de las milicias. El comandante inglés O’Brien hizo llegar al gobierno su protesta por semejante medida, aunque el gobierno desechó el reclamo.

Se conformaron durante el gobierno de Lavalle, para el salvaguardo de los ciudadanos franceses el batallón “Los amigos del orden”. Mientras Prudencio Rosas –hermano de Juan Manuel- sitiaba Buenos Aires con montoneras e indios salvajes. En abril de 1829, debido a la situación, se llamó a alistarse a los extranjeros. Estados Unidos, Francia e Inglaterra reprocharon la medida. El ministro Díaz Vélez, desconoció la autoridad diplomática del cónsul de Francia –que hizo un reclamo desmedido- provocando la ida de este hacia Montevideo.

Por ello, se produjo una agresión armada. El comandante Venancourt, con 300 marineros franceses se apoderó de algunas naves argentinas. En ellas había algunos presos políticos que fueron puestos en libertad rápidamente.

Aquí aparece el Rosas pragmático, que no dudó ni un segundo en negociar con los franceses, otorgándoles carnes frescas para el mantenimiento de sus fuerzas. Todo esto para quebrantar el poder de Lavalle. Esto llevó a que en junio y agosto de 1929, Lavalle accediera llegar a un acuerdo con Rosas, y delegar el mando de la provincia en Viamonte. Tres meses después, Rosas era electo gobernador. Pronto los amigos se irían convirtiendo en enemigos y factores coagulantes para la unidad nacional.

Rosas frente a las potencias

La política exterior de Rosas se caracterizó por la defensa de la soberanía nacional en todos sus aspectos y particularmente contra la agresión extranjera.

Quizás basándose en el cinismo, tan característico de la diplomacia británica, Rosas volvió a hacer uso del decreto de servicio militar para extranjeros, en 1830. Hubo otra queja del cónsul francés, esta vez arguyendo que luego del tratado con Venancourt se había eximido de esa obligación a los ciudadanos franceses. Tomas de Anchorena, el ministro de relaciones exteriores, rechazó el pedido dado que la capitulación firmada con Lavalle no tenía validez porque Francia no había reconocido al caudillo unitario como Gobernador.

Otro hecho de bravura, fue el de hacer esperar el nombramiento del nuevo cónsul francés durante casi un año, y con condiciones. Esto, sumado el conflicto por la detención del litógrafo francés Bacle acusado de espionaje, fue calentando el ambiente. Poco a poco el orgullo francés era dañado. Inglaterra permanecía expectante para aprovechar la carroña.

La crisis derivó en el bloqueo francés de Buenos Aires, para exigir un tratado de nación más favorecida, y además las indemnizaciones correspondientes a los agravios para con los ciudadanos franceses. Las gestiones del ministro inglés Mandeville, fue rechazada por Francia. Inglaterra veíase molesta porque se detenía su comercio con la Confederación. “La firmeza adoptada por el gobierno de Francia en los primeros momentos cedió y su política exterior cambió influenciada por Inglaterra, que en todo momento estuvo muy cerca de Rosas”.5

Cuando llega Thiers al gobierno francés, resuelve enviar una expedición con refuerzos, pero Inglaterra pronto persuadió al mandatario para que reduzca las tropas apostadas en el Río de la Plata.

El bloqueo anglo-frances

“Ahora es la ocasión de que un acto del heroísmo pese mas en los resentidos, que el muy bajo de las rivalidades, con injuria de la patria. Ahora es tiempo, antes que cubierto con los escombros del edificio consagrado a la libertad y la independencia, vengamos a ser presa del que nos divide, halaga con política siniestra y tiende sus redes para dominarnos”6

Es posible que estos dichos estén dirigidos en dos direcciones bien definidas. Por un lado la Soberanía y por otro la Independencia. La necesidad de imponer una soberanía nacional, hace que Rosas asuma su segundo gobierno en 1835 con el sumo poder público, dado que ya eran suficientes las batallas entre unitarios y federales, que se dieron a partir de la presidencia de Rivadavia y que tiene como referencia la pelea entre criollos y peninsulares.

Por otro lado la Independencia, que iba a poner a prueba durante los conflictos con las potencias por el control del Río de la Plata. En el primer año de gobierno de Rosas, se afianza su figura en el interior, mediante la Ley de Aduanas, que prohibía la introducción de las mercaderías que podían competir con las industrias país adentro. Esto por supuesto iba en contra de los intereses británicos, quienes desde las invasiones de 1806-08, hicieron públicas sus pretensiones sobre estas tierras. Tal era la legitimación del poder que se le otorgó en aquella oportunidad, que luego de tres días de plebiscito, resultó que 9320 ciudadano sufragaron a favor de Rosas solo 8 en contra.7

Después de la paz con Francia, en 1840, solo pasarían 5 años hasta un nuevo conflicto. La estrategia geopolítica de Rosas, chocaba con los intereses de Francia e Inglaterra. Francia, quién hacía el juego sucio directo, pretendía un acuerdo de nación más favorecida, que se le otorgó en referencia a los tratos de los ciudadanos en ambas naciones. Como hemos visto, los intereses británicos se referían al libre comercio, aunque también recurrió a la ocupación efectiva de las Islas Malvinas.

Inglaterra nunca requirió ni de España, ni de la Confederación (a la que reconoció en 1825) que evacuase Puerto Soledad, ni siquiera cuando esta era Puerto Louis y fue devuelta por los franceses. Incluso, cuando los ingleses dejaron Puerto Egmont, tampoco solicitaron que se retiren las posesiones hispánicas de las islas.

Con el reconocimiento de la independencia hacia las Provincias Unidas, por norma internacional, Inglaterra reconocía la soberanía de las islas. Nada le importó, por supuesto, dado que el 3 de enero de 1833 marinos ingleses, procediendo con sorpresa y violencia suplantaron las autoridades argentinas.

El valor de las islas entonces lo era tanto como el Río de la Plata. El control del comercio por Cabo de Hornos, le garantizaba a Inglaterra la posibilidad de cargar de impuestos por el paso sobre mar de su jurisdicción.

Sin embargo, la avaricia rebosa las voluntades anglicanas. Había que controlar el Río de la Plata. La independencia del Uruguay pudo servir para evitar que los ríos interiores tengan un único soberano. Para ello era necesario un gobierno títere en la banda oriental que permitiera el libre comercio por el río Uruguay hacia el Paraguay. Pero las simpatías por Rosas, comenzaron a desvanecerse en cuanto Inglaterra dió cuenta de las intenciones del  Restaurador.

El apoyo a Oribe para que asuma el poder en el Uruguay, implicaba que el país se uniera a la Confederación, así también el Paraguay. Pero esto implicaba la reticencia de dos enemigos: El Brasil, quién no deseaba que la Confederación ampliara sus dominios –especialmente el Paraguay- y su aliado europeo, Inglaterra, en cuanto peligraba el libre comercio que imponían como palabra divina.

Después de ordenar al general Oribe el sitio de Montevideo-febrero de 184- Rosas declaró bloqueado dicho puerto y cerrada la navegación del los ríos Paraná y Uruguay. Ante el peligro de una asegurada derrota, Rivera y los emigrados unitarios argentinos le solicitaron ayuda militar a Inglaterra y a Francia.

Los comisionados Ouseley y Deffaudis se entrevistaron con Rosas, y sus propuestas fueron rechazadas por el Restaurador. En respuesta, las dos potencias declararon bloqueado el puerto de Buenos Aires. De mediadoras, ahora las dos marinas más fuertes del mundo, se embarraban en el juego político de Sudamérica.

“Los ministros Ousley y Deffaudis se trasladaron a Montevideo dispiuestos a lograr por la fuerza lo que no pudieron por la amenaza. La escuadra agresora se hizo de los barcos del Almirante Brown, quién por orden de Rosas no dio combate. En seguida todas las provincias se opusieron a la agresión. Todas ofrecieron sus contingentes para resistir. El gobierno argentino apostó en

Vuelta de Obligado”8.

Ante las seguridad de que las naves enemigas iban a remontar los ríos, Rosas dispuso reforzar las orillas. Al norte de la provincia de Buenos Aires, en el paraje de Vuelta de Obligado se llevó a cabo un violento combate, donde el heroísmo popular en defensa de la independencia nacional se demostró con creces.

En el transcurso del conflicto, Inglaterra decide que Samuel Hood sea quién represente los intereses de las potencias en una nueva misión, para terminar con las hostilidades y volver a la tan productiva paz. Hood, en principio reconoció la legitimidad del poder de Oribe como presidente del Uruguay. El barón Deffaudis, se negó a aceptar esos términos de negociación –la diferencia en los términos, indica los diferentes propósitos de las potencias- y tampoco aceptó la fecha de levantamiento del bloqueo. Hood, debió retirarse. Cuando estallan las revoluciones de 1848 en Europa, Rosas vio la ocasión –en el sentido maquiaveliano- para pasar al ataque. Los ingleses habían decidido retirarse, pero se negó a reconocer a Hood como cónsul hasta que Inglaterra no accedieras al retiro definitivo de las tropas apostadas en Martín García, devolución de los barcos apresados y saludo al pabellón.

Cuando la situación se iba tornado apremiante en Europa, Inglaterra decidió acceder a los oficios de Rosas, con tal de empezar a comerciar de manera rápida con las naciones, para poder conseguir réditos económicos que ayudasen a apalear las luchas en el viejo continente.

Inglaterra se acomoda a las circunstancias

Por lo pronto, el arreglo con Rosas también favoreció a Inglaterra, puesto que se quedó con el rol de nación más favorecida, que era disputada también por Francia. Si bien tuvo que reconocer la soberanía argentina en los ríos internos, pronto a raíz de las circunstancias –y de los aliados unitarios- Urquiza conspiraba contra Rosas para derrocarlo.

Sin querer queriendo, las ideas liberales resurgieron con fuerza luego de la Revolución Francesa de 1848, donde se declaraba los derechos de los ciudadanos y el sufragio universal. Pronto estas ideas hicieron eco en los dinosaurios de Austria Hungría y en una Italia que quería unificarse. Aunque la revolución liberal fracasó, los principios democráticos y constitucionales ganaron espacio.

En Argentina, Entre Ríos iba a ser la oveja negra a través de Urquiza, y tras la derrota de Rosas en Caseros, las potencias obtendrían por la paz lo que no consiguieron por la espada. El 10 de julio de 1853, se firmó tratado en San José de Flores, que brindaba a Gran Bretaña y a Francia la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay. Con la derrota de Oribe en 1851, quedaba definidamente sellado el destino del Río de la Plata.

Conclusiones

Inglaterra de esta manera, habiéndose mantenido como mediadora y conciliadora, no hizo nada para frenar a Francia en el bloqueo de Buenos Aires. Tampoco le importó que Francia se inmiscuyera en los asuntos sudamericanos, dado que su hábil diplomacia y el provecho de las ocasiones, la había colocado favorablemente en las circunstancias de 1848. Sin el gobierno de Luis Felipe, se instalaba en Francia una burguesía republicana, propicia para el libre cambio.

Urquiza y los continuadores de las políticas liberales seguirían en Argentina, permitiendo la continuidad de la exportación de materias primas necesarias para su industria. Además, sellarían el control del atlántico sur, en las Islas Malvinas.

“Rosas en efecto se opuso a todo lo extranjero; Francia e Inglaterra bloquearon el Río de la Plata y Buenos Aires, y Rosas hizo frente al bloqueo. Vista la situación de entonces con los ojos abiertos a la realidad de hoy, eso sería una actitud de auténtico nacionalismo. ¿Lo fue en realidad? No. (..) Toda liberación nacional no es aislamiento anti-extranjero, sino coincidencia con lo mas progresista del mundo contra lo más reaccionario que, dentro de cada país, halla apoyo en los sectores más retrógrados. En definitiva, quienes dicen que luchan contra Inglaterra deseando volver a la Argentina pre-anglófila no hacen sino un servicio a Inglaterra pues le brindan, un país atrasado, agropecuario, hecho a la medida de sus ambiciones imperialistas”9.

Sin dudas que el Gobierno de Rosas fue proclive al británico, dado el trato especial que siempre han tenidos los anglosajones en detrimento de los franceses. Pero cuando a los ingleses se les va algo de las manos, directamente de deshacen de ello. Fue lo que ocurrió con Rosas. Cuando al Restaurador le crecieron las alas, al punto de poder armar una verdadera confederación de naciones en Sudamérica que compitiese con el Imperio de Brasil y que sea comercialmente poderosa con Montevideo y Buenos Aires, Inglaterra dejó de mediar e intervino directamente.

Desde 1838-cuando comienza el bloqueo francés- hasta 1848, pasaron diez años de continuas luchas bélicas y diplomáticas. Lo suficiente para cansar a un líder y revitalizar a su verdugo.

Referencias

1 Vicente Sierra. Historia Argentina. Tomo III. Capítulo primero. Pagina 291

2 Ibidem. Pagina 294.

3 Ibidem. Tomo IV. Pagina 31.

4 Ernesto Palacio. Historia Argentina. Tomo II. Pagina 10

5 Isidoro Ruiz Moreno

6 Manifiesto de J. M. de Rosas. Buenos Aires. 10 de octubre de 1820

7 Historia de las Instituciones Políticas y Sociales Argentinas. José Cosmelli Ibáñez. Ed. Troquel.1962

8 Ernesto Palacio. Historia Argentina. Tomo II. Pagina 64

9 Imperialismo Inglés y Liberación Nacional. Ernesto Giudici. Biblioteca Política Argentina. 1940

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