Sobreviene el estigma. Las marcas se vuelven cicatrices. El filo de la realidad, las convierte en profundas heridas, sangrantes, dolorosas. Es una transformación que viene desde dentro, una vez que mi conocimiento sensible iluminó mi conciencia. Mis ojos se centellaron, al ver el desplome de ella. Mi gusto detectó el salitre de sus lágrimas. Mi nariz olió la podredumbre, el hedor y la suciedad que de sus enemigos salía. Mis manos se hundieron en las grietas de su seco suelo, quemándose con el magma que emergía. En esos calores, no hay germen que pueda sobrevivir, pero tampoco los nutrientes, las proteínas. Es en el fuego donde la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, se igualan. Y escuché las mentiras de los detractores, de esa minoría que pretende ser dueño de verdades absurdas. Sin embargo, lo Óptimo está conmigo, y me acompaña en el martirio.

La intermitente estupidez se hizo permanente. Pero la ceguedad de la turbamulta, le hizo aprehender que el valor supremo es la Vida. Más quienes creemos en la eternidad, sabemos que esta no es más que una arena, donde lucha la cobardía contra el heroísmo. Se mide la inteligencia respecto a la idiotez. Se prueba la fidelidad, frente a la traición.

En los tiempos apocalípticos el valor supremo es la vida. Porque no hay valor alguno por el cual morir. El valor se mide en vida, es cierto mi amigo. Pero el valor tiene valor propio, más allá de nuestros latidos. El heroísmo, la valentía, el amor por ella, son eternos. Y la eternidad no tiene medida frente a la finitud de nuestros actos.

La Paz presupone el bien vivir, la autarquía. Pero la ausencia de lucha, no redunda en la paz. Sino en la miseria del ocio, del hedonismo. El precio del Bien vivir es la sangre de los convocados. Sangre joven, nacida en Ella. Ella que sufre como una madre cuando sus hijos corren en su auxilio, dando la vida misma. Pero el valor de esa inmolación es la eternidad de sus valores. Es defender su virginidad, ante el ultraje del bárbaro. Es el honor de haber nacido de Ella, lo que nos empuja a la lucha. Desvivimos por su salud, por que la sangre corra pura por sus venas.

Pero cuando Ella enferma, deseamos su muerte. Para la chance de la resurrección. Porque a todo cirujano social le tiembla el pulso, y duda. Y una vez distinguido el cáncer, tarda en extirparlo, hasta que este se licúa en su sangre corrompiendo su ser por doquier.

Seguimos escuchando los gritos de Ella, y nos duele en el alma. Porque la conocemos. Porque escuchamos al Logos. Porque entendemos que Ella no está bien. Y si ha de morir, esperaremos esperanzados, mirando al naciente. Su calor nos abrigará, e iluminará de nuevo a sus hijos. Para que nunca se apague la luz de su gloria.

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