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Sangre que has de recorrer, mi cuerpo. Una y otra vez. Impulsada por un corazón cansado. Sangre que llevas el pasado incrustado. Un pasado que ni yo conozco, pero que está. Que me une y me separa del resto. Que hubo de sufrir el escarnio de la evolución, a costa de mi ocio. Que te diluiste en el salitre de los mares. De ida y de vuelta.

Sangre que te multiplicaste como el pan, gracias a tu propio milagro, a tu esencia. Que te diversificaste, que muchos nos has hecho, y pocos somos hoy. Que buscaste filiaría, y encontraste individualismo, soledad.

Sangre que fuiste fría, en los momentos más candentes. Que derretiste realidades, ante la pávida mirada de otros.

Sangre que me identifica con mi Madre, la más sabia, la Patria. Sangre que has de correr cuando ella esté en juego, cuando el peligro la atrape. Que no importa si has de secarte en los soles victoriosos de otros, porque el heroísmo es tan solo morir por una causa noble, más allá de los resultados.

Sangre que has unido guerreros, mancomunados, soportando el peso del hierro forjado. Que te mezclaste con su óxido. Que pintaste los rostros de los cadáveres.

Sangre que has salpicado, en el nombre del Ungido. Sangre que nutriste los suelos arábigos. Que nos diste latinidad. Que nos diste idioma.

Sangre que me mantienes vivo. Y desvivo por tu pureza. Porque no solo eres pasado. Tampoco tu finalidad es este escurridizo presente. Eres futuro, eres tiempo, eres vida.

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